Resurrección sin honores

El Juli malogró con la espada dos interesantes faenas en el mano a mano con Morante de la Puebla en Málaga

Morante de la Puebla torea al natural al primer toro de la tarde, sobrero de Victoriano del Río
Morante de la Puebla torea al natural al primer toro de la tarde, sobrero de Victoriano del Río

El Juli malogró con la espada dos interesantes faenas en el mano a mano con Morante de la Puebla en Málaga

Plaza de toros de La Malagueta (Málaga). Domingo de Resurreción. Se lidiaron, por este orden, toros de las ganaderías de Zalduendo, devuelto por un sobrero de Victoriano del Río, Garcigrande, Juan Pedro Domecq, Victoriano del Río, Jandilla y Domingo Hernández, desiguales de presentación. El 1º bis, noble pero justo de fondo y transmisión; el 2º, manejable; el 3º, deslucido; el 4º, desrazado y sin fondo; el 5º, deslucido; y el 6º va y viene y se desentiende. Lleno de «No hay billetes».

Morante de la Puebla, de berenjena y oro, pinchazo, estocada corta, aviso (saludos); media, descabello (silencio); pinchazo hondo, descabello (saludos). El Juli, de verde y oro, bajonazo, descabello (saludos); dos pinchazos, estocada (silencio); pinchazo, estocada, aviso, descabello (saludos).

Era Resurrección. Un Domingo de Resurreción inusual, desubicado, a la búsqueda de referencias que nos dejaran sentir en casa. Y esas referencias pasan siempre por un caudal único que muere en el toreo. Allá donde se haga, en el lugar que estés, por extraño que sea un lance puede reconciliarte con el mundo. Y allá fuimos. A la bella Málaga, añoranza de Sevilla, Madrid cerrando el círculo de la diana y dos toreros, un mano a mano con un guiño a la historia para tirar del corazón. Morante y Juli cien años después. Cien años después del primer mano a mano entre los dos pilares de la Tauromaquia, Joselito y Belmonte, la diatriba emocional sobre la que se sustenta la memoria del toreo, el sueño eterno de lo que no vimos, la rememoranza de épocas pasadas. Alimento del alma por haberlo sido y por no haberlo visto. Ambas cuentan y en dosis explosivas.

Juli y Morante llegaron ayer a La Malagueta en un coche de época, 1914 en el horizonte y un presente nada halagüeño. La lluvia hacía pensar en la suspensión: en la demora quedó la penitencia. Quince minutos y una parsimonia de otro tiempo para pintar las rayas del tercio, sin prisa, ni conocerla. El tiempo nos dio tregua; el toro no tanto. Aquellos seis toros que los toreros habían traído a Málaga elegidos a dedo y sin sorteo. Las buenas costumbres no deben perderse: de eso vive la Tauromaquia en un siglo XXI digitalizado. Ruborizado ante una evolución que amenaza con dejarte atrás al menor descuido. Un toro de Zalduendo, primero de la tarde, que perdió las manos con descaro desde que abandonó toriles, fue anunciador de lo que estaba por llegar. Y como rodaron, y nunca mejor dicho, así las cosas, cuando iba a salir el sexto, se hizo un silencio sepulcral en este Domingo de Resurrección que pone fin a la Semana Santa. Reclutado en en silencio se iba Julián López camino de toriles. Debe sentirse uno muy cerca de Dios cuando desafía las leyes del raciocinio ante la puerta del miedo. Le salió la larga cambiada a portagayola limpia, sin sustos, dicen que Manuel Escribano lo pagó, por fortuna sin sangre en la Maestranza sevillana. Era el sexto de Domingo Hernández y también el último cartucho para decir adiós a la mítica fecha con honores. El toro tuvo muchos matices, se desplazaba, pero no lo regalaba, se acostaba un punto por dentro y se desentendía al final del viaje. El Juli desplegó el arsenal técnico, quizá menos explosivo en el tendido, pero meritorio. Tiró mucho del toro, «rompiéndolo» siempre hacia delante, le fue haciendo, le dio tiempo, mesura y poco a poco acabó convenciendo de lo que estaba pasando en el ruedo al tendido. Pero la tarde pesaba y el fallo a espadas dejó la faena fría. Una ovación.

Misión imposible fue lo que le ofreció el cuarto de Victoriano del Río, desganado, desrazado, rajado y vacío de contenido. Con el de Garcigrande, segundo del festejo, sí tuvo otro poder la faena y el toro. Cuando mantenía velocidad el animal se la redujo Julián en la muleta y cuando éste se acobardó le incitó para que viendo sólo muleta más muleta lograra embestir, antes de rebuscarse en las cercanías de los pitones. La espada se le fue tan abajo que la faena quedó en nada. Y esa desolación la compartió el público que llenó La Malagueta a pesar de la lluvia, a pesar de que el día no acompañaba, a pesar de que el bolsillo aprieta, e incluso ahorca, a pesar de todo, el toreo hace peregrinar como yonqui en busca de droga. Cada uno la suya.

Droga dura es la de Morante, pero ayer nos tuvimos que conformar con migajas. Toreó bonito al sobrero de Victoriano del Río, pero faltaba al toro, presencia por un lado y fondo por otro para que aquello tuviera la magia que nos aprieta el estómago. Por los suelos fue el tercero de Juan Pedro Domecq, también más terciado, con el que Julián hizo un quite en homenaje a Joselito. Y ya el quinto de Jandilla, que tenía cinco años y medio, y se le notó. Más alto y sin querer pasar en la muleta de Morante, que se fue a los terrenos de toriles a plantar cara. Y la cosa quedó en cruz. Como la tarde. Un Domingo de Resurrección sin honores.