«Snatch», cuando el crimen es sólo una colección de posturas

Una más que libre adaptación televisiva de la comedia criminal de Guy Ritchie acaba de estrenarse en Orange Series con más pena que gloria.

Rupert Grint, que interpreta al estafador Charlie Cavendish-Scott en «Snatch»
Rupert Grint, que interpreta al estafador Charlie Cavendish-Scott en «Snatch»

Una más que libre adaptación televisiva de la comedia criminal de Guy Ritchie acaba de estrenarse en Orange Series con más pena que gloria.

Hoy en día Guy Ritchie es conocido como fabricante de tediosos «blockbusters» basados en personajes clásicos de la literatura, pero hubo un tiempo en el que fue considerado un estilista. «Snatch, cerdos y diamantes» (2000) retrataba a un grupo de crápulas del submundo criminal que coinciden en Londres cada uno con sus propios motivos –entre otros, una caravana y un diamante del tamaño de un pomelo--, y en el proceso demuestran estar aquejados de la más patética e irremediable estupidez. «Snatch» está asociada a una época en la que cualquier filme sobre los bajos fondos que se preciara debía incluir prolongados diálogos llenos de referencias a la cultura pop y fragmentos de violencia imaginativa salpimentada de «slapstick». Dicho de otro modo, era menos una película sobre el mundo del crimen que un homenaje a Tarantino. Y ahora llega «Snatch», que es menos una ficción televisiva sobre el mundo del crimen que un homenaje a «Snatch», la película.

En todo caso, la serie no está realmente basada sino más bien inspirada libremente en su supuesto modelo. Recién estrenada en Orange Series, toma de él su vaga premisa: un combate amañado en el que participa un boxeador gitano y que, obviamente, dará muchos problemas a quienes tratan de sacar tajada de él. Su productor, Alex De Rakoff, ha afirmado que quería «canalizar el espíritu y el estilo de “Snatch” para contar una historia completamente distinta con nuevos personajes y ambientada en la Londres actual».

Nuevos personajes

Su protagonista es Albert Hill (Luke Pasqualino), que ejerce de ladrón de poca monta pero aspira a empezar a ganarse la vida legalmente promocionando la carrera pugilística de su amigo Billy (Lucien Laviscount); asociado a ellos está Charlie (Rupert Grint), un tipo de buena familia necesitado de emociones fuertes. Al inicio intentan manejar la pelea honestamente, pero un día Albert recibe una llamada de su padre desde la prisión en la que este insiste en que Billy bese la lona en el cuarto asalto. Albert, en cualquier caso, traza un plan distinto que obviamente, decimos, saldrá mal. Entonces los tres despistados héroes planean el robo de lo que resulta ser el camión equivocado, y las consecuencias de este error parecen ser el motor de lo que ocurrirá durante el grueso de los 10 episodios que componen la primera temporada.

En el proceso, igual que sucedía en el filme, la peripecia argumental incluye judíos ortodoxos y clubes de striptease y joyas que son como patatas calientes y enrevesadas traiciones. Pero la serie es casi seis veces más larga que su modelo, y por tanto de ningún modo puede replicar la sensación de frenetismo que el filme derrochaba y que convertía el relato en una bola de nieve que se va haciendo más grande y amenazante al descender.

«Snatch», asimismo, es el tipo de narración en la que todas las puertas son atravesadas a cámara lenta, y en el que cada efecto visual es acompañado del tipo de sonido –algo así como «whoosh»— que hace quince años era sinónimo de la estilización formal. Pero por mucho que los zooms, los barridos y los virgueros planos secuencia llamen la atención sobre sí mismos, no logran esconder la falta de distinción de cuanto sucede en pantalla. Esa desesperación por imitar las formas popularizadas hace dos décadas por Guy Ritchie –que, decíamos, eran en sí mismas fruto de la desesperación por imitar las formas popularizadas previamente por Tarantino, es una de las razones por las que por momentos «Snatch» parece menos un enredo criminal que el anuncio de desodorante más largo del mundo.

La otra es que en ningún momento se evidencia interés por penetrar en la mentalidad de un delincuente, y eso quizá sea en parte intencionado –después de todo, es una serie sobre rateros de pacotilla, pero muy probablemente tiene que ver con la alarmante falta de convicción de sus intérpretes. Eso, en todo caso, quizá encuentre remedio en la segunda temporada: en ella veremos a Úrsula Corberó, que en «La casa de papel» ya ha dado muestras de saber moverse en el crimen como pez en el agua.