“En Silicon Valley muchos no tienen ni móvil”

Así lo afirma para LA RAZÓN el filósofo e informático Brian Christian. Este escritor y experto en tecnología de Silicon Valley cree que es el momento de parar y repensar lo que queremos lograr con la tecnología.

  • Brian Christian / Foto: Henry Young
    Brian Christian / Foto: Henry Young

Tiempo de lectura 8 min.

17 de mayo de 2019. 09:40h

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Macarena Gutiérrez 17/5/2019

Brian Christian (1984, Delaware, EEUU) estuvo entre los 10.000 primeros usuarios de Facebook en 2004, cuando el número de móvil aún aparecía en el muro y hacía falta tener una dirección de correo universitaria. Licenciado en Filosofía, Poesía e Informática en Brown, su pasión por la tecnología y los ordenadores se ha ido transformando, no siempre para bien. “The Most Human Human” y “Algoritmos para la vida cotidiana” (publicado en español), sus primeros libros, fueron un bombazo en EE UU y ahora anda a vueltas con la Inteligencia Artificial y los problemas éticos que plantea, que son muchos. Christian vive y trabaja en la Bahía de San Francisco, donde tiene un asiento de palco en la posrevolución digital de Silicon Valley. No es una leyenda urbana, los creadores de todo lo que consumimos de manera compulsiva viven infinitamente más desconectados que nosotros. Él mismo cuenta que la semana pasada quedó con uno de los cerebros de Google para completar su investigación y tuvo que hacerlo a través de un teléfono fijo. El ejecutivo en cuestión no tenía teléfono móvil, ni “smart” ni un simple Nokia.

- ¿Qué será lo siguiente en redes sociales?

- Una marea imparable de “bots”. Los generadores de textos con Inteligencia Artificial (IA) están evolucionando muy rápido. El GPT-2 es el último y más fascinante ejemplo. Una vez que resulte posible y barato para empresas, gobiernos, ONG y otros actores producir una cantidad infinita de contenido contextualizado y que parezca escrito por humanos, no sé qué será de Twitter, Facebook e incluso Instagram. En breve no podremos fiarnos de la identidad de nadie.

- ¿No cree que, en el fondo, todos trabajamos para Silicon Valley?

- No. Como consumidor, estoy bastante satisfecho cuando puedo pagar dinero físico por un producto real a una persona que también lo es. Creo que mucha gente está redescubriendo el valor de las transacciones simples y directas.

- Hay una corriente de filósofos europeos que incluso define a los ingenieros de Silicon Valley como “criminales” y propugnan una “revolución digital” similar a la francesa. ¿Cree que exageran?

- No estoy familiarizado con sus teorías, pero no tengo ninguna gana de que llegue otro periodo tan violento como la Revolución Francesa. Sin embargo, es cierto que algo está pasando. Tanto iOS como Android han ideado sistemas que compiten entre sí para ayudarte usar menos tu teléfono. El director ejecutivo de Google, Sundar Pichai, acaba de afirmar que su compañía quiere ser “de más ayuda usando menos datos” tuyos. La opinión pública ha cambiado de manera drástica, así que creo que llegarán más cambios. Tanto desde el mercado como desde la política.

- ¿Qué opina de la tribuna que ha publicado uno de los fundadores de Facebook en “The New York Times” criticando el monopolio de Mark Zuckerberg?

- Creo que la Comisión Federal de Comercio no debió aprobar la compra de Instagram y WhatsApp por parte de Facebook. Estoy de acuerdo con Chris Hughes en que, desde una perspectiva antimonopolio, deberían dividirse en varias empresas.

- ¿Cómo es su relación personal con las redes sociales?

- Yo estudié en una Universidad de las llamadas Ivy League, que es donde se estrenó Facebook. Fui de los primeros 10.000 en apuntarme y la uso desde marzo de 2004. Mi experiencia ha ido cambiando, hubo un momento en que me quemé y dejé de usarla por un tiempo. En los últimos años ha mutado de ser una representación de tu vida privada a una de tu vida pública. Es una tarjeta digital de visita. Ya no es el lugar donde bajabas la guardia.

- ¿Es una leyenda urbana o los gurús de Sillicon Valley huyen de la tecnología?

