Ferrera, triunfo del hombre, el torero y la vida con una faena de otra dimensión

El extremeño corta tres orejas y sale por la Puerta Grande de Madrid con una interesante corrida de Zalduendo

El diestro Antonio Ferrera tras cortar dos orejas en la corrida de la Feria de San Isidro celebrada esta tarde en la monumental de Las Ventas/Efe/Fernando Alvarado
El diestro Antonio Ferrera tras cortar dos orejas en la corrida de la Feria de San Isidro celebrada esta tarde en la monumental de Las Ventas/Efe/Fernando Alvarado

Antonio Ferrera se vistió de torero, por dentro y por fuera y vino a Madrid. A la Monumental en pleno San Isidro. Nos despejaba del corazón esa punzada que nos había atravesado hace dos semanas. Complejas vidas. De verde oliva y oro. O de verde esperanza. Quiso que Madrid fuera suyo desde el comienzo y quitó y sumó en la capa con el primero. Fue todo una creación inaudita en su concepto, casi sorprendente a cada paso, como si le dieran igual dónde está o como si le fuera el todo en ello. No lo sé. Se fue al centro del ruedo, con una rodilla en la arena, brindó al cielo como en agradecimiento. Se estrujaban los pensamientos. Agolpados. Reventados. Incierto todo. Menos su voluntad, su afán de querer que le llevó a ponerse a cara o cruz con la muleta sin ayuda. En la verticalidad, en la búsqueda constante de la cadencia, de relajarse, de encontrarse con ese Zalduendo que fue pronto, noble y con repetición al engaño. Buen toro. Y ahí, en pleno comienzo de todo, se deshizo de la ayuda, nunca jamás la volvió a usar, a pesar de que se puso por ambos pitones. Tiró de las distancias, de la emotiva inercia del toro en ese parque de atracciones que era la faena, en la que nunca sabías, ni te atrevías a adivinar qué venía después. En la distancia el cite, el pecho de frente y tandas alternadas por ambas manos. Lo mejor llegó al final, en la distancia media, cuando al animal le abandonó la inercia en la arrancada y fue a ralentí. Así los muletazos que sacó. En su mundo, a su historia, Ferrera nos volvía a sorprender. Como a fogonazos. Y de qué manera. Fue en la suerte suprema cuando de pronto se colocó a cinco o seis metros del toro, a ojo claro, pero muy lejos, tremendo. Inaudito. Aquello se convirtió de pronto en un laberinto plagado de dudas. No dudó. No echó cuentas. No filtró los peligros. Citó al toro y esperó hasta que llegara a su jurisdicción para echarse sobre el morrillo. La estocada entró entera (punto abajo) y Madrid con él hasta los cimientos. Le pidieron las dos con mucha fuerza, con toda inmensidad que había tenido una faena que navegó en otra dimensión, a veces inexplicable. El presidente le dio una y dio dos vueltas al ruedo de manera compensatoria. Al cielo volvió a dirigirse cuando recogió la montera. Hay círculos sagrados que quedan para él.

Antonio Ferrera entra a matar en la suerte de recibir

Lo del cuarto fue una sorpresa, como un regalo que vas desenvolviendo capa a capa, poco a poco. No fueron brillantes los comienzos, más bien intermitentes, tuvo movilidad el toro, humillación y franqueza, pero los primeros compases fueron más de uno en uno. Quiso rajarse el toro y en el Nueve, entre las rayas y las tablas, hizo Ferrera toda la faena. La verdadera. Sonó un aviso antes de que se perfilara a matar y dejara atrás un toreo inspirado, sorprendente, enrabietado a veces y en busca del reposo más absoluto en otros. Todo inesperado. Aunque no lo parecía se fue metiendo a la gente en el bolsillo y el clímax vino en la última serie, la más torera, y en esa estocada en la yema en la suerte de recibir que le salió innata, como si no le costara. Una oreja le abría la Puerta Grande, dos le pidieron y le dieron. Más allá de los trofeos, había triunfo el hombre, el torero y la vida. Y la alegría así es infinita.

Antonio Ferrera, con su toreo vertical, imparte un natural a uno de los Zalduendo

Curro Díaz pasó con discreción con un segundo, tan noble como descastado. Bien la estocada. Y abundó con un quinto, que tenía nobleza pero rajado y desentendido. Poco hubo más allá de la buena voluntad del diestro y de la vuelta al ruedo que se dio para intentar torearlo.

A Luis David le tocó un ejemplar que colocaba muy bien la cara a pesar de que tenía la casta cogida con pinzas. El mexicano firmó una faena extensa, que conectó con el público en el último tramo en la versión de circulares y manoletinas. La estocada sí tuvo toda la entidad. El sexto nos quitó la respiración y a Luis David casi le quita la vida. Qué manera de cogerle, con qué saña. Era encastado el toro y con muchas dificultades. La cogida fue tremenda, le llevaron a la enfermería, salió justo cuando Ferrera iba a por el toro, y defendió su labor con un buen puñado de arrestos. Y la gente estaba con él. No así la espada.

A hombros se fue Antonio, entre la muchedumbre, entre la multitud. Por la Puerta Grande de su Madrid y el nuestro y con la emoción retorcida en el estómago. Había triunfado el hombre, el torero y la vida. De vez en cuando el destino nos regala historias así.

Las Ventas (Madrid). Se lidiaron toros de Zalduendo. 1º, noble, pronto y repetidor; 2º, noble y descastado; 3º, con mucho ritmo y soso; 4º, noble, repetidor y con mucha clase; 5º, rajado, noble y desentendido; 6º, encastado y difícil. Tres cuartos de entrada.

Antonio Ferrera, de verde oliva y oro, estocada caída recibiendo a cinco metros (oreja con dos vueltas al ruedo); aviso, estocada recibiendo (dos orejas).

Curro Díaz, de azul marino y oro, estocada (saludos); estocada (saludos).

Luis David Adame, de berenjena y oro, estocada (saludos); media estocada, pinchazo, aviso, media, dos descabellos (palmas).

Parte médico de Luis David Adame

«Dos heridas por asta de toro, una en la región perineal izquierda con una trayectoria ascendente de 5 centímetros que contusiona uretra y otra en la región perianal de otros 5 centímetros. Además, sufre contusiones y erosiones múltiples. Pronóstico ‘reservado’».

Imagen del percance de Luis David