El Superman con «capa blanca» de las 6.212 vidas

El doctor Román es ejemplo de humanización, un término que se echa en falta en la Sanidad: «No soy un Valium, pero el efecto es parecido».

El oncólogo José María Román quería ser aviador, pero una desviación del tabique nasal se lo impidió. Nunca se ha arrepentido
El oncólogo José María Román quería ser aviador, pero una desviación del tabique nasal se lo impidió. Nunca se ha arrepentido

El doctor Román es ejemplo de humanización, un término que se echa en falta en la Sanidad: «No soy un Valium, pero el efecto es parecido».

El doctor Román aún le brillan los ojos. Sólo han pasado dos días, pero sigue emocionado. Nunca creyó que hubiera marcado tanto las vidas de sus pacientes. Sólo con los testimonios de Loli, Julia o María, este cirujano experto en mama sabe que sus más de 30 años de profesión han tenido un sentido. «No recordaré el nombre de cada una de ellas, pero si las veo sé si han pasado por mis manos», explica a LA RAZÓN. Y es que él fue capaz de aplacar muchos de los miedos de estas mujeres para las que la palabra «cáncer» era sinónimo de muerte. «Y no es así». Lo deja claro.

En su familia no cabía duda de a qué se iba a dedicar: iba a ser médico sí o sí. Pero a él lo que le gustaban eran los aviones. Una desviación en el tabique nasal le privó de continuar su sueño, pero alegró a sus padres. Parecía que, por fin, había entrado en razón: el niño iba a dedicarse a la Medicina. Estos primeros años de vida no sólo los conoce él, sino que hace unos días, un grupo de actores los representaron en un teatro madrileño. Así homenajeó «El Hormiguero» a un médico que había sabido humanizar la profesión. «Aún no sé quién me la lió, y mi mujer menos», reconoce.

Abandonó la Sanidad Pública hace apenas unos días, pero sigue en contacto con todos sus compañeros y pasa consulta, dos veces por semana, en la Clínica Tambre de fertilidad. Entra cojeando, pero no le da importancia. «Tengo hoffitis, un problema de rodilla muy habitual entre jóvenes y deportistas», dice risueño a sus 70 años. Muy probablemente sean sus partidos de golf los responsables de su dolor articular. Sube despacio los peldaños de entrada. Las enfermeras sonríen al verle entrar. «¿Cómo está?», «¡Vaya la que le liaron, doctor!». Es el centro de atención. Al recordar aquella tarde reconoce que «me sentí algo asustado, raro, no sabía por dónde iban los tiros».

Por su consulta han pasado más de 6.000 mujeres. En concreto, según sus compañeros de equipo, 6.212. Él busca minimizar la cifra: «No soy Superman, pero llevo operando desde 1978». Y es que, en una enfermedad como el cáncer de mama, «desde que una paciente entra en la consulta, ya no se separa de mí en mucho tiempo. Las vigilamos de por vida. Las llevo siempre en mi mente». Así, es normal que ellas no se olviden del médico que les dio la primera palabra de ánimo.

María, colombiana, tenía dos niñas pequeñas cuando le detectaron cáncer de mama. En su mente está grabado un momento al entrar a quirófano. «Estaba temblando, muy asustada, y el doctor me dijo: ‘'Rubia, ¿qué quieres oír, te pongo a Shakira? Y me abrazó”». Son gestos, muestras de cariño que, en muchos casos, se echan en falta en nuestra Sanidad.

«La humanidad te la da el oficio. Por mucho que te lo digan en la facultad, hasta que no tienes un paciente no lo puedes saber, no conoces que es lo que realmente necesita», e insiste: «No hay una palabra mágica, adapto mi discurso en función de las circunstancias. Pero sí que se pueden hacer las cosas bien». Román nunca ha mirado el reloj: «Es muy importante dedicar a cada enferma el tiempo que necesite. Si hay que quedarse más horas no importa, pero no se pueden ir con ninguna duda».

Su vocación por cuidar a mujeres con cáncer de mama nació tras su paso por Ginecología. «Al terminar mi residencia, pasé una consulta y sentí ese ''feeling''». Desde entonces, por su consulta han pasado madres e hijas. «La más joven tenía 18 años cuando la tuve que operar, mientras que la mayor tenía 93. La última falleció, pero por causas diferentes». No se le escapa ni un sólo caso.

Un rasgo único de este médico es su pajarita. Suponemos que tendrá una gran historia detrás, como lo es toda su vida. Pero no. «Simplemente un día me la probé, me gustó, y ahora tengo más de 50».

Eso sí, tiene muy claro por qué las mujeres confían en él: «No es que yo sea como un Valium, pero el efecto es muy parecido».