- Es totalmente cierto, tanto en mi caso como en el de mis amigos más cercanos. Por si sirve de ejemplo, el otro día quedé con un investigador de Inteligencia Artificial de Google al que quería entrevistar para mi libro y fijamos la cita por un teléfono fijo. No es que no tuviera “smart phone”, es que no tiene móvil. Una locura.

- Es como si nos hubieran inoculado a todos un veneno que ellos no consumen.

- Yo me considero un purista, en el sentido de que siempre he sentido una absoluta fascinación por la ciencia informática, distinta a la tecnología comercial. Hay algo irónico en el hecho de que las familias de clase media-alta de los 80 y 90 fueran las primeras en comprar a sus hijos un ordenador. Muchos como yo pudimos beneficiarnos de tener uno en casa. Ahora es justo lo contrario. Los ordenadores son baratísimos y todo lo demás se está encareciendo. Antes solía ser muy crítico cuando veía a una familia en un restaurante con el niño pegado al Ipad y ajeno a la conversación. Ahora lo veo como una decisión pragmática desde el punto de vista económico: contratar a un canguro cuesta 100 dólares la noche y una tablet, 50.

- Pero, ¿cómo afectará a las nuevas generaciones a largo plazo, a sus cerebros?

- No lo sabemos. Es como si estuviéramos haciendo un experimento antropológico masivo.

- ¿No le inquieta?

- Para mí lo más preocupante es que los niños no tendrán sentido de la privacidad, de lo que es la esfera íntima. La hipersocialización pública la está haciendo desaparecer.

- En España perderemos en los próximos años hasta un 20% de los empleos por la robotización.

- La automatización primero se aplicó a trabajos manuales repetitivos y ahora también se dirige a los trabajos mentales. Es como si nos estuviéramos quedando sin suelo bajo nuestros pies. Todo esto entronca con una búsqueda filosófica de qué es lo que nos hace humanos que se remonta a Aristóteles. Él miraba el reino animal para compararnos y ver qué nos diferenciaba y nos hacía únicos, igual que Descartes. Ahora nos preguntamos lo mismo respecto a la tecnología. Nos decimos que las máquinas pueden dirigir una fábrica pero no componer una sinfonía, por ejemplo. Estamos tachando cosas de la lista y nos estamos quedando sin ellas.

- ¿Cómo nos vamos a adaptar?

- La segunda parte de este siglo la vamos a dedicar a hacer las paces con la idea de que quizá no habrá una sola cosa que nos haga únicos y, aun así, lograremos encontrar nuestro lugar en un sistema nuevo. La gente, poco a poco, va a dejar de ser una parte intrínseca del capitalismo, ya que las grandes corporaciones podrán manufacturar productos, venderlos y hacer mucho dinero sin apenas emplear a personas. Instagram es un gran ejemplo, por cierto. Cuando fueron comprados por un billón de dólares por FB en 2012, solo tenían a trece personas en nómina. Habrá una revisión política de los impuestos, el Estado del Bienestar, de forma que la riqueza y el dinero que se generen no serán necesariamente creados por personas. En California ya tenemos un Fondo Soberano de Inteligencia Artificial para compartir los beneficios de una tecnología que ya no tiene por qué emplear personas.

- ¿Qué es lo que nos sigue haciendo humanos?

- Cualquier sistema de IA está relacionado con lo que llamamos una “función objetiva”, que permite un registro numérico. Es lo que quieras que haga la máquina, para entendernos. A los humanos nos toca decidir qué objetivos tenemos, qué cosas serán valiosas y cuáles no. Esto sigue siendo nuestro. Pablo Picasso decía que “los ordenadores son inútiles porque solo pueden darte respuestas”. Aún somos nosotros los que debemos plantear las preguntas.

- ¿Qué nos han enseñado las máquinas sobre nosotros mismos?

- Una inmensa cantidad de cosas. Cuando Aristóteles trataba de discernir lo que nos hacía humanos mirando a los animales y las plantas, pensaba en nuestra capacidad exclusiva de razonar. En la segunda mitad del siglo XX, el desarrollo de la IA ha puesto esta pregunta filosófica del revés. Ya no pensamos que nuestra capacidad deductiva y lógica es lo que nos diferencia del resto de especies. Pensamos más en nuestra creatividad, nuestra empatía. Al mismo tiempo, la ciencia informática está validando cosas que como humanos damos por hechas pero que son las más difíciles de replicar. Por ejemplo, que un robot se sostenga sobre dos extremidades, que se mueva esquivando obstáculos, reconozca rostros o saque temas de conversación.

