Ruta por los pueblos «unipoblacionales»

Son pueblos con uno, tres o cinco habitantes. No se quejan de la soledad sino del «abandono» al que les someten las administraciones. «Esto está muerto. ¿Cómo quieren que vengan familias a vivir?

Lola y Rafael regentan un bar en Chequilla, un pueblo en el que no viven ni diez habitantes. Reconocen que pierden dinero. Fotos: Alberto R. Roldán
Lola y Rafael regentan un bar en Chequilla, un pueblo en el que no viven ni diez habitantes. Reconocen que pierden dinero. Fotos: Alberto R. Roldán

Son pueblos con uno, tres o cinco habitantes. No se quejan de la soledad sino del «abandono» al que les someten las administraciones. «Esto está muerto. ¿Cómo quieren que vengan familias a vivir?

En España hay 78.000 pueblos con menos de 100 habitantes, unos 23.000 más que hace 20 años. La despoblación de las zonas rurales es una tendencia desde hace ya varias décadas, cuando los «hijos de la guerra» emigraron a las grandes ciudades para buscar trabajo, pero ahora no es difícil encontrar pueblos completamente abandonados o con muy pocos habitantes. Y es que el 90% de la población se concentra en el 30% del territorio.

Una de las zonas más castigadas por esta despoblación es la zona noreste de Guadalajara. En el enclave del Parque Natural del Alto Tajo se pueden recorrer decenas de kilómetros con pueblos de cinco, uno, tres habitantes. No tienen mayor miedo a vivir solos ni les hace falta que venga más gente; sólo quieren un poco de dignidad y no sentir esa bofetada de abandono tan evidente. Uno de esos pueblos «unipoblacionales» es Iniéstola, situado a 58 minutos en coche de Guadalajara. Allí vive Miguel Simón, que acaba de cumplir 90 años y no quiere saber nada de médicos. Cada mañana desayuna pan migao en agua con una cucharadita de Nescafé y baja a trabajar el huerto. A las 15:30, después de comer, conduce su tractor hasta Anguita, el pueblo más cercano, a tomar un cortado y echar la partida. Y no necesita más.

«Fui 17 años resinero, luego agricultor y ganadero». La resina de los pinos cercanos fue el sustento del centenar de vecinos que llegaron a poblar Iniéstola en los años 60 –cuando se instaló la red de alcantarillado, de las primeras de la provincia– y ahora vuelven a fomentarlo porque está muy demandado. «Antes se usaba para disolventes, antes de que llegara el petróleo y ahora lo quieren para cremas de mujeres y otros usos cosméticos. Esto sí que es ecológico», explica Cecilio Adame, que fue 17 años alcalde del pueblo. «La diputación ha dado cursos y herramientas para sacar la resina a la gente que estaba en paro porque la dificultad está en que el proceso es todo manual: se tiene que quitar la corteza («derroñar»), ir haciendo cortes en el tronco, colocar un bote debajo y dejar que sude. «Cada resinero se queda con un lote, unos 5.000 pinos». Miles de ellos trabajó Miguel, que ha ido viendo cómo la gente fue poco a poco abandonando el pueblo. Sube el panadero tres días a la semana, el martes el de la fruta. No echa nada en falta. Ni siquiera que abran la iglesia parroquial porque, aunque se confiesa creyente, le gusta ir a misa lo mismo que al médico. «Sólo voy el día de la fiesta, en San Antonio, y en los entierros».

Los fines de semana sí sube más gente y acostumban a juntarse todos y hacer parrillada a las afueras del pueblo, donde una solitaria pista de baloncesto sirve de juegos para Javi y José Manuel, dos hermanos de 11 y 9 años que «nunca» se aburren y que tienen todo el pueblo para ellos solos. Son el claro ejemplo de se puede ser muy feliz sin una Play Station o un móvil. «Vamos con la bici por los pueblos, al bar en verano... ¡Es que podemos hacer de todo!».

Lo que sí echan en falta en Iniéstola, un pueblo que ya se quemó en el año 1.500 y el obispo mandó construirlo un poco más arriba, es la falta de cuidados en el monte. «Deberían desbrozarlo, es lo único que pido, pero porque es peligroso si hay un fuego. Está todo el monte abandonado y son 1.000 hectareas de pinar que están pegadas a las casas», dice. Es su único miedo, porque en casa se siente seguro: «Tengo una de dos ojos apuntando», dice bromeando sobre su escopeta. Y es que Miguel también es cazador. De hecho, un par de conejos que cazó el otro día con un amigo iban ayer para la cazuela junto con un de puñados de arroz.

