El gran desafío de Jiménez Fortes

El diestro malagueño afronta el domingo un compromiso clave: Bilbao. En su lucha está la independencia, las cornadas y. la epilepsia

Está recién llegado de Gijón. Jiménez Fortes pone pie en el asfalto madrileño por poco tiempo. Le esperan tardes de toros hasta el domingo. Ese es día mayúsculo. El puerto de montaña de agosto que marca un antes y un después para los que se visten de luces: Bilbao. Su toro, su afición... Y además, hay casos y casos. El de Jiménez Fortes es un desafío múltiple. Un desafío al sistema por elegir el camino de la independencia y no hacerlo desde la posición de figura, sino desde abajo. Otro desafío más porque en su toreo anda intrínseco el riesgo, el peligro, y en una corta carrera, en las mieles, lleva ya el cuerpo recosido a percances, una docena, tres de ellas consecutivas en lo que llevamos de temporada. Y hay más, hay otro desafío que late silente para la mayoría, pero en muchas ocasiones hará el camino más difícil, una epilepsia y el tratamiento «keppra», al que le echa la culpa con sorna de los cambios de humor, es el cajón desastre. Tiene 24 años, pero se nota el poso de todo lo vivido. Y sufrido. Hace un paréntesis en Madrid, en frente del Palacio Real para hablar de su profesión y de mucho más.


-Avanza 2014...

–Es una temporada rara, pero estoy intentando sacar lo positivo. No es fácil, porque el sistema obliga a triunfar, puntuar y eso crea ansiedad.


–Y le han cogido muchos los toros.

–Fui a Madrid con mucha confianza y luego llegó el percance. Creo que las tres cornadas han sido por motivos distintos y se les ha aunado el mismo.


–La primera fue en Las Ventas.

–Una fue impersonal, me arrastró con los cuartos traseros, es inevitable, un accidente. Otra fue por un tema personal mío, una debilidad, una carencia, evitable, un tropiezo y la otra ocurrió al entrar a matar, por querer cruzar la línea, por ambición, no por torpeza ni por falta de inteligencia.


–¿Le ofende que se diga que le cogen muchos los toros?

–Si se dice con naturalidad no. Cuando se dice queriendo ofender sí o cuando lees cosas que quieren preocupar a tu entorno, duele. Yo no busco emocionar a través de la cornada.


–¿Arriesga mucho?

–Intento salir de la plaza satisfecho. Si no lo doy todo, no soy capaz de estar tranquilo y ésa es la motivación para dar el paso adelante. Más que pensar en muchas ocasiones en rentabilizarlo con un triunfo.


–¿Cómo se superan tantas cornadas en tan poco tiempo?

–No dándole mucha importancia. El ser humano es capaz de sobrellevar muchas más cosas de las que nos creemos. A veces es más el miedo a sufrir dolor que el dolor que se produce.


–¿Se pierde ese miedo al dolor?

–Al principio igual sí. Después cuando se vayan acumulando cornadas y sensaciones igual te cansas de hospitales, porque ha pasado toda la vida... Hablando de cornadas, a Camino un año le pegaron cinco y es de los toreros más inteligentes que ha habido.


–Antes hablaba de una carencia suya. ¿A qué se refiere?

–A una carencia natural, falta de coordinación, puede que sea más torpe y tenga que hacer más hincapié en eso. Hay gente que se lo achaca a mi enfermedad, a la epilepsia, pero...


–¿Cómo lo lleva?

–Ahora muy controlado. En enero sí me tuvieron que aumentar la dosis porque me fui a correr y me dio una crisis, sin teléfono, solo, un desastre, no recordaba dónde estaba la casa. Estuve un tiempo fastidiado, porque asimilar el tratamiento no es fácil.


–¿Y ya está bien?

–Ya sí...


–¿Y eso le puede haber afectado en algún momento?

–En alguno puntual igual sí.


–¿Qué le falta este año?

–Exteriorizar el crecimiento del invierno.


–Ahora llega Bilbao. ¿Impone?

–Hace falta un golpe de mano. Cuando te sientes seguro de ti y estás preparado no lo pasas mal, pero para eso tienes que concienciarte de que quieres estar ahí. Si la cabeza no está ordenada sí se pasa mal.


–¿Es caro el precio de la independencia?

–Es caro porque la mayoría de los toreros, empresarios, el sistema da inercia al sistema, si no no tendría que ser caro, debería ser oferta y demanda. Lo hace caro la competencia desleal.


–¿Cómo vivió la temporada pasada?

–Pasó y me queda poco recuerdo. Fue más una lucha conmigo que lo que realmente pasaba en la plaza. Perdí la ilusión.


–En poco tiempo le han pasado demasiadas cosas.

