La alargada sombra de Madrid

Colombo y Ochoa reciben una ovación en la novillada de ayer en la Feria de Otoño de Las Ventas

Las Ventas (Madrid). Tercera de la Feria de Otoño. Novillos de El Ventorrillo, de poco juego. El 1º, noble, aunque sin empuje; el 2º, de buena condición pero descoordinado por falta de fuerza; el 3º, descastado; el 4º, complicado y paradote; el 5º, de larga y protestona embestida; el 6º, repetidor aunque de corta arrancada.

Jesús Enrique Colombo, de azul marino y oro, buena estocada (palmas); pinchazo, estocada (saludos).

Leo Valadez, de Rioja y oro, pinchazo, estocada baja (silencio); estocada defectuosa, pinchazo, media (silencio).

Carlos Ochoa, de rosa y oro, buena estocada punto trasera (palmas); estocada perpendicular corta, descabello (saludos).

Las novilladas tienen la bandera de la novedad. La necesidad de jugarse todo para volver. Para vivir. El oxígeno para seguir. Menos en Madrid. Madrid tiene ese punto, a veces demasiado, condenatorio de los sueños, enterrador de las ilusiones. Uno va a Las Ventas casi como acto de masoquismo. A pesar de que sepas que el aburrimiento es como una losa que te pertenece. Menos, creemos en las novilladas, comentamos antes de empezar, susurramos a la mitad, y miramos con desaire al tendido según la tarde se nos va metiendo en las entrañas. El cartel de ayer lo tenía todo. Colombo por Venezuela, Valadez por México y la presentación del novillero madrileño Ochoa por la bandera española, aunque hablar de banderas en estos días es abocarse al suicidio en este mundo de locos.

Carlos Ochoa brindó a Rafael de Julia el toro de su presentación. No tuvo suerte con un novillo derrengadete con el que lo intentó no con demasiado brillo. Un huracán fue con la espada. Cierta movilidad, aunque sin demasiada largura en el viaje tuvo el sexto, y por un momento vivimos la ilusión de la faena, pero sólo un instante. Se desmoronó el castillo de naipes incluso antes de elevarse, a pesar de que el novillero se alargó y sacó temple. No siempre tino. Se quedaba corto el toro y pesaba Madrid.

José Enrique Colombo aportó la solvencia con los palos. En ambos. Espera la embestida del animal e intenta clavar en la cara. Invadió los terrenos del primer novillo, noble y de buena condición pero sin fuste y no crecieron juntos sino que se vinieron a menos. Todo lo entregó al cuarto, que ya le pegó una rebanada de rodillas en el prologó de muleta y le marcó después. Muchas complicaciones sacó el animal en la armada faena del novillero.

No alcanzó la gloria Leo Valadez con el segundo, que quería pero no podía; tampoco el quinto que tuvo larga la embestida y cabeceó todo lo que quiso. Faltó finura en los embroques y cierto temple. No voluntad. La sombra de Madrid es alargadísima.