Castella se olvida del cuerpo y entrega la vida

Abre la puerta grande tras una faena épica en la que resulta cogido y logra emocionar a 24.000 personas

Las Ventas. 23ª de San Isidro. Se lidiaron toros de Garcigrande. 1º, deslucido; 2º, sobrero de Valdefresno, manejable, con ritmo y a menos; 3º, de Domingo Hernández, con acometividad, movilidad y transmisión pero falto de entrega; 4º, peligroso; 5º, noble y con ritmo; 6º, manejable. Lleno de “No hay billetes”.

Enrique Ponce, de berenjena y oro, buena estocada (saludos); pinchazo, estocada baja (saludos).

Sebastián Castella, de azul marino y oro, pinchazo, media baja, aviso, pinchazo, estocada baja, descabello, dos avisos (silencio); estocada (dos orejas).

José Enrique Colombo, de azul y oro, que confirma alternativa, pinchazo, estocada (silencio); estocada (silencio).

Volaban las muñecas del capote, se mecían, buscando el compás, los tiempos, el ritmo, los vuelos, todas esas pequeñas cosas en las que vive y muere el toreo. La normalidad. Andábamos deshaciendo el nudo que nos había hecho Ponce con el toro anterior. En su única tarde. Una. Compromiso cien. Pidió el cuarto los papeles del valor, los muslos al servicio del toreo, otra vez, 28 años después de convertirse en matador. Y el matador fue. Andábamos en eso y en el despertar de las emociones, ajustándolas, ubicándolas en el tiempo y espacio en esto del toreo que anda tan distante del tiempo y espacio real. Gracias a dios en otra realidad. A veces pura. Y ahí. Fue justo ahí cuando nos sobrevino el atropello. Eso no fue una colada... No es minimizable. El quinto toro de la tarde pasó a Sebastián Castella por encima, zarandeado, por aquí por allá. Arriba. Abajo. Sin previo aviso. A contramano. Bárbaro y trágico el momento. Aquel tsunami nos arrancó las emociones para dejarnos sin aliento y a pesar de los 24.000 se nos hizo el silencio. Descompuesto el torero. Encontrándose en su cuerpo maltrecho, sangraba del pie izquierdo, no sé si recompuso antes los músculos o el alma, pero vendaron fuerte aquello para que no sangraran y aguantar... Y la raza del torero hizo el resto. Emoción de la que no se vende a borbotones. De rodillas el comienzo de muleta, al natural ahí también, de contener la respiración. Exprimió las arrancadas del toro después que fue noble y con ritmo y cuando se vino abajo el animal hacía tiempo que el diestro francés se había crecido. Más allá de los detalles técnicos, fue una de esas faenas vividas con mucha intensidad por la épica del momento, la entrega y la verdad. Momento estelar llegó después. En esa suerte suprema que fue mayúscula. Derecho, encunado entre los pitones. Forzado a matar o morir. Resolvió la espada en el hoyo de las agujas. Emocionante final para una faena que hace grande la tauromaquia. Hay días que los toreros se abandonan al sentimiento de torear, Castella fue capaz de olvidarse del cuerpo y entregar la vida al toreo. Cumplía su quinta Puerta Grande.

Fue Ponce el que había toreado justo antes un toro con muchas dificultades y lejos de volver la cara, se jugó la barriga como si pendiera de esa faena su futuro. Amor propio. Quiso con un segundo, sobrero de Valdefresno, que tuvo ritmo y nobleza, pero le faltó final. La estocada fue soberana. Y la raza que sacó después, el torero.

Jesús Enrique Colombo confirmaba la alternativa en un cartelazo y su primero no fue demasiado cómplice y deslució la faena más allá de un buen tercio de banderillas. El sexto sí tuvo más opciones y a Colombo le pasó por encima la tarde. Dos titanes había tenido al lado.

Castella salió de la enfermería para gozar esa Puerta Grande. Antes se las había visto con un tercero muy pronto y con acometividad de los que son difíciles de resolver en Madrid. Se le ensució mucho la faena y no fue buen trago. Vino la recompensa después. A hombros por esa puerta inmensa. La de los sueños, los desvelos. Esa que dicen que por mucho que se sufra, por el acoso de la gente que quiere tocar, arrancar, casi desnudar al torero mientras cruza el umbral venteño... Por esa se sigue matando en vida. Denme esta vida de locos. Que se olviden los cuerdos. Por ahí se fue arropado el torero. El toreo.