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Medicalizar la vida (y más)

Con mucha frecuencia se ponen «etiquetas de enfermedad» a acontecimientos que no son más que elementos que integran el carácter o forma de ser de las personas. Debemos aprender a «encajar»

  • Medicalizar la vida (y más)

Tiempo de lectura 2 min.

14 de agosto de 2019. 23:36h

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Rafael Fernández 14/8/2019

ETIQUETAS

Todo es susceptible de ser tratado y medicalizado. Hasta lo que no debería serlo. En los países desarrollados, las sociedades modernas han desplazado al campo de la atención médica problemas de la realidad subjetiva y social de las personas. En este sentido, la obsesión por una salud perfecta, cuando uno no está objetivamente enfermo, se ha convertido en un factor patógeno predominante.

Curiosamente, a la vez que mejora el nivel de salud de la población, –ahí están las estadísticas de todo tipo de los organismo internacionales–, existe un aumento del número de «enfermedades y enfermos». En la práctica clínica diaria, y por diferentes motivos, ponemos «etiquetas de enfermedad» a comportamientos o acontecimientos que no son más que elementos que integran el carácter o forma de ser de las personas, o bien se trata de reacciones ante situaciones vitales acontecidas como conflictos laborales, familiares, escolares o duelos. La capacidad de frustración ha desaparecido o disminuido de manera alarmante.

Nadie –o muy pocos– están dispuestos a pasar por el menor dolor, preocupación o inconveniente. Algo que nuestros abuelos, o incluso padres, sobrellevarían con cierta naturalidad, como una pequeña herida, la muerte de un familiar o el desempleo es susceptible de ser tratado con analgesia y ayuda farmacológica. Procesos normales de la vida como la vejez o el embarazo; disfunciones y fobias sociales o la «tristeza» por el fin de las vacaciones son susceptibles de ser tratadas con fármacos. No es baladí el ejemplo americano. En Estados Unidos el mercado de los distintos tipos de antidepresivos, por ejemplo, no deja de crecer.

En la actualidad más de 15,5 millones de estadounidenses llevan más de cinco años tomándolos, el doble que en 2010 y el triple que en el año 2000. Un mercado boyante que no hace más que crecer de forma exponencial. En nuestro país, sin alcanzar las cifras estadounidenses la cosa no es menor: aproximadamente estamos en la mitad de esas cifras. Tenemos que aprender a «encajar». Seguro que nos iría mucho mejor. Es cuestión de cabeza.

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