Juan del Álamo, al borde del abismo y de la Puerta Grande

El salmantino corta un trofeo de mucho peso y pierde otro por la espada en la segunda de San Isidro

El joven torero de Ciudad Rodrigo se faja por bajo en el inicio de faena al segundo bis

Las Ventas (Madrid). Segunda de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de Martín Lorca y un sobrero de Vellosino (3º), muy bien presentados. El 1º, noble y manejable; el 2º, manejable y a menos; el 3º, mansito en los primeros tercios y bueno en la muleta; el 4º, noble, de buena condición y sosote; el 5º, deslucido; y el 6º, violento y complicado. Tres cuartos de entrada.

Ángel Teruel, de rosa y oro, estocada delantera (silencio); pinchazo, estocada que hace guardia (silencio). Miguel Tendero, de azul pavo y oro, pinchazo, estocada desprendida (silencio); dos pinchazos, estocada baja (silencio). Juan del Álamo, de rosa palo y oro, buena estocada (oreja); cuatro pinchazos, aviso, estocada (saludos).

Y de pronto se había dilatado la tarde. Un vuelco. Un toro que rodó por la arena. Pañuelo verde. Madrid encendido. Remendó el entuerto un sobrero de El Vellosino que manseó lo que quiso, a placer. Madrid en Madrid en este comienzo de San Isidro, el más largo. Las 31 tardes... Palabrería. De aquí para allá fue el Vellosino, tercero bis. Una vara tomó en el caballo de la puerta y otra más en el Ocho. No había lugar al toreo de capa y parecía que tampoco habría realidad para más historia que una faena de aliño. La tercera sería con pena y sin gloria. Era el toro de Juan del Álamo. El salmantino rompió al animal por bajo y al cuarto pase, tal vez, qué mal casan los números con el toreo, le pegó uno desmayado que anunció lo que venía. Se cuadró el torero, galopaba el animal en la muleta, transmitía en ese viaje largo, queriendo puntear para regalar generoso el siguiente. Así Del Álamo se ajustó en la verticalidad, consciente, maduro y tranquilo. Había muchas cosas en juego pero dio sensación de aplomo y seguridad. Una tanda detrás de otra, medido, austero y brillante en los remates para encontrarse con la zurda. Había menos toreo por ahí. Lo supo y estuvo muy hábil para sacar la última tanda diestra, tirando del toro, del público y vaciándose de verdad en esa estocada. Toda una declaración de intenciones. Incontestable trofeo, de los buenos.

En el ambiente estaba. Ocurre en las tardes importantes. El sexto fue otro toro espectacular de presencia y remate, que emocionó por la intensidad con la que fue dos veces al caballo (no tanto con la que apretó que no hubo lugar para cuidarlo). Óscar Bernal, a caballo, lo bordó y se lo cantaron. La expectación trepaba por el tendido cuando Juan brindó. No era claro. No lo fue nunca, pero cabía esperanza en la movilidad. Apenas andábamos en esas, primeros compases, cuando le cogió de manera brutal por el izquierdo. Para desmontarle el cuerpo. Se recompuso. O eso pareció. Esa oreja que le faltaba era muy cara, y así se lo haría pagar. El toro se movía, acudía al engaño con violencia, desentendido mediado el muletazo, en otras ocasiones intencionado, buscando al torero, siempre al filo el desenlace del muletazo. Había que apostar. Y fue con todo. Tiró de corazón, arrestos y lo demás lo puso en manos del destino. En la estocada le iba la vida en este mes de mayo. Se perfiló, se atragantaba Madrid en el silencio, nada hizo el toro, con esa frontera infinita de los pitones, y pinchó. Una y otra vez. Puñetera espada. Juan del Álamo había estado al borde del abismo y de la Puerta Grande.

Lo tenía todo por delante el quinto. Una barbaridad de pitones, para arriba, mirando al cielo. Descarado, imponente. Pero nada más. El fondo se le quedó ahí. Era el segundo cartucho de Miguel Tendero, que sustituía a David Galván, herido en Sevilla. Abundó Tendero pero ese tipo de toros, y más en Madrid, son misión imposible. Tenacidad es sinónimo de aburrimiento, no hay más caminos. Muy astifino y serio había sido el segundo. Pedazo toro de Martín Lorca. Ahí Tendero despachó con ganas con el capote, a la verónica, chicuelinas al paso, creímos, quisimos ver... Pero la faena siguió periférica, el toro ponía la cara abajo y con voluntad de repetir, se dejaba hacer, duró poco, menos aún la ilusión.

De Ángel Teruel se esperaba el clasicismo con el que nos sorprendió otras tardes. No fue. Ni un resquicio. Sus actuaciones quedaron en el escaparate entre la falta de decisión y las dudas. Fernando Téllez se desmonteró con el toro que abrió plaza, un animal de manejables arrancadas por el derecho y menos recorrido por el izquierdo. El cuarto ponía bien la cara abajo y repetía con buen son y sosería. La faena no pasó a mayores. Madrid es un trago y en eso quedó. Pero tirando a amargo.