La emoción que salva la Fiesta

Jose Manuel Calvo Montoliú y su matador Antonio Ferrera brindan al cielo de Sevilla tras parear juntos en el cuarto toro
Jose Manuel Calvo Montoliú y su matador Antonio Ferrera brindan al cielo de Sevilla tras parear juntos en el cuarto toro

La corrida arrancó con ambiente de acontecimiento. Antonio Ferrera, Manuel Escribano y Paco Ureña rompieron el paseíllo con el pasodoble Manolete. Cien años se cumplen del nacimiento del «Monstruo» cordobés y setenta de la cogida mortal en Linares. «Campanas de arsénico y humo» y una cornada en en el triángulo de escarpa, el mismo rincón fatídico –y la misma suerte: a la hora de la verdad– por el que se le escapaba hace casi un año la vida a Escribano en Alicante, unos meses después de indultar en Sevilla a «Cobradiezmos», cima de su carrera y corolario de bravura de Victorino en el Baratillo. La gloria, el fatum, que caminan tan cerca en la fiesta de los toros. El público –la Maestranza en esto no falla– lo reconoció con una ovación a Escribano, que la compartió con sus compañeros de cartel. Sobraban los motivos. Ureña cortó el año pasado dos orejas a la de Victorino y Ferrera fue en 2014 y 2015 príncipe sin espada: dos tardes cumbres a las que le faltó la rúbrica. El público acudió a la plaza a revivir la gloria pasada. Gloria reciente e intensa que cuelga en el Corral de Manifiesto, pero sobre todo cuelga en la memoria de los que tuvimos la suerte histórica de vivirla. La gente quería otro «Cobradiezmos», como si fuera tan fácil la alineación de todos los planetas. Quería rehacer sobre la realidad los sueños, como en la famosa cinta en la que James Stewart siente el vértigo de encontrarse dos veces con el deseo. Y no salió «Cobradiezmos», pero salió «Platino», turbión de raza, una piedra preciosa de casta de la antigua que devolvió la plaza, como en un «flashback», al túnel del tiempo. La emoción se desbordó. Primero con el tercio de banderillas de Ferrera y Montoliú en honor al héroe caído –la misma forma de andar que hace 25 años, la misma forma de citarse con la vida y con la muerte– y después una faena de duelo final, de emoción añeja. El público en pie, aplaudiendo a rabiar. ¿Una oreja, dos? Y qué más da. Fueron tres horas de corrida que pasaron como un suspiro. Dejen a los antitaurinos. Emoción como la de ayer es la que hará eterna la fiesta.