Más o menos el mismo plan de vida llevan en Motos, donde ahora viven todo el año Matías, Lorenzo y el matrimonio formado por Feliciano y Araceli, que volvieron al pueblo tras jubilarse después de trabajar de maestros en un colegio de Molina de Aragón. También hace un año volvió Lorenzo Martínez. Se fue a Barcelona a los 63 años y ha vuelto hace un año a sus raíces. «Me fui por asuntos de médicos, pero no porque quisiera». Ahora, ya recuperado, ha vuelto a labrar la huerta y nos recibe recién llegado del pueblo de al lado, Alustante, al que pertenece Motos. «Tengo que ir a buscar a dos chicas que me limpian la casa una vez a la semana y ahora cuando terminen tengo que volverlas a llevar».

Para él lo peor de vivir aislado en la falta de transporte público, que si no tienes coche por allí, estás «vendido». «La comida nunca fue un problema. Cuando vivíamos aquí los siete hermanos matábamos tres cerdos y teníamos para todo el año». Tenían muchísimo ganado: 700 y pico cabezas de bovino y cultivaban cebada. En está zona siempre han vivido del cereal porque los frutales no dan. Como en Iniéstola, hay un cura para 17 o 18 pueblos y sólo va «los sábados de verano». «Vale más no quejarme y que hagan lo que quieran», dice sobre los políticos, que «sólo se acuerdan de nosotros cuando llegan las elecciones». Por eso no le importa lo que prometan ahora, tiene la certeza de que «nunca cumplen lo prometido y no pasa nada».

La mayor parte de la juventud de Motos emigró bien jovencita, como Concha, que se fue con 14 años a trabajar con una familia a Madrid. Allí conoció a su marido, José, y ahora acaban de arreglar la casa en el pueblo para venir los fines de semana y en verano porque se está muy fresco. Ellos viven en Teruel que, «por supuesto que existe». Son gente que ha tenido que moverse y que ahora, tras la jubilación, vuelven al pueblo.

Tampoco han tenido pereza en hacer y deshacer nido Rafael y Lola. Viven en Chequilla, un curioso pueblo rocoso regado por el río Cabrillas (afluente del Tajo), por donde dicen que transcurrió parte del famoso camino del Cid Campeador. «La luminosisdad y el aire que hay aquí, en los Montes Universales, no la hay ni en el Pirineo», dicen. Él es de Navarra y tiene 71 años; ella de La Rioja y acaba de cumplir 70. Forman parte de ese intento de repoblar las zonas rurales porque ninguno tiene antepasados aquí, donde viven desde hace dos años. «Siempre hemos ido por las ferias vendiendo pollos asados y luego la cosa fue a menos y hemos estado pidiendo a la entrada de las iglesias y en la puerta de los supermercados Día», confiesan. Un conocido distribuidor de cervezas les dijo que cogieran el bar de Chequilla y allí están. Lola se pasa el día limpiando y siempre con la puerta del bar abierta: «Hay que tener abierto, cariño, por si llega alguien», dice a pesar de que en el pueblo sólo viven tres ancianos, el alguacil y este matrimonio que le quedará poco para irse. «Estamos perdiendo dinero, les estamos pagando la luz para nada». Dicen que hay 18 censados «pero ya te digo yo los que viven: da miedo hasta andar sola por la calle». De vez en cuando sí llegan algunos turistas a ver el retablo barroco de la iglesia de San Juan Bautista y por lo pintoresco del pueblo: casitas blancas levantadas entre moles de piedra de arenisca roja y una curiosa plaza de toros de piedra. Pero ni los turistas dan vida a Chequilla: «Entran al baño y se van sin tomar nada», dice Lola. Y es que, por no vivir, no vive ni la alcaldesa. «Se llama Laura, vive en Madrid y es veterinaria».

Rafael lo tiene claro: «Esto está muerto, aquí no hay nada que hacer. ¿Cómo quieren que venga gente aquí si no hay colegio? Nunca se podrán quedar las familias, no apuestan de verdad por que la gente pueda hacer vida aquí».