Viaje de ida y vuelta: del éxtasis a la ira

Castella se lleva la única oreja de un festejo con muchos altibajos en Albacete

Albacete. Séptima de la Feria de la Virgen de los Llanos. Toros de Victoriano del Río, muy desiguales de presentación y juego. 1º y 5º, mejores. Lleno en los tendidos.

Morante de la Puebla, de grana y oro, pinchazo, estocada corta, aviso, dos descabellos, segundo aviso (saludos); pinchazo, descabello (pitos). Sebastián Castella, de tabaco y oro, media, tres descabellos, aviso (saludos); aviso, estocada, descabello, segundo aviso (oreja). Alejandro Talavante, de lila y oro, cuatro pinchazos, entera, silencio; tres pinchazos, media, silencio.

Entre las cuadrillas, destacaron José Chacón, Valentín Luján y Javier Ambel.

El público que abarrotó la plaza obligó a saludar a la terna tras romperse el paseíllo. Había expectación, ilusión, ganas de que todo saliese bien y la actuación de los diestros deparase una tarde, al menos, triunfal. Y todo parecía seguir ese deseo cuando Morante, despatarrado, majestuoso, inmenso, explicó cómo se torea a la verónica con tres ejemplos para la posteridad a un toro que antes había rehusado tomar el engaño, distraído e indeciso. También entusiasmó cuando se dobló muy toreramente para ahormar a su oponente en el inicio de su faena de muleta, en la que derrochó plasticidad y dejó claro que en el toreo todo se debe hacer despacio. Esbozó algún natural, que no quedó definido plenamente, y fue por el pitón derecho por el que canalizó su inspiración en un trasteo «in crescendo» que hizo vislumbrar algo importante. Pero sus problemas para matar le hicieron perder su premio y la función se fue para abajo.

El poco juego del ganado de Victoriano del Río, muy desigual en todo, con dos polos que marcaron las diferencias -el buen quinto y el descomunal manso sexto- de un encierro que no convenció.

Hubo de pasar casi hora y media para que la gente olvidase sus enfados y se volcase con lo que pasaba en el ruedo. Que no era otra cosa que una muy entonada actuación de Castella, que se había metido a la concurrencia en el bolsillo con el pase cambiado por la espalda con que iniciò su segundo turno, toreando luego con temple y suficiencia a un animal que acabó rindiéndose a su muleta, llevándole progresivamente más lejos y más lentamente, corriendo la mano con suavidad y cadencia hasta completar una obra que de haber finalizado antes hubiese tenido mayor recompensa.

Antes se había aplaudido un quehacer con altibajos de Castella, silenciado lo hecho por un Talavante ante un toro que no tuvo ni fuerza ni interés por embestir y pitado con fuerza y malhumor a Morante. Al sevillano no le gustó que su segundo toro entrase andando y se pusiese a la defensiva ya en los primeros compases de su quehacer, por lo que tiró pronto por la calle de enmedio.

Hubo de nuevo bronca cuando Talavante fue incapaz de parar al sexto, uno de los toros más mansos de los últimos tiempos -«Comunero» de nombre y que merece pasar a los libros de historia como antítesis de toro bravo-. Le persiguió corriendo inútilmente por todo el ruedo sin poder instrumentar ni un muletazo. Un toro que debió ser sacrificado en los corrales sin merecer el honor de ser estoqueado en la arena.