Toros

En busca del tiempo perdido

El místico José Tomás se reencontró con el público de La Plaza México, aunque el resultado final no fue lo que todos estaban esperando

El matador de toros madrileño José Tomás fue volteado sin consecuencias por el primer toro del festejo, el pasado domingo en la Monumental de México
El matador de toros madrileño José Tomás fue volteado sin consecuencias por el primer toro del festejo, el pasado domingo en la Monumental de México

El místico José Tomás se reencontró con el público de La Plaza México, aunque el resultado final no fue lo que todos estaban esperando

- México D.F. Decimosexta de la Temporada Grande. Se lidiaron tres toros de Los encinos, (1º, 4º 6º), uno de Fernando de la Mora, (2º y 3º) y uno de Xajay, sobrero sustituto del 3º, devuelto por su aparente falta de trapío, de escaso juego en su conjunto, de los cuales sobresalió el 2º por su nobleza y el 6º. por su buen pitón izquierdo. Destacaron en banderillas Cristhian Sánchez, Héctor García y Héctor Rojas, que saludaron. Lleno de «Agotado el boletaje».

- José Tomás, de rosa y oro, oreja con protestas que no paseó; ovación tras aviso y silencio tras aviso.

- Joselito Adame, de azul noche y oro, silencio tras aviso, silencio y dos orejas.

No resulta fácil hacer una reflexión ecuánime de lo que ocurrió en la Plaza México el domingo pasado, quizá porque la esencia de la fiesta de los toros está tocada de una complejidad que va más allá del análisis, y más aún tratándose de un torero tan especial como José Tomás.

Y si el resultado final de la corrida no fue lo que esperaban sus miles de legionarios, por lo menos les quedará la satisfacción de ver triunfar a un pujante Joselito Adame en la plenitud de su madurez, que salió a demostrar por qué es el torero más importante de un país ávido de ídolos populares.

Pero la historia de la corrida era precisamente otra: el reencuentro con José Tomás, el mito viviente; la vuelta a «casa» de un hombre que ha adoptado una forma de ser tan alejada de toda norma; que ha sido coherente con su filosofía de vida; que ha llevado su mística a alimentar una personalidad auténtica, a veces desgarradora, otras soñada y etérea, que el domingo no brilló delante de aquellas 42 .000 almas reunidas en el coso de Insurgentes.

Porque no era sólo el dominio escénico, al que ya no está acostumbrado José Tomás, por su falta de actividad continuada, sino que esta tarde parecía que andaba en busca del tiempo perdido –rememorando el título de la magistral novela de Marcel Proust–, porque los años pasan, el ímpetu se marchita, y la sangre derramada deja una amarga estela de recuerdos imborrables.

Así que ante el reservón primero fue evidente que José Tomás expuso con entrega, pero también con cierta torpeza, hasta que el ejemplar de Los Encinos lo prendió en dos ocasiones y estuvo a punto de darle una grave cornada en el cuello. Verlo entre los pitones de esa manera fue muy angustioso porque lo de Aguascalientes no se olvida.

Sus mejores destellos fueron con el tercero, al que dio varios naturales y redondos de acusada cadencia y lentitud, la de sus mejores faenas, tratando de hacer el toreo con pureza, pero sin el sitio y la redondez que requiere una profesión tan exigente, que a las figuras de su talla siempre se reclama estar a tope, no sólo delante del toro sino también delante del público.

Y por más toros que mate a puerta cerrada en la soledad del campo, la plaza siempre será otra cosa, ahí donde el monstruo de las mil cabezas se enerva sin explicación alguna, como pasó en el quinto, al que protestaron por su aparente falta de trapío, que no era eso sino el desánimo colectivo de ver que la tarde se iba sin una faena contundente de José Tomás.

Tampoco fue capaz de armar una bronca de época, que hubiera sido lo suyo: caer al pozo del desencanto y provocar en la gente otro tipo de sentimiento tan recio y trascendente como el de la ira. Y fue ahí, mientras lidiaba por la cara al sobrero de Xajay, en medio de la desilusión colectiva, cuando el madrileño evidenció este cansancio de tratar de ser diferente.

Con todo a favor, Joselito Adame se impuso en el sexto, al que hizo un luminoso quite por zapopinas y después una faena valiente, metido entre los pitones, seguro de sí mismo y del camino que se ha trazado. El público valoró su actitud, como lo había hecho también en la lidia del segundo, al que toreó con algunas ventajas.

Y el recurso de la espada, aquella que da nombre a la honrosa profesión de matador de toros, fue lo que le valió cortar dos orejas tras ejecutar una estocada a un tiempo que sorprendió a todos por su destreza para salir a hombros.

José Tomás atravesó el redondel de la Monumental de México cabizbajo, meditabundo, tal vez tratando de encontrar una rápida respuesta a este inesperado fracaso, que debe abrir nuevos horizontes en su peculiar proyecto de vida, ahora que ya tiene 40 años a sus espaldas, cuatro décadas cargadas de intenso dramatismo y de leyenda.

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