Oreja con tabasco para Saldívar

El mexicano paseó un trofeo del único toro claro de El Ventorrillo

Derechazo muy templado de rodillas del torero azteca al tercer toro de El Ventorrillo, ayer, en Las Ventas
Derechazo muy templado de rodillas del torero azteca al tercer toro de El Ventorrillo, ayer, en Las Ventas

Las Ventas (Madrid). Décimonovena de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de El Ventorrillo, correctos de presentación, aunque algo atacados de kilos. En su conjunto, sin raza ni clase, salvo el 3º, con movilidad, pero sin entrega. Muy rebrincado, el 2º. A menos, 1º, 4º y 6º. Tres cuartos de entrada.

Sergio Aguilar, de malva y oro, estocada desprendida, descabello (silencio); estocada caída (silencio).

Miguel Ángel Delgado, de tabaco y oro, estocada trasera, aviso (saludos); dos pinchazos, estocada atravesada, aviso, descabello (silencio).

Arturo Saldívar, de marino y plata, estocada perpendicular (oreja); estocada casi entera, tres descabellos (silencio).

Con sabor a tequila y tabasco. Así, con picante, estuvo ayer Arturo Saldívar en el tercero. Suya fue una de sus orejas. Premio a una labor firme y despejada que le permitió llevarse la tarde en el primer festejo mayor del tramo final de San Isidro, que nos trajo un encierro de El Ventorrillo gordo y con romana. Demasiados kilos que, en varios casos, terminaron pasando factura a los astados toledanos en el último tercio con la única excepción de la movilidad del citado tercero.

El azteca supo entender la emocionante embestida del engatillado burraco que hizo tercero. No era una alhaja el de El Ventorrillo, sin entrega ni final en la embestida, pero sí tuvo siempre la virtud de la movilidad. De hinojos, lo llamó y templó desde los medios. Una tanda en redondo aguantando la fiereza del burel. Luego, en pie, ligó tandas por ambas manos, mejor por el derecho, en los que supo fundir el toreo fundamental con el efectismo. Varios pases por la espalda y alardes en la cara del toro, que sirvieron para mantener el tono de una faena despejada y con un soplo, por una vez no celestial, de aire fresco. Cerró por bernadinas, cambiando el pitón, en varias de ellas. A milímetros pasaron las astas y volvió a calentar al tendido. Lo mató de estocada perpendicular y comenzó la blanca lluvia de pañuelos. Petición mayoritaria. Misma tesitura que el pasado domingo, diferente presidente, Muñoz Infante. Y al final, con bastante suspense, la oreja cayó. Con el quicio de la Puerta Grande entreabierta, el mexicano trató de meterse de nuevo al público pronto en el bolsillo con un quite por chicuelinas. Sin embargo, el animal se paró mucho en el último tercio y, como pasó con el primero, sólo se dejaba hacer a favor de la querencia. Saldívar tampoco tuvo, entonces, la misma claridad de ideas con la que había impactado en el tercero. La salida a hombros se fue escurriendo entre los dedos lentamente. Permanente goteo al cobijo de las tablas que acabó en agua de borrajas.

Sergio Aguilar tuvo un primero suelto y despreocupado en los primeros compases de la lidia. Frío, no tuvo una embestida clara, tampoco colaboró el viento, vigoroso, toda la tarde. En banderillas, marcó su tendencia. Hizo hilo y, sobre todo, se aferró a la querencia. Sin clase, hacia afuera le costó siempre un mundo. Sin apenas pasar la primera raya transcurrió la faena, que brindó a Enrique Cerezo, presidente de su Atleti del alma. Limpia, aseada, pero sin posibilidad de tomar vuelo. Unas veces, la mayoría, la sosería del burel; otras los zarpazos de Eolo, que juguetean a dejarle al descubierto en más de una ocasión. Certero con la tizona.

Volvió a mostrar seguridad con la espada en el deslucido cuarto, que estuvo a punto de saltar al callejón. El peor lote había ido a parar a sus manos. Sergio Aguilar, con la montera calada, lo probó por ambos lados y en vista de las dificultades de un animal sin recorrido y a la defensiva, optó por no darse mucha más coba. Silenciado y sin opción en su lote.

Los buenos méritos veraniegos le abrieron la puerta de San Isidro a Miguel Ángel Delgado. El sevillano sorteó un segundo más apto para el rodeo americano que para la lidia. Muy rebrincado, a saltos y sin ninguna fijeza a la salida de las tandas. Muy descompuesto, cada muletazo tenía peligro por la bruta acometida y los problemas del aire. Delgado hizo el esfuerzo y resistió las tandas en un trasteo irregular. No era fácil, porque la res nunca se atemperó. Firme lo despachó de estocada una pizca trasera. En el quinto, Delgado volvió a estar decidido y con ganas, pero la transmisión del animal se terminó pronto. Muy a menos, Delgado había comenzado de manera prometedora con dos cambiados por la espalda en la boca de riego. Luego, junto al «7», cinceló series ligadas y entonadas, pero excesivamente largas en las que el mastodonte de 626 kilos llegaba muy atacado. Por dos veces, incluso perdió las manos. Cerró por manoletinas que no lograron el efecto deseado.

Ese toque de tabasco que sí supo inyectarnos Arturo Saldívar en el tercero. Oreja con acento mexicano para el diestro de Tehocaltiche.