Más frío que en la Antártida: sobrevivir a -50 grados

La razón de este bajón de temperaturas es un pedazo de atmósfera ártica que se ha descolgado hacia el Sur provocando que el aire que habitualmente respiran los pingüinos ahora azote con fuerza las cabezas de los norteamericanos.

La razón de este bajón de temperaturas es un pedazo de atmósfera ártica que se ha descolgado hacia el Sur provocando que el aire que habitualmente respiran los pingüinos ahora azote con fuerza las cabezas de los norteamericanos.

Hace frío, mucho frío. Un frío extraño e inédito que ha dado titulares que recorren el mundo. «La coste este de Estados Unidos presenta temperaturas inferiores a las del polo Norte», por ejemplo. «Chicago se congela», por ejemplo. «Una persona podría morir de frío en diez minutos», por ejemplo.

Y la culpa no la tiene el invierno. En realidad, durante estos meses entre diciembre y febrero en este área del mundo entre la costa atlántica de América del Norte y el centro de los Estados Unidos hace mucho frío todos los años. Siempre ocurre lo mismo. La razón de tan inusitado bajón de temperaturas es que, literalmente, un pedazo de atmósfera ártica se ha descolgado hacia el sur y ha quedado atrapada en latitudes más meridionales. Aire helado que habitualmente respiran los pingüinos y que hoy sopla sobre las ateridas cabezas de paseantes en Nueva York, Dakota del Norte o Illinois.

Que sea normal temblar de frío en invierno no justifica datos como los recogidos estos días: 20 grados centígrados bajo cero en Nueva York, y sensación térmica de -50 en Dakota del Norte, sin ir más lejos. Las temperaturas son tan bajas que, por primera vez en décadas, las escalas de medición métrica decimal (la que usamos nosotros en centígrados) e imperial (la estadounidense en grados Fahrenheit) se han equiparado. En la localidad de Grand Folks (Dakota del Norte) alcanzaron en la noche del miércoles 38 grados Farhrenheit equivalentes a -38 centígrados. Es lo que algunos han llamado «superfrío», con temperaturas continentales inferiores a las esperada en el Ártico.

En los últimos años, la población de Estados Unidos se ha familiarizado con la palabra «vortex»: vórtice. Se trata de un fenómeno común en los inviernos del norte y sur extremos del planeta que provoca el desplazamiento de una gran masa de aire frío y bajas presiones desde los polos. Ese desplazamiento genera la convergencia de un anillo de fuertes vientos que lo rodean girando en el sentido de rotación de la Tierra. Es una máquina perfecta de generar frío: bajas presiones, aire helado, viento constante. Una especie de ciclón pero con aire gélido en lugar de cálido.

El fenómeno es muy habitual. No se debe a ninguna razón anómala, ni está causado por el cambio climático. Forma parte de las peculiaridades meteorológicas del planeta del mismo modo que las tormentas de arena en el desierto, las gotas frías en el levante o los monzones en Asia. Pero, de vez en cuando, estos vórtices polares chocan contra bajas presiones sobre el Pacífico y se desestabilizan. Eso hace que se expandan y alcancen con su trilogía de viento, frío y baja presión amplias regiones del planeta.

Hay una razón de peso para que pasen estas cosas en ese lado del mundo. De hecho, es de mucho peso: se llama Montañas Rocosas. Esa columna vertebral que parte Norteamérica en de norte a sur, es un muro para la llamada corriente de chorro.

Esta corriente es una especie de autopista de viento que circula por el hemisferio norte (de este a oeste) y regula el clima global. La corriente generalmente sirve de contención a los vórtices polares, como si los vórtices fueran ganado apaciblemente conducido a su redil por los vientos «cowboys» de la corriente de chorro. Pero al llegar a las Rocosas, los «cowboys» pierden el paso y los vientos estabulados encuentran un resquicio por el que escaparse hacia el territorio sur. Esa es la razón por la cual estos episodios de frío extremo afectan tanto al centro y como al este de Estados Unidos, y no al oeste. O lo que es lo mismo, antes o después de las Rocosas.

El efecto de esa disrupción se deja notar más allá del continente americano. Los vórtices extremos conducen masas de aire gélido también a Siberia y a China. El resultado es un episodio prolongado de fríos intensos cuya consecuencia más dramática en el aumento de las muertes.

La hipotermia y la congelación son fenómenos que se vuelven probables cuando la temperatura interna del cuerpo humano baja de 34 grados. La muerte sobreviene si se aproxima a los 21 grados. Nuestro organismo mantiene una temperatura estable de 36 o 37 grados. En condiciones normales de salud y de vestimenta, podemos mantener esa temperatura sin problema a pesar de que fuera el frío arrecie hasta menos de un grado bajo cero. Pero a partir de esa temperatura (entre dos y diez bajo cero) la hipotermia es más que probable, especialmente en condiciones de humedad y viento. En agua, el cuerpo pierde calor 25 veces más deprisa que al aire.

En cualquier caso, disponemos generalmente de ropas que pueden protegernos de la hipotermia a esas temperatura. Lo malo llega cuando el frio alcanza mínimas de 20 o 30 grados bajo cero. En esas condiciones, si no estamos cubiertos con vestimentas técnicas preparadas para ese ambiente, la hipotermia llega en menos de 10 minutos. A 40 bajo cero, la hipotermia nos ataca en 5 minutos.

Llegado a ese extremo, el corazón no es suficientemente potente como para bombear sangre a la velocidad requerida para calentar las zonas internas de nuestro organismo. El cuerpo empieza a entrar en estado de «shock» y comienzan a aumentar las probabilidades de padecer crisis hepáticas o de riñón. Los niños, los ancianos y las personas con enfermedades coronarias son los más afectados. No es fácil enfrentarse cara a cara a un vórtice polar. Teniendo en cuenta su magintud, si nos pilla cerca, lo mejor es quedarse resguardados en casa.