América

Dallas, la ciudad en la que los niños ya no van al colegio

La novena ciudad más grande del país es también la «zona cero» del virus tras una muerte y dos contagios. A pesar del traslado de las enfermeras, la Prensa se hacina en el Hospital Presbiteriano

Cuando cae la noche, las calles que rodean al Hospital Presbiteriano de Dallas (Texas), donde se registró el primer caso de ébola en Estados Unidos, se convierten en un circo mediático. Decenas de periodistas con grabadora o micrófono en mano registran con agudo olfato el desarrollo de una enfermedad que ha convertido a esta zona del norte del estado en el epicentro de una novela cuyos capítulos se escriben bajo la lupa y la atenta mirada del mundo.

En esa edificación que alberga 900 camas se avizoran las gigantescas antenas satelitales multicolores y las interminables luces de las cámaras, que se confunden con las circulinas giratorias de las patrullas de Policía. En medio de esa fiesta artificial, los flashes intermedios de los teléfonos móviles le dan vida a las cintas plásticas amarillas y negras que prohíben el paso en la periferia.

Por las mañanas, la brisa otoñal golpea el nosocomio construido en 1966 y se ve, además, plagado de curiosos transeúntes y el paso lento de coches que transitan atraídos por un fisgoneo casi involuntario. Esa ha sido la rutina desde el 28 de septiembre, el día que ingresó por segunda ocasión a la sala de urgencias Thomas Eric Duncan, quien contrajo el virus del Ébola y perdió la vida 10 días después.

Durante ese periodo, la opinión pública se dio a la tarea de informar hasta el más mínimo detalle de esta enfermedad y los pormenores de las vidas de los que rodean los barrios vecinos donde vivió Duncan, así como de las dos enfermeras que hoy están bajo observación médica.

Brad Smith, vicepresidente de Cleaning Guys, una empresa dedicada a la limpieza de residuos tóxicos, fue el encargado de supervisar las obras para descontaminar el departamento de Duncan. «Los nervios y la incertidumbre también se apoderaron de nuestro personal. Somos el primer equipo en efectuar una descontaminación del ébola en América y eso nos puso mucha presión», acotó Smith, cuyas labores en el complejo de apartamentos Ivy, en el norte de Dallas, duró varios días. «Fueron jornadas de 11 a 12 horas cada una», recalca. Y así, vestidos con trajes térmicos amarillos y blancos de pies a cabeza, respiradores artificiales con mascarillas autofiltrantes, guantes de tres capas de grosor, salían y entraban decenas de trabajadores con disolventes químicos y contenedores rígidos.

«Todo, las cortinas hasta la alfombra se llevaron, no han dejado nada», repetía un niño de origen hispano, residente del área y cuyo piso, así como el de todos los residentes del complejo, aunque en menor grado que el de Duncan por disposición de las autoridades sanitarias. De acuerdo con el Departamento de Salud del Condado de Dallas, fueron 48 personas las que al parecer tuvieron contacto con Duncan desde su entrada al país el 20 de septiembre. Su novia, Lousise Troh, terminará su cuarentena hoy domingo. Dentro de ese grupo de personas que se cree tuvieron cierto contacto con el infectado se incluyó a cinco estudiantes de Primaria y Secundaria que viven en el Complejo de Departamentos Ivy, según lo confirmó el Distrito Escolar Independiente de Dallas (DISD, en inglés). Para ese efecto, se ordenó la descontaminación de varias escuelas, pero en ese periodo también surgieron dudas sobre la adecuada preparación del sistema escolar público de Dallas. El DISD anunció el despido de dos trabajadores de limpieza que emplearon «muchas horas» para realizar su trabajo en dos centros escolares afectados.

Marion Castro y José Guerrero aducen que el DISD sólo les proveyó de guantes, lentes y máscaras, pero no de químicos apropiados para desinfectar las escuelas y protegerse ellos mismos en caso de existir alguna contaminación que ponga en peligro su vida.

El viernes pasado, la Sociedad Médica del Condado de Dallas (DCMS, en inglés), que representa a más de 7.000 miembros, hizo un llamado a las autoridades escolares para que reabran las escuelas clausuradas temporalmente donde hay niños que pudieron estar expuestos a Duncan y a las enfermeras contagiadas. «No existe prueba alguna que indique riesgo inminente de contaminación en los centros educativos de la región», leía parte de un comunicado emitido por DMCS.

La clase política también ha jugado un rol importante en esta crisis. Para Clay Jenkins, juez del condado de Dallas, el temor generalizado por esta enfermedad pasó de ser un mito con ingredientes de posibilidades de histeria colectiva a una densa y nublada realidad, principalmente porque al momento del deceso de Duncan ya se conocía la existencia del contagio de una de las enfermeras, Nina Phan, de 26 años. « Lo que ya se había decidido entonces era que lo mejor sería brindar la mejor atención y los mejores médicos al único paciente conocido con la enfermedad, en la zona cero del ébola en el país», había mencionado Jenkins, cuyo cargo le confiere además ser la máxima autoridad en el Gobierno de la región en materia de emergencias y seguridad nacional. Después, Phan fue trasladada a Maryland para continuar con su evaluación. Pero Jenkins, de 50 años y miembro del Partido Demócrata, se ha convertido en el héroe político del momento y en el rostro de la cordura en la novena ciudad más grande de EE UU.

Un héroe local

La prensa local lo elevó a ese nivel cuando entró en el piso de los familiares donde Duncan se alojó durante su visita a Dallas. Así demostró que, a pesar de la ironía de la enfermedad, las autoridades tenían todo bajo control. Cuando se supo que había una segunda enfermera infectada, Amber Vinson –29 años–, y que había viajado en avión de Dallas a Cleveland, Jenkins fue el primero en calmar los nervios y salir en su defensa. «Ella era una de las 75 personas que estaban bajo autosupervisión y no hizo nada fuera de lo común. Al contrario, es una heroína de la salud y nuestras oraciones están con ellas», dijo Jenkins.

Sin embargo, el titubeo colectivo sobre la dimensión de la enfermedad siguen entretejiendo leyendas urbanas. El número de usuarios del transporte público de Dallas ha disminuido, así como la asistencia de escolares en los centros educativos. Mientras tanto, el sistema de salud presenta un nuevo reto, que es el temor descontrolado de los pacientes habituales que no quieren acercarse a las oficinas ambulatorias del Hospital Presbiteriano de Dallas. Además, un tercio de las 900 camas están vacías. A eso hay que agregar la propuesta de las autoridades de Dallas, que desean restringir la salida de la ciudad y del estado al personal hospitalario que atendió a Duncan y a las dos enfermeras.

A pesar de la muerte de Duncan y del traslado de las enfermeras, la Prensa sigue hacinada en los inmediaciones del Hospital Presbiteriano, que se ha convertido en la sede de sus reportajes y de una enfermedad que mantiene a un país en vilo.