Copa del Rey

Entrevista
Saber que Pedro Alonso protagoniza un proyecto ya es una invitación directa a verlo. El suyo es uno de los mayores talentos de este país. Sin embargo, ahora no le vemos actuar, en la serie documental disponible en Netflix, “En la nave del encanto”, es otra historia. Es la suya, un viaje personal en el que el Alonso explora los rituales chamánicos y ancestrales del México más profundo. Codirigida junto a Enrique Baró, esta es una vivencia que nos invita a reflexionar sobre el miedo, la espiritualidad y nuestra conexión con el entorno. Hablamos con ambos sobre un viaje lleno de riesgos personales y profesionales, pero también de profundas revelaciones.
Pedro, ¿qué inspiró un proyecto tan particular y arriesgado?
La necesidad de hacer algo íntimo. Nos metimos en un terreno complicado: dos europeos blancos adentrándose en prácticas chamánicas latinoamericanas. Había muchos riesgos, no solo creativos, sino también éticos. Personalmente, tuve que enfrentar el miedo a las críticas y a posibles malentendidos. Hubo gente cercana que me aconsejó no hacerlo, pero una vez superado ese miedo neurótico, lo que quedó fue el respeto hacia las comunidades, las medicinas y su cosmovisión. Enrique también lo tuvo claro desde el principio, me decía que «todo lo que hiciéramos debía honrar el camino que estábamos recorriendo».
La curiosidad y el respeto sobresalen en el tratamiento.
Eran indispensables. Nos aproximamos con la intención de escuchar, no de imponer nuestra perspectiva. Sabíamos que había que ser muy cuidadosos para no caer en clichés ni romantizaciones. Enrique lo traduce perfectamente: “No queríamos hacer una película que pareciera medicina; queríamos que la película fuera la medicina”. Esa distinción marcó toda la producción.
Enrique, ¿cómo fue su papel detrás de la cámara mientras Pedro vivía estas experiencias?
Cuando rodábamos, mi misión era “sostener” a Pedro. Sabíamos que durante las ceremonias él estaría completamente inmerso en su viaje, así que mi responsabilidad era capturar lo esencial de esas experiencias sin intervenir ni adulterar su autenticidad. Pedro y yo habíamos trabajado juntos antes, y esa confianza fue clave. Él sabía que podía soltarse porque yo estaba ahí para traducir visualmente lo que estaba sucediendo. Fue un ejercicio de escucha y permeabilidad constantes.
¿Cómo lograron que el espectador también se sintiera parte de la experiencia?
Pedro: Desde el principio supimos que esta no podía ser una película convencional. Queríamos que el espectador no solo viera el documental, sino que lo sintiera en su piel. Para lograrlo, cuidamos cada detalle: el ritmo pausado, los silencios, la música, la respiración de las imágenes… Todo está diseñado para que quien lo vea tenga espacio para reflexionar y conectar con lo que está pasando.
Enrique: También prestamos mucha atención a no caer en lugares comunes. Por ejemplo, evitamos recurrir a estéticas típicas asociadas al chamanismo. Optamos por crear nuestra propia mitología visual, con elementos como el silbido que abre y cierra la película, que simboliza ese viaje de ida y vuelta hacia uno mismo.
Pedro, ¿qué papel juega el miedo en esta historia?
El miedo es una constante, pero también una puerta. Durante el proceso entendí que el miedo genuino es distinto al miedo neurótico. El primero te alerta sobre un peligro real; el segundo es una trampa mental que te paraliza. Superar ese miedo neurótico fue clave para poder lanzarme a este proyecto y hablar de temas que suelen ser tabú en muchos lugares. Sin embargo, algo que aprendí en este viaje es que no hay verdadera emoción sin riesgo. Salir de la zona de confort y enfrentarte a lo desconocido puede ser aterrador, pero también es profundamente transformador.
¿Cómo conecta esta serie lo ancestral con lo moderno?
Pedro: Vivimos en un mundo hiperconectado pero muy desligado de lo esencial. Este documental plantea preguntas sobre cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza. No pretende imponer respuestas, sino abrir un espacio para la introspección.
Enrique: Además, en un momento donde el pensamiento único parece ganar terreno, proyectos como este nos recuerdan la importancia de la diversidad cultural y la escucha. Lo ancestral no está reñido con lo moderno; al contrario, pueden complementarse.
¿Qué aprendizajes personales se llevan de esta experiencia?
Pedro: Para mí fue un viaje profundamente transformador. Durante el rodaje, tuve que dejar de lado muchas ideas preconcebidas y abrirme a lo desconocido. Pero lo más importante fue reconectar con algo que había perdido: mi relación con lo sensible, con la capacidad de expresar lo que realmente siento sin filtros ni intermediarios.
Enrique: Yo aprendí a estar completamente presente. Cuando estás fuera de tu entorno habitual, sin las distracciones del día a día, te das cuenta de cuánto influyen en ti los prejuicios aprendidos. Este proyecto me enseñó a escuchar de verdad, no solo a los demás, sino también a mí mismo.
¿Quedaron satisfechos con el resultado final?
Pedro: Mucho. Lo que comenzó como un viaje personal terminó siendo una herramienta para que otros también reflexionen y se cuestionen. Si la serie logra inspirar a alguien a abrir una puerta que antes estaba cerrada, entonces habrá cumplido su propósito.
Enrique: Más allá de si gusta o no, lo importante es que el documental respira autenticidad. Para nosotros, eso ya es un triunfo.
“En la nave del encanto” es más que un documental; es una invitación a explorar, a escuchar y a vivir con más conciencia. Como dice Pedro: “No es una película sobre una experiencia; es la experiencia misma”.
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