China reprime a los musulmanes

Canal Odisea estrena hoy el documental «Undercover: Inside China’s Digital Gulag» sobre los abusos sobre los derechos humanos en el gigante asiático, que mantiene campos de concentración

Imagen de la región de Sinjiang con una estatua de Mao
Imagen de la región de Sinjiang con una estatua de MaoOdisea

Más allá de las imágenes que la cadena oficial de la televisión del gigante asiático ofrece a las cadenas extranjeras, hay que convenir que China es un misterio dentro de un enigma. No es una novedad que su régimen coquetea con el capitalismo, al igual que sus dirigentes no dan ni un paso atrás en los derechos humanos. Es un difícil equilibrio, pero sus responsables son unos funambulistas hasta que, en un descuido, llega un equipo de televisión para mostrar sus miserias. Es lo que se puede comprobar en «Undercover: Inside China’ Digital Gulag», que la cadena Odisea estrena hoy a partir de las 22:30 horas.

Campos de reeducación

El director Robin Barnewll, periodista y cineasta de canales tan prestigiosos como la BBC, ITV y Channel 4, entre otros, se infiltró con su equipo en Ürümqi, capital de la región de Xinjiang, un lugar atípico en China, ya que abundan las mezquitas. Su población son los uigures, la etnia musulmana de China que, evidentemente es una minoría que, además, es reprimida. Aproximadamente, un millón de musulmanes están en campos de reeducación, sin juicio previo, lo que se traduce en cifras el mayor encarcelamiento étnico desde la II Guerra Mundial. Otros doce millones de su población es en están en semi estado de libertad –una «prisión abierta» como la llaman los activistas– donde las empresas tecnológicas han pergueñado una especie de laboratorio humano para ver cuál es el medio más eficaz de vigilancia.

Un cineasta chino, Han, bajo el nombre de «Li» viajó hasta allí tomando la apariencia de un hombre de negocios. Descubrió lo evidente: no faltaban los documentos fílmicos de propaganda en los que aparecían alumnos felices en sus escuelas. Sin embargo, si se toma un poco de dedicación se encontrará con cierta facilidad los informes de palizas y torturas mentales. De lo que se trata no es de desaprender una cultura, es más bien despojar a los uigures de su dignidad y «matar paso a paso el espíritu de las personas y de la comunidad».

A partir de testimonios de funcionarios del gobierno y habitantes de la región se va quitando el velo de la mentira. Uno de los servidores del gobierno dice con toda rotundidad: «Los uigures no tienen derechos humanos». Esta comunidad no bajó la cabeza. En 2009 se sucedieron los disturbios hasta que desde Pekín se envió a un mediador que no era lo que parecía, ya que participó en el sometimiento de la población tibetana. Mientras, abundan los espías –que viven en las casas de los represaliados– para vigilar sus teléfonos y demás sistemas de comunicación.