Las calles del olvido

Un recorrido por esa tierra de nadie que es la España interior, despoblada, con las constantes vitales por el suelo, lo es por un páramo demográfico que alcanza a más de la mitad de los municipios que están hoy en riesgo de extinción

Un recorrido por esa tierra de nadie que es la España interior, despoblada, con las constantes vitales por el suelo, lo es por un páramo demográfico que alcanza a más de la mitad de los municipios que están hoy en riesgo de extinción.

España está hoy rebosante de espacios olvidados, sacrificados en el cadalso del tiempo. Pueblos, comarcas enteras, que transitan sin pulso hacia el ocaso entre la indiferencia de las administraciones pasadas y presentes y la resignación de buena parte de una población envejecida y abandonada a su suerte. Para los que conocemos de cerca esa realidad (en este caso de un pequeño pueblo de la alcarria conquense), los golpes de pecho de los políticos de turno que se hacen los encontradizos con un problema germinado durante décadas generan una mezcla de indignación y, por supuesto, de incredulidad y escepticismo.

Esa muerte lenta, esa agonía, no es un contratiempo sobrevenido, súbito, sino la consecuencia inevitable de un proceso alentado y programado del que algunos quieren ahora arrepentirse quién sabe si con más impostura y oportunismo que otra cosa. Que ese músculo rural que todo país vertebrado, pujante y vivo debe preservar se encuentre atrofiado es un fracaso que ha pasado y pasará una costosa factura en lo social, cultural, económico y, por supuesto, demográfico. Si una cierta conciencia sobre los corrosivos efectos de esa España fantasmal se ha despertado entre nuestra clase política, no se ha debido, seguro, a un ejercicio de reflexión interior, a un acto de contrición, sino al despertar de puñados de colectivos cívicos que han decidido resistirse a que los pueblos sean espacios fundamentalmente para los muertos y no para los vivos.

Se suman iniciativas que trabajan por revertir esa decadencia endémica y poner en valor un patrimonio extraordinario con planes para generar emprendimiento que repercutan en el empleo, la educación, la salud y la tecnología con la convicción de que, más que una quimera, es posible avanzar y mejorar. Pero la realidad es que, aunque tengan un mérito extraordinario, son muchas menos de las que serían suficientes en el marco de una estrategia global de las administraciones públicas que atacaran los problemas que son transversales y que demandan esfuerzos colectivos de todas las partes implicadas en la dinamización.

Lamentablemente, es cierto que para cientos de esos pequeños municipios todos estos esfuerzos llegan demasiado tarde, pero como sociedad estamos obligados a preservar el tesoro que nos fue legado en una España rural que sólo aguarda a que alguien crea y apueste por ella de forma sincera y decidida.