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La carbonería de Ricardo Gallardo

La Razón
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Ricardo Gallardo, el ganadero de Fuente Ymbro, no ha sido llamado por los caminos de la modestia y la calma. Ayer, como es costumbre, se movía como un saco lleno de gatos en el callejón de La Maestranza. Las manos a la frente, las manos en molinete, las manos pegándose tortas contra sí. Es de suponer que se quejaba Gallardo del ordeño a sus seis toros y de la leche que se quedaba en las tetas. La de Fuente Ymbro no fue la corrida del siglo, pero fue una gran corrida de toros. Y, salvando los excesos cuasi epilépticos del ganadero, algo de razón había en tanto extravío. Excepto el primero, toda la corrida fue agua corriente y potable. Y segundo, tercero y cuarto tenían carbón para poner una carbonería. Carbón en distinto grado. Carbón menos pulido el segundo, mejor el tercero y el cuarto, fetén fetén. Es de justicia ponerle nombre a este cuarto porque además ya suena en las candidaturas premiales que tanto gustan en Sevilla. «Turulato», número 47, castaño. Un pavo de más de media tonelada, largo como un tranvía, aleonado, montado arriba y una lista –listón– recorriéndole el lomo a modo de catenaria. Antonio Nazaré estaba todavía grogui por el volatín que le pegó el primero. Se fue a la boca de riego y allí le puso la muleta, a diez metros, a este «Turulato». Comienzo a la madrileña o a lo Rincón. El torero de Dos Hermanas necesitaba un triunfo por lo civil o lo criminal. Se atalonó y asentó las zapatillas. Mejores fueron los naturales buscando la cadera que los derechazos que se dejaban un cuarto de pase colgados de la pala del pitón. Buena rúbrica los pases de pecho pulseados, limpios y largos como el lomo castaño de «Turulato». Se tiró a matarlo, pero la estocada cayó trasera. Otro tren que tenía toda la pinta de pasar sin parar en la estación, como aquél de hace dos años que le dejó entreabierta la Puerta del Príncipe. Contra pronóstico dobló el toro, la plaza se cubrió de pañuelos y la oreja cayó a plomo. Pesona y sin discusión. Otra podría haber cortado Javier Jiménez en el tercero, con el que estuvo mejor que con el sexto. Aunque ciertamente el sexto tenía más cáscara de genio que almendra. Y la bravura es la almendra. Se le escapó a Javier Jiménez la oreja del tercero por dos desarmes que fueron como dos gallos en mitad de un aria valiente, medida y triunfal. Se llevaba el toro prendida la muleta y el torero pum, de pronto, como en deshabillé. Y por los dos desarmes se quedó con la miel en los labios de tocar pelo en otro buen toro de Ricardo Gallardo que se comía la muleta, hacía piruetas con la penca del rabo y quería todo por abajito. Desde una grada alta seguía atento, silencioso, con pose eucarística la faena Espartaco. Y en el callejón, Gallardo. Un saco de gatos en convulsa coreografía. LOS TOROS - Pág. 65