«Cuando lo asimilas piensas: ¡cómo no chillé!»

No recuerda cuándo empezaron, sólo que era una niña introvertida, triste, miedosa... Había algo detrás que ella inconscientemente ocultaba, que guardaba para protegerse. Hasta un día, con 19 años, en que «me desperté con depresión, llorando, en estado de shock. Sabía que algo me había pasado». Fue una pregunta la que consiguió despertar del todo a María –nombre ficticio–. La que le hicieron ese mismo día sus amigas: «¿Ha sido un hombre?». Con esa única frase se le empezaron a amontonar las imágenes. Había sufrido en silencio durante años abusos sexuales. «Lo recuerdo disociado. Es como si lo ocurrido lo enfocaran desde abajo y yo lo viera desde arriba, como una película», explica la joven, que hoy tiene 30 años.

Su abusador, un tío político, vivía a apenas unos metros de su casa. Ella jugaba con sus hijas a menudo, pero él sabía encontrar el momento para aprovecharse de ella. «Cuando empiezas a asimilarlo intentas entender lo que pasó. Piensas: ¡cómo no chillé!». Pero él sabía como hacerla callar. Le daba dinero. «Shhhhh, toma, me decía, haciéndome entender que no dijera nada porque era algo malo». Y así siguió durante varios años, hasta que ella cumplió 12, y él se mudó. Cuando tenía 17 años se volvieron a encontrar «y lo volvió a intentar, pero no lo consiguió».

Lo cierto es que su madre, cuando la tristeza se apoderó de la pequeña María –sólo tenía seis años– la llevó al psicólogo, aunque ella nunca ha sabido lo que sufrió la joven. «En esa terapia nunca lo detectaron como demuestran los informes». Hasta que no cumplió los 20 no volvió a terapia, y así fue como, poco a poco, todo fue saliendo. Y es que «lo evitaba inconscientemente». La ayuda le llegó de mano de la Asistencia a Mujeres Agredidas Sexualmente (Addas). Con la psicóloga de esta entidad empezó a contar todo lo sufrido y a afrontar lo que había vivido. «Me ha ayudado a vivir, aunque hay cosas que no se superan». Antes de afrontarlo «evitaba estar en casa y era capaz de irme a la calle y sentarme en un banco sola. Nos volvemos expertas en disimular cuando la familia está presente, pero lloras cada noche, siempre sola».

Sus relaciones sociales también se vieron afectadas. «Sólo quería juntarme con chicas y cuando conocía a algún chico que me gustaba tenía miedo a las relaciones sexuales». Y es que todo la paralizaba y aún hoy, ciertas cosas lo hacen. «No puedo ver ropa roja porque me recuerda a él, a su ropa interior». Las imágenes, los olores... ejercen mucho poder en la mente de las personas que han sufrido abusos de pequeños. «Tu vida se centra en ese problema y sientes que toda la culpa es tuya». María llegó a estar en una situación tan desesperada que «te vas autodestruyendo, te autoboicoteas y llegas a autolesionarte. Buscas olvidar, sustituir el dolor emocional por el físico. No sabes por qué lo haces, después te sientes peor y te aterra pensar hasta dónde podrías llegar».

Muy a su pesar, María ve cada Navidad a su agresor. «Siempre ha estado ahí y eso te da aún más rabia». Harta de su situación de inferioridad hace unos años le envió un WhatsApp: «Me acuerdo de todo», le ponía. No contestó. Ahora es él el que tiene miedo.