La herencia de Margarita Salas

Considerada la científica más importante de España, Salas desarrolló su labor investigadora en el campo de la bioquímica y la biología molecular

Margarita Salas
Margarita Salas

Margarita Salas, pionera de la ciencia en España, fallece a los 80 años. Es el ejemplo más brillante de cómo la investigación básica de excelencia puede mover el mundo: descubrió el ADN de la polimerasa Phi29, una patente que generó millones de euros a las arcas públicas.

Margarita Salas, uno de los mayores talentos científicos que ha dado nuestro país, falleció ayer a la edad de 80 años. Prácticamente hasta el último momento de su vida no dejó de acudir al laboratorio y, de cuando en cuando, atender la llamada impertinente de algún que otro periodista que quería saber más de ella. Solo hace unos meses, en julio de 2019, recibía el premio Inventor Europeo del año por su trayectoria universalmente reconocida y volvía a mostrar su sobrio rigor intelectual y su infinita paciencia ante los medios de comunicación. Puede que prefiriera mil veces la soledad del laboratorio a los focos de la popularidad, pero nunca dejó de cumplir con otra de las funciones que creyó inherentes a su talento: diseminar el conocimiento entre sus coetáneos.

La carrera de Margarita Salas ha estado siempre unida a la biología molecular. Asturiana de nacimiento (nacida en Canero), madrileña de formación (fue en la capital donde comenzó sus estudios de Química), americana de profesión (partió a Estados Unidos con su marido, el investigador Eladio Viñuela, donde se formó definitivamente durante 3 años cruciales para su carrera) y cosmopolita de vocación, Salas es uno de los ejemplo más brillantes en la historia española de cómo la investigación básica de excelencia puede mover el mundo.

Su biografía es la de la bioquímica en España. Tras graduarse, comenzó a trabajar con el gran pionero de esta ciencia, Alberto Sols bajo cuya dirección realizó su tesis doctoral. Desde 1963, cuando emigró a Nueva York, entró en contacto con Severo Ochoa y junto a él vivió una de las etapas más científicamente fructíferas de su vida. Fue allí donde comenzó a definir la llamada direccionalidad de la lectura de la información genética en un tiempo en el que ni siquiera habían pasado 15 años desde que la palabra gen se había definido tal y como hoy la conocemos. La investigación de la entonces joven bioquímica estableció las bases del modo en el que convencionalmente se ordena la información de los genes. Aquella definición tuvo implicaciones importantísimas en el desarrollo de la genética ya que facilitaba la síntesis coherente del material genético. En cierta manera, Salas trabajaba entonces con los cimientos de la que luego sería una de las mayores revoluciones de la historia de la ciencia.

Pero su mayor aportación a nuestro acervo científico llegaría algo más tarde: la caracterización del virus bacteriófago Phi29 uno de los tesoros con los que ella y su marido volvieron a España. En laboratorio habían observado que cuando este virus infecta a una bacteria produce la síntesis de una AND polimerasa que resultó de gran interés. Los fagos (virus que infectan a bacterias y las devoran) tienen una habilidad especial para camuflarse, imitar el ADN de sus víctimas o crear modificaciones en él. Son auténticos laboratorios de manipulación genética naturales. Esta capacidad ha sido también estudiada más recientemente por otro gran científico español (Francisco Juan Martínez Mojica) como base de la técnica CRISPR tan de actualidad hoy. Hace 50 años Margarita Salas ya había aprovechado esa capacidad del virus para desarrollar una patente que ha permitido el avance de la investigación genética a nivel mundial: la polimerasa phi29. Esta sustancia se utiliza en todo el mundo para amplificar ADN. Investigadores, arqueólogos, forenses y médicos de todo el planeta le deben a Margarita el invento de esta herramienta que facilita enormemente su trabajo. Cuando se encuentra un rastro de ADN en el escenario de un crimen o en una excavación arqueológica, o cuando en un laboratorio se quiere investigar una terapia génica, las cantidades de ADN viables suelen ser muy reducidas. Es necesario amplificarlas. Eso es lo que hace, como en una reacción en cadena, con herramientas como la polimerasa patentada por Salas. Esta patente sigue siendo hoy en día la más rentable del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a pesar de que expiró en 2009. Ningún otro hallazgo patrio ha dado tanto dinero a la ciencia española.

Margarita Salas nunca ocultó las dificultades que tuvo que sortear en su carrera: «De joven me discriminaban por ser mujer, ahora me discriminan por ser mayor», llegó a decir. A pesar de ello, recibió numerosos premios internacionales y nacionales, entre los que se encuentran la Medalla Mendel, el Premio Rey Jaime I, el Premio Nacional «Ramón y Cajal», el Premio L’Oreal UNESCO y la Medalla Echegaray. Fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de la Real Academia Española, de la American Society for Microbiology y de la American Academy of Arts And Sciences. Margarita Salas se ha ido sin poder terminar de dar respuesta a una de las preguntas que más le inquietaba, cómo funciona el cerebro. «Sabemos muy poco sobre cómo se forma un pensamiento», decía siempre que se le preguntaba sobre los retos futuros de la ciencia: ella que portaba uno de los cerebros más privilegiados de la historia.