Y en Santiago llovieron lágrimas

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La lluvia dio tregua ayer. Las únicas gotas que se derramaron eran las de las lágrimas de los familiares y amigos de las 79 personas que fallecieron en un tren que les llevaba a encontrarse con el Apóstol Santiago y fue su abrazo el que arropó ayer a cientos de personas que acudieron a la catedral y a la Plaza del Obradoiro para apoyar a Galicia, a España. «Estamos todos de luto, aunque no hayamos perdido a ningún familiar en el tren». Son las palabras maduras de Martín, Cristina y María, de 15 y 16 años. Los tres son vecinos de Padrón, un municipio a unos 20 kilómetros de la ciudad de los peregrinos. Se emocionan al recordar lo ocurrido: «Vamos a necesitar mucho tiempo para superarlo porque siempre vamos a relacionar el día del Santo con el de la tragedia».

Pasadas las cinco y media empiezan a llegar autobuses a la catedral: «Asistencia funeral», indica el cartel. Uno, dos, tres, seguían entrando vehículos. Dentro, familiares y heridos del accidente. Las gafas de sol bajo un cielo encapotado reflejaban el dolor que cada uno llevaba por dentro. Subían la escalinata ajenos a la multitud de personas que se agolpaban en el Obradoiro y en una plaza contigua donde la Xunta había colocado una gran pantalla. Desde allí se podía seguir cada gesto, cada muestra de apoyo. Las campanas de la catedral no dejan de repicar, toda la villa está en duelo. Aunque no todos los familiares están en el interior, Juan Ramón espera detrás de los curiosos. Va con camisa negra y su mirada es de dolor. «Pensé que tenía que entrar por aquí y ya no he podido». Su tío político, Isidoro, y la novia de su primo, Marta, perecieron la noche del miércoles. Su primo se salvó aunque salió despedido del vagón. «Venían a Santiago al bautizo de una de las nietas de mi tío». El joven herido aún sigue ingresado en un hospital de La Coruña. Tiene un pulmón perforado, tres costillas rotas y se abrió la cabeza por el impacto. «Estaban en muy mal estado», asegura Juan Carlos. Al joven herido ya le han dicho que sus familiares han fallecido, pero, «como está sedado creo que aún no lo ha asimilado».

Una hora antes de que comience el acto, la plaza compostelana está repleta de gente, los niños se escabullen entre las piernas para poder colocarse delante de la cinta roja que divide la plaza. «¿Por qué hay tanta gente?, ¿es por lo del tren?», le pregunta a Patricia Castiñeiras su hija pequeña. Sabe que su «papá» ayudó en las labores de rescate del tren, «pero no le hemos querido contar mucho», dice su madre. Ella también trae flores: «Todo el mundo se siente compostelano y tenemos que mostrar nuestro apoyo». Ella fue una de la muchas personas que acudieron a donar sangre, aunque «ya estaba saturado cuando fui». Aplausos en la plaza, han llegado los Príncipes, acompañados por la duquesa de Lugo. «La queremos mucho los gallegos», dice Dolores que acompaña a su hija. Cerca de las siete, los portones de la catedral se cierran y peregrinos, vecinos y amigos se trasladan a la otra plaza para seguir el acto a través de la pantalla gigante. Vuelven pasadas las ocho y cuarto. El sol, tras cinco días escondido, reaparece con fuerza. La emoción congrega a más personas. Marta Barreiro, sanitaria del Hospital Clínica, y su hija Isabel también portan flores: «Fue una noche muy dura», recuerda. Termina la ceremonia y el sol sigue enfocando la puerta de la catedral. Más aplausos para los Príncipes. «Es importante que quede constancia de lo que ha ocurrido. Nunca lo olvidaremos».