Sebastián Ritter, el valor de lo imposible

Paulita y Morenito de Aranda anduvieron por encima de una mala corrida de Couto de Fornilhos

El valiente torero colombiano trata de zafarse tras ser volteado, ayer, en Las Ventas
El valiente torero colombiano trata de zafarse tras ser volteado, ayer, en Las Ventas

Las Ventas (Madrid). Décima de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de Couto de Fornilhos y Gerardo Ortega (1º y 6º), serios de presentación. El 1º, descastado y parado; el 2º, basto y sin entrega; el 3º, de malas intenciones; el 4º, descastado y sin humillar; el 5º va y viene por el derecho, irregular y de corta arrancada por el izquierdo, rajado; y el 6º, deslucido y parado. Tres cuartos de entrada.

Paulita, de grana y oro, pinchazo, estocada corta, dos descabellos (silencio); estocada corta (saludos). Morenito de Aranda, de verde hoja y oro, aviso, estocada corta, descabello (silencio); tres pinchazos, aviso, media, segundo aviso, tres descabellos (silencio). Sebastián Ritter, de blanco y oro, tres pinchazos, estocada (silencio); estocada caída (aplausos).

Sebastián Ritter le pegó un tirón con la muleta, así nada más empezar y se llevó al centro al tercero. En ese momento, en el cara a cara, el toro de Couto de Fornilhos se dio la vuelta. Sería un presagio definitivo. En la primera arrancada ya le avisó quedándose corto y rebañando a la altura de la chaquetilla. Y Ritter lo supo. Y siguió ahí. Al cuarto viaje le marcó en la cadera y al sexto lo levantó en volandas. No había otra. Estaba escrito en algún lugar y más que nadie lo sabía el torero pero había pisado Madrid con la convicción de asumir riesgos. Y ése había sido el aperitivo, todavía andábamos en la primera tanda. El resto de la faena deambuló en los mismos términos, aunque pareció haber un filtro con la gente y no se llegó a romper del todo la frialdad.

Sí lo logró con el sexto. Apabullante puesta en escena. El toro era un señor de despampanantes pitones, inmensos y astifinos, de Gerardo Ortega y llegó con las arrancadas justas o en negativo. Al paso, echando las manos por delante y quedándose antes de pasar, en el rol de la tarde. Un espanto. Un órdago fue lo que echó Sebastián Ritter. Era una roca, férreo, valor de acero, ante esa mole, que le ponía los pitones finos como un puñal en la misma bragueta, en la rodilla, y aguantaba impávido, sin pestañear, sin ceder milímetros. Era su guerra, la única que la corrida le dejaba para hacerse notar y dio el paso al frente hasta ponernos el corazón en un puño. De ahí no se iba a mover y a nada que el toro cruzara un viaje el desenlace sólo tenía un camino. Insistió e insistió y esta vez sí metió a la gente en la faena, lástima que la espada no fuera ni tan rápida ni tan ortodoxa.

En el quinto pudo ocurrir de todo. Mientras el de Couto de Fornilhos estaba en el ruedo, tuvimos una amenaza de espontáneo que no llegó a buen puerto, ni tan siquiera a olisquear al toro, le pararon antes, y mientras banderilleaban al animal, que puso sus complicaciones, estaba la cosa tan espesa, que a golpes acabaron en el tendido. Grada del Ocho.

Con este panorama, Morenito de Aranda cogió la muleta para jugarse los muslos y montó una faena de mérito. Logró ligar tandas con la diestra, por donde el toro iba y venía, se dejaba más, le consintió y le alargó el viaje. Lo vistió; menos enjundia alcanzó al natural ante una embestida tan irregular que era difícil encontrar dos iguales. Se alargó y le acabó pasando factura. Toreó bonito a la verónica al segundo e hizo el esfuerzo con un toro que nunca tuvo entrega, pero poco trascendía de lo que ocurría allí.

Paulita se topó con un primero desfondado de nulas opciones y un cuarto que iba y venía sin la más remota idea de lo que debía ser humillar. Lo puso todo el torero y no era fácil. Armó una faena con cierta armonía y resolvió, que ya era mucho, para el previsible panorama que se habían encontrado.