Volvieron los olés entre sonidos de guerra

Tras cinco años, regresaron los toros a Bogotá. El peruano Roca Rey fue el triunfador en la arena de la Santamaría, de la que salió a hombros

Tras cinco años, regresaron los toros a Bogotá. El peruano Roca Rey fue el triunfador en la arena de la Santamaría, de la que salió a hombros

Los olés que no se oían en Bogotá desde hacía cinco años, volvieron a hacer crujir la Plaza de toros de Santamaría el pasado domingo, cuando, tras 1.272 días, casi cinco años, un toro volvió a salir a la arena que tiene 86 años de tradición. El sonido que salía del redondel fue tan estruendosos como los estallidos de los gases lacrimógenos, con los que el escuadrón antidisturbios de la Policía trataba de contener una protesta antitaurina, que se anunciaba pacífica, pero que se desbordó hasta convertirse en violenta y agresiva: 1.200 efectivos de la Policía intentaron mantener la calma, pero les fue imposible. La corrida comenzó pasadas las 3:30 de la tarde en un ambiente de tensión. Las manifestaciones que prometían ser pacíficas se desbordaron en violencia. Cientos de personas trataban de obstaculizar el ingreso a la plaza a los aficionados, que padecieron un viacrucis de insultos sin que la autoridad los pudiera contener. En el ruedo las faenas que eran seguidas por los aficionados en absoluto silencio, como si de aficionados franceses se tratara, y los estallidos que provenían de la calle eran acompañados con olés que seguramente agitaba a los manifestantes. Hernando Franco, el robusto banderillero que parece una escultura de Botero de carne y hueso, tuvo que ponerse una sudadera encima del traje de luces para poder llegar a la plaza. Se vistió en su casa, en el vecino barrio de la Perseverancia. Y caminó con sus capotes en un maletín sin que los antitaurinos lo descubrieran. El Gordo, como le cantan los aficionados, protagonizó el susto de la tarde, un toro de Ernesto Gutiérrez Arango se ensañó con él en la arena. Milagrosamente salió ileso. La plaza pareció rugir con el olé que provocaron los acordes del pasodoble El Gato Montes, con el que se abrió la puerta de cuadrillas, después de cinco años. Hubo lágrimas en los tendidos, en el callejón. También corrieron por las mejillas de los toreros que iban haciendo el paseíllo. El público se puso de pie, y agitaba pañuelos y claveles blancos. El público se emocionó cuando El Juli sacó de su repertorio la ‘lopecina’, una suerte con el capote de su invención, o cuando Luis Bolívar toreó de rodillas, con el capote y la muleta, o cuando el peruano Roca Rey brindó su segunda faena a tres de los ocho novilleros que se encadenaron a la plaza, durante 103 días de huelga de hambre, o cuando se pasaba los pitones de los toros tan cerca de su cuerpo, como si despreciara la vida. Los toros de Ernesto Gutiérrez estuvieron lejos de la leyenda de la ganadería de Manizales, la que tiene el récord de toros indultados en todo el mundo. Roca Rey salió a hombros, Bolívar cortó una oreja, y El Juli se fue ovacionado. El balance del festejo fue: El Juli: silencio y vuelta al ruedo; Luis Bolívar, oreja y petición; Roca Rey: vuelta al ruedo y dos orejas. Lleno en los tendidos.