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Un ficticio mano a mano condenado al fracaso

Decepcionante corrida de El Juli y Manzanares con un deslucido encierro de El Pilar en Bilbao

Manzanares torea por alto a uno de sus ejemplares de El Pilar en la cuarta de abono
Manzanares torea por alto a uno de sus ejemplares de El Pilar en la cuarta de abono

Bilbao. Cuarta de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de El Pilar, desiguales de presentación pero en conjunto por debajo del toro de esta plaza. El 1º, noble y repetidor; el 2º, sin clase y sin humillar; sosote y rajado el 3º; pegajoso y que cabecea el 4º; deslucido el 5º y desfondado el 6º. Tres cuartos de entrada.

El Juli, de berenjena y oro, buena estocada (saludos); estocada trasera, dos descabellos (silencio); pinchazo, estocada corta (silencio).

José María Manzanares, de grana y oro, estocada (aplausos); buena estocada (silencio); estocada (silencio).

Decían por megafonía el otro día en Gijón antes de empezar la corrida que Antonio Ferrera y Javier Castaño iban a disputar un «cariñoso mano a mano». Qué lejos quedó aquello de la realidad en una tarde para la historia. Ese día, en el que ambos toreros resultaron heridos con la corrida de La Quinta y volvieron a torear ataviados con un pantalón de monosabio y las carnes abiertas nos revolvieron el alma a todos. Hay días y días. La dureza aquella tarde fue extrema, también las emociones. Nada tuvo de cariñosa. Ni un resquicio.

Ayer, el tercero, a mitad de faena, a mitad de la nada, miró a tablas, avisó y allá se fue sin mediar embestida. Nada quería saber de la muleta. Nada quería saber de la tarde. Parecía haberse contagiado de la tristeza moral del festejo. Tras la alegría del día anterior, todo eran penas. Ni un quite habíamos visto hasta ahora. Ni en el toro propio ni pensemos ya en rivalizar con el compañero. Lo de ayer era un mano a mano ficticio. Tú a lo tuyo y yo a lo mío, algo así. Un contrasentido anunciarse tres toros para cada uno. No están los tiempos para este conformismo, y mucho menos los bolsillos ajenos. La corrida de El Pilar, desigual de presentación pero en conjunto menos rematada que lo que vimos en este mismo ruedo el día anterior, no colaboró. No rodaban las cosas. No rodaban en el planteamiento inicial. Flojísimo salió el primero pero llegó al último tercio con nobleza y repetición. Humillaba el toro. Vimos a un Juli más sobrio y afanoso. Cuando se paró el toro tiró del repertorio circular para conquistar pero Bilbao no ardió. Tampoco con ese tercero que marchó a tablas casi a la desesperada. Aburrido estaba. Ni cuento nosotros. Un cañón fue Julián con el estoque de muerte. Eso sí funcionó casi todo el espectáculo. Tanto que el mano a mano se liquidó y no se habían cumplido las dos horas de reloj. Si es breve mejor (aunque sea malo). El quinto toro, muy altón, se llevó el primer quite de la tarde. Primero y único. Así estábamos. Fueron unas buenas chicuelinas de compás abierto. Comenzaba El Juli a trabajarse la faena cuando el toro perdió fuelle y la labor desapareció.

Un punto y aparte enorme merece Juan José Trujillo. Torero de plata y oro por dentro. Bárbaro estuvo con el toro que cerró plaza en los dos pares de banderillas. Imposible clavar más ajustado y más en la cara. Tanto que en el último par pareció imposible que encontrara salida. Se dejó ver entre los dos puñeteros pitones. Ahí mismo. Desfondado el sexto, poco sumó Manzanares. Y no fue la excepción. Prendió una buena estocada con el cuarto, pegajoso el astado, escaso compromiso del alicantino. Cosechó más intentos ante el segundo, que no humilló casi nunca y la altura del toro hacía que sus paradas a mitad de camino fueran miradas directas a la cara, o casi. O eso daba la sensación. Así acabó este encuentro, la cita, el festejo, qué sé yo, que cosa más rara. En esta ocasión, sin megafonía de por medio, sí fue un «cariñoso mano a mano» condenado al fracaso. Demasiada tibieza para una Fiesta tan de verdad.