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Entre el hotel y la sepultura

Los centros penitenciarios no tienen la misión de castigar, sino de reformar. No en todos los lugares del mundo se entiende así. Mientras en algunos lugares se aproximan a hoteles de aislamiento, en otros son mazmorras.

  • Entre el hotel y la sepultura
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Madrid.

Tiempo de lectura 2 min.

11 de octubre de 2019. 22:49h

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Manuel Calderón Madrid. 11/10/2019

En la posguerra –interminable posguerra reanimada boca a boca– española había cárceles, pero también se le llamaban penales para no esconder sus sentido árido, duro como el pedernal. El penal de Ocaña, Burgos, El Dueso... Quedaba muy lejos del alegato de Concepción Arenal «odia al delito y compadece al delincuente». La rehabilitación del condenado es el objetivo de toda pena, pagar una deuda con la sociedad. El delito se paga con libertad –lo más preciado–, pero no con el maltrato. Claro está que no en todos los países se aplica esta filosofía, de manera que la condena se entiende como un suplicio, siempre acorde con su calidad democrática. Estados Unidos y El Salvador son los países con más población penitenciaria, pero no es lo mismo cumplir una condena en el Penal de la Esperanza de San Salvador que en la de San Quintín, California, por más invulnerable que sean sus muros y se siga suministrando inyección letal. Cuba, que ocupa la sexta posición mundial, con 57.337 –y 11,2 millones de habitantes–, tiene casi los mismos presidiarios que España: 59.400. Al Estado, cada preso le cuesta entre 60 y 65 euros diarios, 1.800 al mes.

Entre el hotel y la sepultura

Una cifra astronómica si la comparamos con países como Brasil, donde la prisión de Curado, en Recife, registra una sobrepoblación extrema, o el Campo 22 en Corea del Norte, con 50.000 reclusos que son utilizados para experimentos, entre ellos el de armas bacteriológicas. En Estados Unidos, donde hay cárceles privadas, estas empresas (las más importantes son CoreCivic y Geo Grup) reciben de la Administración entre 40 y 60 dólares al día por recluso. Como en cualquier negocio deben estar ocupadas en mayor número de «camas», de ahí que hayan exigido al gobierno una cuota mínima de ocupación. En las antípodas de este modelo está el escandinavo, como la prisión de Bastoy, en la que los reclusos viven en cabañas, o la de Halden, ambas en Noruega, un verdadero hotel lleno de luz y espacios abiertos en la que iba ser internado Breivik, el terrorista que asesinó a 77 jóvenes en julio de 2011, pero que ante lo ostentoso del lugar, se le llevó a un centro más básico y discreto.

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