Los vecinos de la Verneda piden una pulsera para vigilar al violador

Tras salir de prisión aseguró estar «muy arrepentido» de las agresiones a 17 mujeres

Numerosas personas protestaron ayer a las puertas de la casa del  «violador de la Verneda» / Efe
Numerosas personas protestaron ayer a las puertas de la casa del «violador de la Verneda» / Efe

Tras salir de prisión aseguró estar «muy arrepentido» de las agresiones a 17 mujeres.

Sobre la 1.30 horas de la madrugada del jueves, Gregorio Cano Beltri, más conocido como el «violador de la Verneda», salió de la cárcel de Can Brians 2, en la provincia de Barcelona. Abandonó la prisión por su propio pie, y cogió un coche. No obstante, antes tuvo tiempo para la hacer declaraciones, y dijo, con una voz un poco confusa, que «los programas que hay contra la gente que ha cometido estos delitos si uno quiere. Si uno quiere, desde luego va a seguir igual. Yo lo he logrado. Hay que ver con el tiempo si es efectivo o no».

Apareció cubierto de cara, y aseguró que está arrepentido, pidió perdón a las víctimas «a las que hice tanto daño, porque no se merece nadie lo que hice». Fue la primera vez en la que mostró tener remordimientos. Cano admitió, que cuando era un recluso pidió la castración química, aunque nunca se hizo. En prisión, admitió no estar rehabilitado, y los expertos dijeron lo mismo.

Una vez cogió el coche, desapareció y, en teoría, se quedó todo el día en su piso familiar en el mismo barrio de la Verneda. De esta manera, ahora vivirá con su padre, de edad avanzada, y que necesita una asistenta todo el día. Su madre murió hace años, una mezcla la situación que vivía y problemas con el hígado.

Evidentemente, en la Verneda ayer casi no se hablaba de otra cosa. Justo frente al edificio donde reside ahora Cano, madre e hijo intercambiaban opiniones. En la misma línea que la abogada de la mayoría de las víctimas, criticaron a los servicios penitenciarios, dejando a entender que algo ha fallado.

«Falla el sistema»

Ellos son Àngel y Montse y conocen a fondo a la familia del violador. Les sabe mal por el padre, y por el presunto linchamiento al que puede ser sometido cuando salga por la puerta. «Se tienen que pedir responsabilidades a la gente que no ha hecho bien su trabajo, a las administraciones», dice el hijo.

Son buenos conocedores del barrio. «Hasta ahora nadie decía nada, pero hoy –por ayer– ya todo el mundo habla de ello», dice la madre, a lo que el hijo insiste en que «nadie quiere vivir con una persona de este calibre, pero es que es el sistema el que falla, si no está rehabilitado es que algo ha fallado». Ambos se muestran favorables a la pulsera telemática para poder controlar al violador.

Otro vecino incide y se muestra más duro. «Aquí no puede estar, debería estar en el Sahara», pone como ejemplo. También se muestra favorable a la citada pulsera, e incluso de penas mucho más duras, lo que provocó una pequeña discusión vecinal. En una pastelería cercana declinaron realizar declaraciones.

El sentimiento general en el barrio y, sobre todo, en las calles adyacientes al domicilio de Cano es de rechazo total, aunque con una extraña mezcla de compasión hacia el padre. No hacia el hijo, aunque los vecinos recuerdan que existe otro grave elemento: el consumo de drogas.

Cano superó todos los programas de rehbilitación en la cárcel establecidos para este tipo de violadores múltiples, e incluso se le permitieron permisos puntuales para poder salir de la prisión. No obstante, en un control posterior a una de esas salidas, el preso dio positivo por consumo de drogas.