La inmortalidad tiene fecha: 2050

Para los científicos e ideólogos defensores de la eterna juventud, la gran batalla de este siglo no es contra las enfermedades: es, directamente, contra la muerte.

Para los científicos e ideólogos defensores de la eterna juventud, la gran batalla de este siglo no es contra las enfermedades: es, directamente, contra la muerte.

Estamos ya en plena década de los 20 del siglo XXI. Prácticamente a la vuelta de la esquina. Una tropa de «nanobots» –robots a escala nanométrica, del tamaño de una célula– es «inyectada» en nuestro organismo. Estas máquinas, invisibles al ojo humano, no nadan en nuestro torrente sanguíneo «a su aire»; han sido programadas con un software que les indica qué agentes patógenos, responsables de la enfermedad que sufrimos, deben atacar y aniquilar, acabando el «trabajo» que nuestro debilitado sistema inmune no ha podido acometer. Es más: si una nueva amenaza se cierne sobre nuestro organismo, no tendremos problema en reprogramar a los «nanobots», introducir unos pocos cambios en el software y dirigirlos al nuevo enemigo. ¿Conclusión? La titánica lucha contra enfermedades como el cáncer pertenecerán al pasado. Semejante predicción no puede ser sino obra de un futurólogo. Pero en el caso de Ray Kurzweil, además es experto en ciencias de la computación y en inteligencia artificial, y director de ingeniería en Google. Nunca se ha escondido a la hora de contestar a la gran pregunta: ¿podremos aspirar a la inmortalidad? Y tampoco a la segunda gran pregunta: ¿cuándo? Kurzweil responde con un tajante «sí» a la primera. Y se aventura a dar su pronóstico en la segunda: entre las próximas décadas de los años cuarenta y los cincuenta. Para todos aquellos incrédulos, sus predicciones cuentan con un 86% de aciertos...

La eterna juventud. Lo que antes era un coto reservado a chamanes o charlatanes ha sido invadido por ejecutivos con traje y corbata que pueblan a sus anchas por la «ultratecnológica» región de Silicon Valley. De ello da fe «Homo Deus. Breve historia del mañana» (Ed. Debate), obra del divulgador Yuval Noah Harari, profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en la que analiza los principales retos que encara el ser humano en un proceso evolutivo que no cesa. Y entre ellos, se encuentra el de retrasar la muerte lo máximo posible. «En el siglo XXI, es probable que los humanos hagan una apuesta seria por la inmortalidad», escribe Harari. Del mismo modo que en nuestra más reciente historia muchos esfuerzos se han concentrado en luchar contra el hambre y las enfermedades, el objetivo de este siglo será algo más ambicioso. El autor recuerda que la mayoría de científicos y médicos persiguen fines más terrenales. Paso a paso contra las enfermedades. Sin embargo, hoy existe una «minoría creciente» que afirma que «la principal empresa de la ciencia moderna es derrotar a la muerte». Pero para ello se necesita mucho dinero. Y, actualmente, buena parte del «botín» se encuentra en Silicon Valley. Hay expertos que creen que esta batalla se vencerá en el año 2200, otros en 2100... y otros, como Kurzweil, creen que debemos señalar en los calendarios el año 2050.

Dentro de estos gurús, Kurzweil es de los más afamados. En 2012 fue nombrado director de ingeniería de Google. Y su proyecto de los «nanobots» no sólo se centra en la lucha contra las enfermedades; estos artilugios podrían también inocularse en nuestro sistema nervioso, de tal forma que nuestro cerebro, concretamente la capa del neocórtex, estaría conectado a una «nube» virtual, como ocurre con los móviles. Es decir, aunque nuestro cuerpo se extinga, nuestro cerebro, nuestra conciencia, seguiría vivo en una suerte de «Matrix». En un terreno más teórico, predice que para 2045 alcanzaremos la «singularidad»: el cambio tecnológico habrá sido tan rápido que la inteligencia artificial tendrá un poder computacional billones de veces mayor que el de la inteligencia humana.

Con todo, Kurzweil no ha sido la única apuesta de la empresa de Mountain View por la inmortalidad. En 2013, Google puso en marcha una filial, Calico, que nació con un elocuente lema: «Resolver la muerte». Hasta el momento, la subcompañía ha cerrado varias alianzas con biofarmacéuticas e institutos que investigan el proceso de la vejez. Uno de los campos en los que ha entrado es la optogenética: la posibilidad de «encender» neuronas –o apagarlas si están deterioriadas– a voluntad.

Pero la apuesta no queda ahí. Google Ventures (GV), fondo de inversiones de la compañía, invierte el 36% de los 2.000 millones de dólares de su cartera de valores en nuevas empresas biotecnológicas, entre las que se cuentan varios proyectos para alargar la vida. Hasta este mes de agosto, su presidente fue Bill Maris. «¿Es posible vivir hasta los 500 años?», le preguntaron en una entrevista. ¿La respuesta de Maris? «Sí». En opinión de este ejecutivo, con estudios en neurociencia y ferviente creyente de la inmortalidad, «por primera vez en la historia tenemos las herramientas, especialmente en las ciencias de la vida, para perseguir cualquier objetivo en torno a la salud». Y es que «la aceleración que vimos en las computadoras desde 1960 hasta ahora la vamos a ver en la ciencia».

Peter Thiel, cofundador de PayPal, también abrazó esta nueva «religión»: «Puedes aceptar la muerte, negarla o luchar contra ella. Yo prefiero luchar», aseguró. Y lo hizo con una generosa donación de 3,5 millones de dólares a la Fundación Methuselah, consagrada a alargar la esperanza de vida mediante medicina regenerativa.

Precisamente, Methuselah tiene como fundador a una de las patas sobre las que se sustenta el banco de la inmortalidad: el gerontólogo y biomédico Aubrey de Grey, «profeta» de la eterna juventud. Es categórico: la persona que puede llegar a vivir 1.000 años ya ha nacido. Y cree tener la clave: el proyecto de la senescencia negligible ingenierizada (SENS, en sus siglas en inglés): siete tejidos, zonas clave y procesos orgánicos –entre ellos, la senescencia celular, el fenómeno por el que las células ya dejan de dividirse–, que, de revertirse su declive, no sólo lograríamos ser centenarios, sino milenarios.

Claro está que para llegar a este fin, es necesaria una inversión multimillonaria. Y, en su libro, Harari lanza una cuestión inquietante: «La igualdad sale, entra la inmortalidad». Estos proyectos podrían estar reservados a aquellos que cuenten con una cuenta corriente más abultada. Y en un mundo en el que, ya de por sí, la diferencia de esperanza de vida entre una persona con recursos y otra sin ellos puede ser de más de 10 años a favor del primero, no estaríamos ante una revolución «democrática», sino reservada a gente como Kurzweil, Maris y Thiel. ¿Veremos una sociedad dividida entre «inmortales» de primera y «mortales» de segunda?