–Eso es bueno porque alimenta mucho. Creo que cada decisión que he tomado ha sido consciente, aunque eso me haya costado crearme no sé si enemigos, pero desde luego no amigos, y quizá hubiera sido más fácil quedarme en la Casa Chopera.


–Y ahora, ¿qué está dispuesto a entregar?

–Mi tiempo y a sacrificar el cuerpo y la mente. Ahora todo, porque ya he sacrificado mucho. Un tiempo se me venía mucho el pensamiento de que cada vez queda menos, que el tiempo pasa. Y aunque no son buenos esos pensamientos, porque crean ansiedad, pero sí para saber que es ahora cuando hay que dar todo para optimizar el esfuerzo hecho. Da miedo que se vaya el tren. Y la única manera de aprovecharlo es dar el cien por cien.


–¿Merece la pena?

–Sí, el toro da todo lo que tú le des. El toro como animal sabe perfectamente cómo estás tú. Y el toreo yo creo que también. En el fondo es una profesión justa y cada uno está donde se merece.


–Se habla siempre de la relación con el toro, ¿qué papel juega el público?

–Para que uno abandone su cuerpo y aparezca el toreo no hace falta, pero sin el público no existiría el espectáculo. Cuando toreas un toro bien delante de tanta gente nacen emociones que tampoco se encuentran en la soledad del campo, ambas sensaciones te enganchan.


–¿Qué tiene la mirada del toro?

–Te ayuda a evadirte. Es lo que te hace dedicarte a esto. La sensación de que en un instante puedes entrar en ese trance, concentrarte, ser tú mismo y poder salir de lo cotidiano, olvidarte del cuerpo y expresarte como eres. Yo creo que hoy día por necesidad nadie se pondría delante del toro. Es una necesidad espiritual.


–¿Se encuentra en otras cosas?

–Yo lo he encontrado en el toro, pero supongo que habrá toreros en Etiopía. Personas que encuentren su paz interior en algo. Es verdad que el toro reúne muchas cosas por la adrenalina, el cariño de la gente, son muchas emociones juntas que no son fáciles de conseguir.


–Si no hubiera sido torero...

–Tendría otra vida que no se parecería en nada. Empecé una carrera, ingeniero industrial.


–¿Y qué pasó?

–Que me lo tomé muy en serio, madrugaba mucho, intentaba llevarlo todo al día y lo que hacía era recortar horas de sueño y vivía en el caos. Un día me dormí en el coche y ahí fue cuando decidí que así no podía seguir.


¿Se plantea retomar la carrera?

–Se me pasa por la cabeza. Cuando viajamos, sobre todo fuera, por Francia, echo de menos no saber idiomas, conocer otras cosas. Sé que ahora no es el momento, pero tengo la sensación de que dejas el toro y ¿qué pasa? No estás adaptado a la vida real. Has crecido en muchas cosas, has desarrollado mucho la inteligencia emocional, el autocontrol, la disciplina, pero no te formas en otras cosas que son las que te harían sobrevivir.


–¿Qué hace una mañana antes de torear?

–Lo que me pida el cuerpo. No tengo un ritual marcado, sino lo que ese día me haga más llevaderas las horas.


–¿Le cambia el carácter?

–Sí, pero mi carácter es cambiante. Tengo la excusa del Keppra (tratamiento para la epilepsia). Me pasa que estoy más tenso cuatro o cinco días antes y luego el mismo día más tranquilo.


–¿Qué espera del domingo?

–Abstraerme de las tensiones. Me preocupa que me afecten.


–¿Cómo se liberan?

–Hablándote mucho, intentando dejar eso que te atenaza en la habitación del hotel y encontrándote con la mirada del toro.

SUPERSTICIÓN Y FE

El domingo torea en Bilbao la corrida de Fuente Ymbro con Manuel Escribano y Alberto Aguilar. Vuelve al ruedo donde ha sido herido dos años consecutivos, aunque afirma que no es supersticioso: "Al principio, de novillero jugaba con las supersticiones, tentaba a la suerte con la montera encima de la cama y esas cosas; ahora no, lo dejo estar... Sí es verdad que cuando vuelves por ejemplo a Bilbao donde me ha cogido dos veces seguidas y ahora que va a ser la tercera, pues te acuerdas. Si fuera reincidente... Vaya tela, pero no tiene porqué y si pasa tampoco ocurre nada". Lo dice Saúl Jiménez Fortes tranquilo, convencido, se nota que lo ha vivido y meditado.

Hablamos de la fe, "sí soy creyente. Uno debe creer en algo, te hace tener más fuerza interior. Creo que la fe y la religión dan valores que son importantes y que cada uno busque la fuerza donde crea conveniente. A mí me gusta entrar en una iglesia, concentrarme y hablar. No se si hablas con Dios o es la parte más reflexiva de tu cerebro con la parte más consciente, pero si sales con más fuerza de la que entras, vale. Al menos a mí me vale".