Una milagrosa cogida en tarde para el olvido

Alberto López Simón sufrió una espeluznante cogida por el tercero de la tarde, al parecer sin consecuencias y fue en el que salió a saludar, en la Feria de San Isidro de Madrid.

Alberto López Simón sufrió una espeluznante cogida por el tercero de la tarde, al parecer sin consecuencias y fue en el que salió a saludar, en la Feria de San Isidro de Madrid.

Veníamos del desierto. El que nos había dejado los dos primeros toros y un viento con amenaza de convertirse en vendaval según avanza la feria. Resistente. El tercero tuvo mucha franqueza, claridad en el viaje y un ritmo muy marcado en las telas. López Simón lo supo ver de primeras. Ahí, al cobijo del tercio, entre las dos rayas, buscó faena, que no es lo más recomendable, pero el viento apretaba. Y aprieta. Parece que nos lo vamos a llevar puesto hasta el final de los días. López Simón estuvo muy centrado, suave en los cites, templado y ralentizado el toreo cuando el toro acudía al paso. Muy bien en una parte del trasteo... Según avanzaba fue perdiendo el control, la altura, como si aquello se fuera diluyendo sin encontrar la conexión con el público. Ya con la espada de verdad, quiso rematar la faena con bernadinas de las que además, gozando el límite de los límites, le cambiaba el sentido en el último momento y así, a la tercera tal vez, el toro no cambió de rumbo y se fue derecho al cuerpo. La cogida fue demoledora, por partes, como si no acabara nunca. Molido. No se pudo ni levantar de la arena cuando el toro le abandonó o hicieron que eso pasara. Un tren le había pasado por encima y de milagro no parecía estar herido. Volvió. Regresó a la cara del toro a hacer lo mismo por lo que había rondado la tragedia. El mismo pase. El mismo cite. Su mismidad ante el toro, que esta vez le perdonó, ajustando los espacios hasta la asfixia. Y ahí, con Madrid entregada, la espada no entró, a pesar de ese intentó de Simón de tirarse derecho, tan derecho como encima del morro. Se apagaron todas las llamas posibles.

Huyó del caballo y tuvo una lidia el sexto desordenada, que ya venía él desordenado de serie y en la muleta fue difícil igualar dos arrancadas. Por arriba, enredándose en el engaño como si quisiera quitárselo del medio más que embestir. La faena de López Simón tampoco superó la media del toro.

Antonio Ferrera pasó discreto en su segunda tarde de Madrid. Le sacaron a saludar nada más llegar. El recuerdo de esa Puerta Grande seguía por la Monumental. Y seguirá, a pesar de que no transitamos ningún camino ni tan siquiera similar. Nos sorprendió por la manera de recibir al cuarto con la capa y se lo llevó al Seis a torearlo. De allí al Tres y a la espada. Deslucido el toro, apocada la faena. Iba y venía su primero que embistió a media altura. No hubo lugar a grandezas.

Se rajó el quinto, como con desgana, más para irse que para quedarse. Viajaba largo pero a la defensiva, protestando. Perera lo intentó sin lograr armar una faena con partitura y la gente andaba más al aburrimiento que a la diversión. Un cuadro había tenido con el segundo que entre que se partió la punta del pitón y una banderilla le cayó en la pata, le cundió el desánimo a la hora de embestir y la faena no elevó la temperatura. Hay tardes así, aunque este San Isidro sean excepcionales.

Ficha del festejo

Las Ventas (Madrid). 24ª del abono de San Isidro. Se lidiaron toros de la ganadería de Puerto de San Lorenzo, bien presentados en líneas generales. El 1º,manejable a media altura; 2º, va y viene sin clase; 3º, de buena condición; 4º, deslucido; 5º, rajado, de largo viaje y protestón; 6º, manso y complicado. Casi lleno

Antonio Ferrera, de azul noche y pinchazo, estocada, descabello (silencio); estocada (silencio).

Miguel Ángel Perera, de blanco y plata, estocada corta (silencio); estocada, cuatro descabellos (silencio).

López Simón, de malva y oro, cuatro pinchazos, aviso, descabello (saludos); dos pinchazos, estocada, seis descabellos (silencio).