- ¿A usted cómo le ha transformado?

- La IA me ha hecho vegetariano, por ejemplo. Cuanto más sé de IA, más impresionado me siento con cosas como el vuelo de una abeja. No estamos ni cerca de poder replicar lo que ocurre en el sistema nervioso de este pequeño insecto. Así que mi respeto ha crecido por lo que pasa por sus mentes, da igual si son o no conscientes. Son terriblemente sofisticados.

- ¿Existe una dimensión espiritual en la IA?

- Cada vez más gente la afronta desde un ángulo espiritual, imaginando el futuro como una sola mente gigante a la que todos estamos conectados. Hay cierto sentido de la transcendencia en esta idea. Sigue habiendo un misterio inmenso en torno a la conciencia y no está nado claro si vamos a poder replicarla e, incluso, si podremos saber si quiera si lo hemos logrado o no. Se puede dar la circunstancia de que acabemos viviendo entre robots sin saber si tienen o no conciencia.

- Entonces tendremos que dotarlos de derechos, ¿no?

- Habrá que pensarlo, existe una gran división en la comunidad científica al respecto. Algunos no encuentran ningún dilema ético en el hecho de que exista una clase sirviente robotizada, quizá más inteligente que nosotros, ya que si carecen de conciencia da igual. Otros creen que hay que regularlo y se sienten incómodos ante la idea de que en nuestra casa haya robots forzados día y noche a aspirar el suelo. No es un tema obvio, desde luego.

- ¿Cree que nuestra civilización ha ganado con la Inteligencia Artificial?

- Las máquinas nos ayudan a lograr nuestras metas pero no nos hacen más sabios sobre cuáles deben ser esos objetivos. De todos modos, creo que la humanidad ha salido beneficiada de no haber sabido hacer ciertas cosas antes. Cuanta más capacidad tengas, más necesario es ser sabio a la hora de elegir qué hacer. Como decía E. O Wilson, tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y poderes divinos.

- Una mezcla peligrosa.

- Es la primera vez en mi vida que me gustaría que pisáramos un poco el freno. No digo que cojamos otra vez la lámpara de aceite y el carro de caballos, pero no me importaría que parásemos un poco y repensáramos hacia dónde queremos ir con la tecnología. La sabiduría y la técnica no crecen al mismo ritmo.

- Usted escribió un libro sobre los algoritmos que mejoran nuestra vida. ¿Nos puede regalar alguno?

- La regla del 37% te ayuda en situaciones que los matemáticos denominan “optimal stopping problems”, aquellas en las que debes saber cuándo dejar de buscar y hacer una elección. Por ejemplo, si estás buscando casa para alquilar en un mercado difícil. Si no reservas en el momento te la quitan, pero si lo haces no sabes qué te estás perdiendo. La regla dice que debes invertir el 37% del tiempo que habías pensado dedicar a la búsqueda de piso, o sea, 11 días, y después de ese periodo debes reservar la primera casa que se te presente que sea mejor que las anteriores.

- ¿Y esa regla funciona para las citas “online”?

- Hay muchos que han planteado la búsqueda de pareja como un proceso similar. Porque cuando estás en una relación siempre llega un punto en el que debes tomar una decisión, o te comprometes o sigues buscando. Normalmente, si tomas el segundo camino te cuesta la relación y ya no puedes volver atrás.

- ¿Cómo ve el amor en los tiempos de Tinder?

- Mi visión personal es muy positiva. Conocí a mi mujer en la aplicación Ok Cupid.

- ¿Tuvo que ver al 37% de las que estaban disponibles?

- Ja ja ja. No, la verdad es que tuvimos una compatibilidad del 99%. Es verdad que depende mucho de cada aplicación. La que yo elegí tenía un cuestionario previo muy minucioso para explicar tu visión del mundo, tus metas. Luego está la parte de ver si hay química, que es la divertida.

- Y la humana.

- Exacto, lo que marca la diferencia no son tanto nuestras virtudes como nuestras maneras. La actitud, la forma de comportarnos. Es lo que hay que ver en persona. Me parece que simplemente hemos invertido el orden en las relaciones.

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