Garrido, el triunfo tras la conmoción

El diestro corta dos orejas tras sufrir un volteretón terrible en el toro con más movilidad de un deslucido encierro en Granada.

El diestro José Garrido sufre un percance con su segundo astado. Foto: EFE/ Miguel Angel Molina
El diestro José Garrido sufre un percance con su segundo astado. Foto: EFE/ Miguel Angel Molina

El diestro corta dos orejas tras sufrir un volteretón terrible en el toro con más movilidad de un deslucido encierro en Granada.

Era la previa, la antesala, era eso y mucho más con Pablo Aguado en el cartel. Garzón que además de ser buen empresario es buen aficionado sustituyó con David de Miranda. ¿Recuerdan? Recuerden, recuerden aquellas dos orejas esplendorosas en Madrid ya sobre el cierre, en el último cartucho de la tarde y cuando nadie dábamos un duro por que aquello diera una vuelta de tuerca. Nos la dio para doble mortal y salida a hombros. Habíamos comenzado ya la cuenta atrás imaginaria de José Tomás y sus cuatro. Los cuatro toros con los que este año se anuncia en hasta ahora su única tarde, todavía hay ferias a la espera.

El vestido de José Garrido, clarito, algo así como un rosa palo, fue un lienzo en blanco en el que podíamos leer gran parte de su faena sin haberla visto. La simbología del toreo a veces se expresa por encima nuestro. Acabó ensangrentado, barnizado por la huella del toro cuando las estrecheces hablan, cuando se respira la tauromaquia asentada y plomiza. Pero resumía la faena al tener en la parte trasera del vestido la sangre e impoluta la parte delantera. La faena al primero de Núñez de Tarifa, que fue toro bueno, a modo, con ese punto de bravura que quería puntear los engaños, tuvo más de adornos, de arrucinas, de pases de pecho, que de toreo fundamental. Ahí navegó Garrido sin acabar de cruzar la línea. Ni roja ni blanca.

Cambió su planteamiento en el cuarto. Desde el principio, cuando decidió torear al toro de capote a la verónica, pero de rodillas. Y no un lance ni dos... Tiró para adelante hasta el final. Hizo quite y por estatuarios prologó la faena. Lo que no sabía ni él ni nadie es que en uno de ellos le esperaba un volteretón espantoso. Le dio la vuelta en el aire de manera literal. A partir de ahí cambió todo. Los ánimos del público, que entraron en conexión directa con Garrido y el torero que se enfibró, mitad batallador, mitad esteta buscando la profundidad en el toreo diestro. Granada no le abandonó nunca y le acompañó en el doble premio y la salida a hombros.

Joaquín Galdós abundó en la grisura emocional del toro con el segundo, ni el animal valió nada ni la faena asumió más cargas. Y parecido comportamiento tuvo el quinto, de triste arrancada, que le obligó a dejar una tibia faena.

Lo que hizo el toro, tercero, en la la tijerilla con la que despachó David de Miranda de salida lo dijo todo. Fue un secreto a voces. El toro no veía bien, claro que para convencer al presidente tuvo que llevarse por delante al propio torero y unos cuantos capotes. Cada lance era una verdadera aventura. El sobrero, del mismo hierro, fue casi del mismo palo, pero sin afectaciones de la vista que sepamos. Salió a lo suyo, desentendido y sosote. Así la faena. La estocada al primer encuentro lo mejor. Cerró plaza y tarde con el sexto, deslucido y sin demasiadas emociones.

Ficha del fesejo

Granada. Se lidiaron toros de Núñez de Tarifa, terciados de presentación. 1º, de buen juego; 2º, deslucido; 3º, devuelto por un defecto en la vista; el bis, deslucido; 4º, con carbón, desigual en el viaje, repetidor y desentendido; 5º, de media arrancada y al paso; 6º, deslucido. Más de tres cuartos de entrada.

José Garrido, de rosa palo y oro, estocada (vuelta al ruedo); estocada desprendida y trasera (dos orejas).

Joaquín Galdós, de azul marino y oro, estocada defectuosa (silencio); pinchazo hondo, estocada (saludos).

David de Miranda, de azul marino y oro, estocada punto caída (oreja); estocada baja (silencio).