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Un Nobel para la lucha contra el cáncer

La academia ha reconocido sus descubrimientos sobre de la terapia contra el cáncer mediante la inhibición de la regulación inmune negativa

  • Un Nobel para la lucha contra el cáncer

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02 de octubre de 2018. 02:14h

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Jorge Alcalde .  1/10/2018

onocí a James Allison en su última visita a Madrid. Era el descanso de la ceremonia de presentación de los Premios Fronteras del Conocimiento que otorga la Fundación BBVA, unos galardones que ya se están empezando a convertir en una especie de presagio del Nobel. El doctor Allison se había quedado un rato sin más compañía que su copa de vino, de la que no probó ni gota. Me acerqué a darle las gracias en nombre de un buen amigo. «Acaba de ser seleccionado para un ensayo clínico con inmunoterapia para tratar su cáncer», le dije. «La técnica inventada por usted ha llegado de pleno a mi entorno». Él, con una modestia propia de los verdaderos genios y ciertas dosis de timidez, me contestó: «Bueno, no piense que esto hace milagros. Sirve para lo que sirve». Precisamente, porque la inmunoterapia contra el cáncer que él y el japonés Tasuko Honjo han ayudado a concebir sirve para lo que sirve, Allison y Honjo recibieron ayer el Premio Nobel de Medicina 2018. Sus hallazgos, a pesar de que los lleven sobre los hombros con la modestia que mostraron en el entreacto del Teatro Real hace unos meses, han sido fundamentales para el desarrollo de una de las líneas de actuación contra el cáncer más novedosas y prometedoras. Un chorro de aire fresco, una perspectiva distinta en el arsenal de armas que tenemos contra la enfermedad.

Allison, inmunólogo, trabaja a sus 70 años en el MD Anderson Medical Center de Houston. Honjo, seis años mayor, investiga en la Universidad de Kioto. Ambos han aportado su propia pieza al desarrollo de la inmunoterapia.

También llamada «terapia biológica», la inmunoterapia es un novedoso tratamiento contra el cáncer que trata de estimular las defensas naturales del cuerpo para combatir el tumor. En esencia, se trata de utilizar sustancias producidas por el propio organismo, o sintetizadas en laboratorio, para mejorar o restaurar las funciones del sistema inmunitario y enfocarlo a la destrucción o detención de las células cancerosas de manera similar a la llegada de un agente externo infeccioso. Nuestro sistema de defensa natural es especialmente diestro a la hora de combatir agentes externos con potencial para enfermarnos. Virus, bacterias o alérgenos, cualquier intruso en la estabilidad de nuestra salud puede chocar con reacciones inmunológicas diseñadas para protegernos.

Pero los cánceres están fuera del alcance de esta función. Y resulta realmente extraño porque, en el fondo, una célula tumoral no es más que un agente extraño que pone en peligro la salud. Al cáncer, sin embargo, le acompañan algunos mecanismos de defensa que inhiben la acción del sistema inmunitario.

El trabajo de los «padres» de la inmunoterapia, con Allison a la cabeza, fue intentar eliminar esos frenos, esas defensas del cáncer: las propias células inmunitarias de nuestro cuerpo podrían frenar los tumores. De hecho, el empeño de la ciencia por educar al sistema inmunitario para controlar cánceres no es nuevo: llevamos cerca de un siglo buscando el modo de hacerlo. Ha sido la aproximación de Allison y Honjo la que ha logrado, en criterio del jurado del Nobel, empezar a hacer realidad aquel anhelo.

Allison ha trabajado sobre una proteína –CTLA-4– que está implicada en la protección del cáncer contra las células inmunitarias. El cáncer es como un avión de guerra que penetra en las filas enemigas con un escudo que lo vuelve invisible a los radares. Ese escudo es la CTLA-4. Allison detectó este escudo, lo que permitió a otros investigadores diseñar terapias con anticuerpos que inhiben su acción. Esas terapias se están empezando a aplicar lentamente, pero con éxito, en varios tipos de cáncer. De hecho, desde el descubrimiento de Allison, la inmunoterapia se considera una de las estrategias más prometedoras, aunque en muchos casos su eficacia está aún siendo probada en ensayos clínicos y los tratamientos no están disponibles.

Honjo ha trabajado con otro tipo de sustancias, las proteínas PD-1, que son agentes que usa nuestro cuerpo para protegernos de enfermar. El japonés descubrió que algunos cánceres cuentan con esta proteína que, cuando se activa, manda un mensaje y bloquea su actividad. De ese modo, el cáncer puede extenderse sin temor a un contraataque. Su descubrimiento ha dado lugar a otra línea de terapias inmunológicas muy prometedoras para tumores en el de pulmón, el riñón, la piel y algunos linfomas. Consiste, precisamente, en evitar que la proteína provoque el bloqueo del sistema de defensa.

En definitiva, los dos premiados han contribuido al desarrollo de una nueva manera de mirar al cáncer. No han sido los únicos y, seguramente, otros muchos investigadores podrían haber recibido el alto galardón científico. Pero sí es cierto que sus hallazgos pavimentaron una autopista por la que viajan a gran velocidad terapias experimentales antes impensables. La inmunoterapia, que incluso podrá sustituir a la quimioterapia y la radioterapia, ha venido ya para quedarse.

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