«Animal Kingdom»: La manada y su reina

La familia puede ser un territorio plagado de minas. Así es la serie que emite Movistar+ Series Xtra

Finn Cole interpreta a Joshua J. Cody, un personaje que lucha por preservar su dignidad
Finn Cole interpreta a Joshua J. Cody, un personaje que lucha por preservar su dignidad

La familia puede ser un territorio plagado de minas donde se suceden los enfrentamientos entre sus miembros. Ese es el eje argumental de esta ficción basada en una película australiana que emite Movistar+ Series Xtra.

Un adolescente permanece sentado en una sala de estar, con los ojos hundidos y los brazos inmóviles, viendo un concurso aunque sin ver realmente nada. Su madre está cerca de él, desplomada en su asiento, desmayada. El muchacho se gira y observa distraídamente a los paramédicos que trabajan frenéticamente para salvarla de una sobredosis de heroína, y luego vuelve a fijar su mirada en el televisor. El momento es aún más desconcertante por la mundanidad que sugiere: es obvio que no es la primera vez que algo así sucede. Esta vez, sin embargo, la escena termina de manera distinta. Así empieza «Animal Kingdom», recién estrenada en Movistar Series Xtra, y se trata de uno de los inicios más impactantes que se le recuerdan a una teleserie.

El joven, que se llama Joshua o mejor simplemente J, se ve obligado a buscar auxilio en su abuela Smurf Cody, que lo invita a incorporarse a una rama de la familia de la que la recién fallecida había tratado de mantenerlo alejado. Smurf, lo descubrimos de inmediato, no es el tipo de abuela de las que te preparan leche con galletas. Dirige una organización criminal con sus hijos biológicos Craig y Dera y su hijo adoptado Baz. Está claro que este último es el más cabal de los vástagos, y por eso es lógico que sea él el encargado de ejercer de mano derecha. Sin embargo, el equilibrio en el seno del clan se ve amenazado con el regreso a casa del otro hijo, Pope, un tipo inquietante y desquiciado que acaba de salir de prisión.

Demostrar la hombría

«Animal Kingdom» es la versión televisiva del demoledor «thriller» australiano homónimo que en 2010 puso en el mapa al director David Michod. La adaptación, eso sí, no transcurre entre depresivos vecindarios de Melbourne sino entre extensas playas y soleados enclaves californianos que traen a la mente «Le llaman Bodhi» (1991). Eso explica, asimismo, que en esta ocasión los varones de la familia Cody parezcan menos criminales que modelos de portada de una revista de surferos o de «Men’s Health». Casi se puede oler el sudor que les brilla permanentemente a estos bigardos en las espaldas bronceadas y los bíceps tatuados mientras compiten por demostrar su hombría –pasan una cantidad asombrosa de tiempo desnudos los unos frente a los otros–, y hacen gala de su inclinación a resolver con violencia desde conflictos con otros surfistas a asuntos de familia.

Las fiestas en la piscina son frecuentes, el tequila y la cocaína son trasegados a raudales, y las mujeres deambulan por la casa en diferentes grados de desnudez; entre ellas la propia Smurf, que se regodea en la autoridad que ejerce sobre sus vástagos. Smurf ha convertido el lugar en un paraíso de excesos financiado con los robos inteligentemente coordinados que la prole ejecuta de vez en cuando. Dicho de otro modo: aunque la serie a menudo visita lugares siniestros desde el principio, en general derrocha una atmósfera mucho más vistosa y seductora que la crudeza de la que el original de Michod estaba envuelto.

Sin duda el gran atractivo narrativo de la serie radica en las diversas batallas de poder y voluntad que se desatan en el seno de los Cody con la llegada de J, en tanto que la competencia que el chaval plantea por las atenciones de Smurf amenaza con alterar los roles que sus tíos tenían asumidos. Poco a poco, la casa se va convirtiendo en un polvorín de celos y lealtades divididas. Y, mientras tanto, tal y como sucedía en la película, somos testigos de la lucha de J por preservar no solo su integridad física sino también su alma misma. Para cuando la primera temporada llegue a su fin, habrá sido obligado a decidir de forma quizá irreversible si está del lado de la familia o del de la ley.

También como hacía su modelo, «Animal Kingdom» se esfuerza por establecer un aura incestuosa alrededor del clan. Los hijos de Smurf comparten una intimidad inquietante con su madre –besos en los labios, arrumacos en la cama, esas cosas– mientras la matriarca se pasea por la casa con una actitud abiertamente sexual, exhibiendo escotazo y preguntando a su nieto si su novia lo satisface en la cama. En ese sentido, la reptiliana interpretación de Ellen Barkin resulta extremadamente convincente retratando a Smurf como el tipo de mujer que hará lo que sea por mantener el control sobre quienquiera que se adentre en su reino.

Por otra parte, existen diferencias sustanciales entre el original y la adaptación. De entrada, para adaptar las dos horas de metraje de la película al formato televisivo, los creadores de la serie han ampliado el marco para dar cabida a más dinámicas interpersonales y melodramáticas intrigas familiares –uno de los personajes tiene una amante secreta en México, y el otro esconde su homosexualidad–. Y si lo que convirtió la ópera prima de Michod en fenómeno fue su capacidad para echar mano del fatalismo para dotar de una dimensión trágica lo que en esencia era una saga criminal más bien ordinaria, de forma inevitable aquí el material ha sido estandarizado.

Una actitud macarra

De hecho, contemplando la serie es tentador pensar no solo en la ficción con la que comparte título sino también en varios más. El tipo de hipermasculina hermandad criminal que los Cody comparten fue explotada durante siete temporadas por «Hijos de la anarquía», y siguiendo el rastro de esa estética agresivamente viril no es difícil llegar incluso hasta «El club de la lucha» (1999). Y asimismo «Animal Kingdom» abandera una actitud macarra que evoca la que impregnaba «Fast and Furious» (2001) antes de que la saga de Dom Toretto empezara a obsesionarse con mensajes en pos del valor de la familia y demás cursiladas.

Aquí los personajes solo usan la palabra familia con hostilidad manifiesta y, en general, carecen casi por completo de sentimentalismo. Y quizá sea ahí donde radica, al menos en parte, el problema de «Animal Kingdom». Que todos –o casi todos– los personajes sean unos trastornados plantea un problema narrativo fundamental: es muy extraño que los sociópatas y los narcisistas patológicos cambien. Uno puede estar seguro de que seguirán manipulando, y mintiendo, y propagando la miseria por todos los que los rodean hasta que algo o alguien los haga desaparecer. Es solo cuestión de tiempo que lleguen a resultar agotadores.