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¿Por qué ha llovido tanto en Levante? La “monzonización” del Mediterráneo

La subida de temperatura del Mediterráneo y la creación de cauces artificiales han provocado que los efectos de las gotas frías sean más brutales

  • Foto aérea de Los Alcázares (Murcia), una de las zonas más afectadas por la gota fría
    Foto aérea de Los Alcázares (Murcia), una de las zonas más afectadas por la gota fría /

    Efe

Tiempo de lectura 4 min.

14 de septiembre de 2019. 13:27h

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Jorge Alcalde 13/9/2019

Llueve más y llueve más veces. Parece que esa es la idea que muchos nos hacemos al analizar la recurrencia reciente de sucesos como los últimos episodios de gota fría del Mediterráneo.

Las cantidades arrojadas por las lluvias de esta semana en Valencia, Alicante, Murcia y Almería están entre las mayores de las que se tienen registros. No, no son las peores de la historia. Las riadas del 57 en Valencia, por ejemplo, acumularon más agua y devastación. Pero sí se encuentran entre las más sorprendentes. Sobre todo por el patrón de comportamiento de las lluvias. Es lo que, al habla con el catedrático de Análisis Geográfico Regional en la Universidad de Alicante y presidente de los geógrafos españoles, Jorge Olcina, llama una suerte de «monzonización» del Mediterráneo.

Algunas peculiaridades de los últimos episodios hacen pensar que las gotas frías actuales (permítanme que siga aferrándome al término tan gráfico y clarificador en perjuicio del tecnicismo DANA que los expertos prefieren usar) no son como las de antes. En primer lugar, se aprecia cierta aceleración en su formación. Los procesos de convección que dan lugar a la acumulación de nubes de tormenta parecen ser más rápidos, se llega con más velocidad al punto crítico que provoca lluvias torrenciales. Y las descargas de agua son también más repentinas, más brutales. La razón puede residir en la temperatura de las aguas del Mediterráneo. En las últimas décadas se ha constatado un leve pero constante aumento de las temperaturas del agua del mar. Y es precisamente el calor de la masa de agua mediterránea lo que sirve de combustible para las gotas frías.

Además de ese calor superficial que aumenta el registro de los termómetros atmosféricos, para que se produzca un episodio torrencial hace falta el contacto con una bolsa de aire frío descolgada del norte del Atlántico (de ahí lo de «gota fría»). El clima del planeta está regulado, entre otros muchos factores, por una corriente de chorro que circula de Oeste a Este en las cercanías del Atlántico Norte, circundando el polo. Como es una corriente de aire a gran velocidad suele ser estable y forma una especie de barrera para las borrascas del Norte. De ese modo, a nosotros no nos llegan los frentes tormentosos septentrionales con tanta asiduidad como debieran, y por el contrario nos vemos bañados más por sistemas de altas o bajas presiones del Atlántico más cálido.

Pero de vez en cuando esa corriente se desvía formando curvas como meandros de ríos y empujando hacia el sur (Península Ibérica) aire frío del Norte (cercano al Ártico). Esas bolsas de aire frío, esos descolgamientos, parecen ser cada vez más frecuentes quizá porque el aumento de las temperaturas en el Ártico está frenando la velocidad de la corriente en chorro. El resultado es que tenemos gotas frías en más periodos de año que antes. El fenómeno hace unas décadas era exclusivo prácticamente de los meses de agosto (a finales) y septiembre u octubre, cuando se mantiene el efecto de la máxima temperatura alcanzada por el mar en verano. Pero ahora no es extraño sufrir gotas frías en julio o en Semana Santa.

Pero para entender la gravedad de lo ocurrido esta semana tenemos que invocar también al factor humano. Según me comenta también Olcina, en la cuenca del Segura hemos vivido un paradójico efecto de «falsa sensación de seguridad». Desde las catástrofes de 1987 se puso en marcha un plan de defensa de las inundaciones que contemplaba, entre otras cosas, la creación de cauces artificiales para canalizar las aguas del río. Se trata de cauces hormigonados que acompañan al Segura hasta su desembocadura. Se pensaba con ello que por mucho que subieran las aguas, no se iban a producir desbordamientos. La realidad ha sido muy distinta. Lo ocurrido esta semana demuestra que quizá no se había tenido en cuenta en los cálculos la posibilidad de absorber lluvias de tan gigantesco calado. Los cauces artificiales son, además, barrera de hormigón que una vez producido el desbordamiento impiden que las aguas busquen un camino de retorno natural. La inundación no puede recanalizarse espontáneamente y mantiene anegados los terrenos hasta que el agua desaparece por evaporación o filtración.

Para colmo, algunas ciudades como Orihuela prefirieron mantener el río en su paisaje, atravesando zonas urbanas lo que produce un indeseado efecto de cuello de botella. Amamos el agua, deseamos vivir en las cercanías del río, está en nuestra naturaleza cohabitar con él. Pero, a veces, debemos pagar un precio demasiado alto por ello.

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