¿Obsesión por el superhombre?

El anuncio de la creación de los primeros bebés modificados genéticamente por el científico chino He Jiankui se suma a numerosos intentos fallidos y de dudosa ética profesional que se han sucedido en las últimas décadas

¿Realidad o ficción? Un fotograma de la película futurista «Metrópolis» (1927), dirigida por Fritz Lang, en la que se da vida al robot María
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El anuncio de la creación de los primeros bebés modificados genéticamente por el científico chino He Jiankui se suma a numerosos intentos fallidos y de dudosa ética profesional que se han sucedido en las últimas décadas

Jeniffer Doudna es bioquímica estadounidense e investigadora de la Universidad de California, en Berkeley. La lista de premios que atesora no cabría en estas páginas, desde el Tang Prize hasta el Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica. No en vano, es una de las creadoras de la técnica de edición genética conocida como CRISPR-Cas9, el llamado cortapega genético, la tecnología de modificación del ADN que pasa por ser una de las más prometedoras herramientas en la lucha contra un buen puñado de enfermedades. Y la misma técnica que, curiosamente, esta semana ha causado el espanto de la mayor parte de la comunidad científica de todo el planeta después de que un científico chino (He Jiankui) anunciara haberla utilizado para lo que nadie quería usarla: crear los primeros niños de la historia modificados genéticamente. Hace un año, Jeniffer declaró en una entrevista a la revista «The Atlantic»: «Estoy preparándome mentalmente para el día en que alguien me llame y me comunique que ha nacido el primer niño modificado por CRISPR». Parece ser que ese día ha llegado. Y quizás ni siquiera la doctora Doudna esté preparada para dar respuesta a la catarata de dudas éticas que ello supone. Si el anuncio de He Jiankui es cierto, hemos entrado en una nueva era de retos morales de difícil calibrado. Si es falso, habremos dado un paso más hacia el inevitable día en el que alguien, de verdad, genere los primeros seres humanos de una nueva estirpe que aún no tiene nombre: la estirpe de los modificados genéticamente.

Si algo puede ocurrir, terminará ocurriendo. Las nuevas tecnologías de manipulación de ADN permiten editar la información genética de cada vez más individuos (entiéndase por individuo lo mismo un parásito que un mosquito portador de enfermedades; una lechuga, que un ser humano). La técnica es tan potente y a la vez tan sencilla que no hace distingos. Lo único que impide que se utilice en embriones humanos es el reparo moral. Tecnológicamente estamos en disposición de hacerlo.

Embriones no viables

El anuncio de esta semana no es más que la consecuencia de una sucesión de anuncios recientes que apuntaban en la misma dirección. En 2015, el científico también chino Junjiu Huan, de la universidad Sun-Yat sen, ya comunicó que había empleado la técnica CRISPR en embriones humanos. Pero en ese caso, eran embriones no viables. La noticia corrió como la pólvora por todo el mundo. Por primera vez en la Historia se había modificado la línea germinal de un ser humano manipulando sus genes durante el estado de embrión. Pero aquello no fue más que una prueba con balas de fogueo. Los embriones utilizados habían sido reclutados en clínicas de fertilización in vitro entre ejemplares que no eran viables para producir embarazos. Se usaron como plataforma de investigación sin pretensión que de ellos naciera ningún niño CRISPR

Cuando Huan trató de publicar su investigación en una revista de prestigio como «Nature» o «Science» se encontró las puertas cerradas. Ninguna se atrevió a dar cobijo a un experimento que traspasaba todos los límites de la ética. El propio Huan reconoció que existen aún numerosas consecuencias no calibradas del uso de CRISPR en embriones. Uno de los comentaristas habituales de la revista «Nature» fue más lejos: «Tenemos que echar el freno y asegurarnos que sabemos hasta dónde queremos llegar con este tipo de investigaciones».

Dio igual. Un año después otro equipo del hospital chino de Guangzhou anunció la creación de un segundo lote de embriones humanos modificados por CRISPR. Los resultados fueron pavorosos. De 45 embriones manipulados, solo 26 se desarrollaron hasta más allá de la división en ocho células y de ellos solo 5 albergaron la corrección genética que se pretendía introducir. En ninguno hubo garantías de que dicha modificación pudiera ser eficaz. Es decir, hubo que destruir 45 embriones humanos para lograr solo cinco casos de éxito muy parcial.

Pero también dio igual. En 2017, un tercer equipo chino anunció que había corregido mutaciones genéticas de tres embriones viables usando la técnica CRISPR. Esos embriones tuvieron que ser desechados tiempo después y, finalmente, no se implantaron en ninguna mujer. Como estaba claro, la técnica arrojó serias dudas. Entre otras cosas, se determinó que no es posible saber la consecuencias en cascada que podría tener la manipulación de genes en la línea germinal de embriones humanos durante el futuro del individuo, una vez que éste hubiera nacido. La Academia Nacional de la Ciencias de Estados Unidos publicó un informe en el que se advertía que el uso de CRISPR en embriones humanos debería ser solo permitido en casos excepcionales y siempre y cuando no exista ninguna alternativa terapéutica conocida hasta el momento.

Volvió a dar igual. El anuncio de 2017 espoleó a muchos otros grupos para intentar crear los primeros «niños CRISPR». Y el furor saltó las fronteras chinas. Frederik Lanner, científico sueco, publicó sus intenciones de ser el creador del primer niño modificado genéticamente. Y la Autoridad de Fertilización Humana y Embriología del Reino Unido dio más tarde permiso para hacer otro tanto a un equipo de científicos británicos. La carrera había comenzado. Una carrera de consecuencias insondables. De hecho, una carrera que sería ilegal en países como España, Francia o Estados Unidos.