Una visita a la colonia abandonada de Bolama descubre el lado desconocido de África

Esta isla, poco conocida por el turismo, destapa un rostro africano difícil de encontrar en las ciudades o en los safaris

Uno de los edificios coloniales de Bolama, completamente devorado por la selva.
Uno de los edificios coloniales de Bolama, completamente devorado por la selva. FOTO: Alfonso Masoliver

¿Cuántas veces puede levantarse una ciudad en una isla, destruirse, volverse a construir y destruirse una vez más? ¿Cuál es el límite de cenizas que su tierra está dispuesta a soportar? Respuestas a preguntas de este estilo pueden encontrarse en la isla de Bolama, en el archipiélago de Bijagós de Guinea-Bissau. Una barcaza de madera puede llevar al visitante dos días entre semana al pequeño puerto de su ciudad pero los más pacientes deberán esperar al viernes, para coger un destartalado barco de los años 70 que tarda entre dos y cuatro horas - el tiempo dependerá de las mareas y los bancos de arena que se forman en los manglares - hasta arribar a su destino.

Una colonia inglesa infructuosa

Una primera visión de Bolama pasa por confundir al extranjero. Desde la cubierta apenas se alcanza a distinguir una espesa arboleda del más puro estilo tropical, verde, de un verde tan intenso que son miles los tipos de verdes los que alberga; las hojas son verdes, los troncos de los árboles humedecidos son verdes, hasta confundirse con las raíces; la tierra está coloreada de un glauco sobrecogedor. Nadie diría que esconde vida humana. Son los juegos de los que se sirve Bolama para esconderse del extranjero y que este pase su costa de largo. Pero el capitán del barco es un lobo de mar curtido en estos engaños, con él no funcionarán, y tras sortear los recodos de la arena, amarra el barco en los bolardos resquebrajados del puerto.

Foto tomada en un patio trasero en Bolama. Los buitres tienen apetito.
Foto tomada en un patio trasero en Bolama. Los buitres tienen apetito. FOTO: Alfonso Masoliver

Los pasajeros, que no son solo personas, también son cabras y gallinas y perros y gatos y quizás turistas desorientados, se lanzan como una única masa disforme a poner los pies en tierra, vuelan los gritos y los fardos con pertenencias de vidas enteras, quizás alguna mujer isleña quiera aprovechar la ocasión para vender un bocadillo de mayonesa y huevo duro a los hambrientos recién llegados. Es un caos delicioso e impredecible, el último de los conjuros de la isla para empujar lejos al extranjero.

¿Por qué tanto celo por protegerse de los extranjeros? La respuesta está en su historia. Bolama fue una isla deshabitada hasta la llegada de los británicos - o eso dicen ellos - en 1792, y desde que el primer europeo pisó su tierra ocurrió este estremecedor proceso de ciudades construidas y derruidas sin cesar. Tras un breve intento de colonizarla, los ingleses abandonaron la isla en 1794 para volver a intentarlo en 1814, con idéntico resultado. En 1830 fueron los portugueses quienes posaron su bota en Bolama y comenzó una violenta disputa entre las dos naciones europeas por su posesión: los ingleses aseguraban que pertenecía a la colonia de Sierra Leona y los portugueses que entraba en los territorios de la Guinea portuguesa. No fue hasta que una comisión, presidida por cierto por el general y presidente estadounidense Ulysses S. Grant, concedió la soberanía a los portugueses que se zanjó la rencilla.

Para entonces, ¿cuántas veces se habían construido y derribado los asentamientos en Bolama? Un buen puñado de veces, cuanto menos. La isla que durante milenios no conoció más que el frescor de sus frondes era ahora veterana de la ceniza y del hierro.

El dominio portugués

Los portugueses no quisieron desaprovechar esta ocasión y quisieron situar la capital de su colonia guineana en la isla de Bolama. Grandes mansiones coloniales se construyeron junto al puerto, se situaron almacenes cuyos productos navegarían mar arriba hasta Lisboa y se edificó un parlamento colonial. Incluso levantaron un agradable balneario en el lado sur de la isla. Por esto, tras haber guardado la mochila en la Escuela de Pescadores - el único alojamiento para turistas con luz eléctrica de toda la isla -, el visitante puede caminar durante cuarenta y cinco minutos hasta llegar al balneario. Pero no encuentra el balneario. El balneario ha desparecido, la selva lo devoró. Solo el ojo ágil podrá descubrir las ruinas, son de una piedra oscura y desgastada por la mar del sal, a pocos metros de la línea blanca de la playa.

Hoy la playa la transitan vacas relajadas en vez de bañistas portugueses.
Hoy la playa la transitan vacas relajadas en vez de bañistas portugueses. FOTO: Alfonso Masoliver

El descubrimiento del balneario en ruinas supone un cambio en la visión que tenemos de Bolama. Volvemos sobre nuestros pasos hasta la Escuela de Pescadores y decidimos dar un breve paseo por el centro de la ciudad, ahora lo descubrimos, antes lo vimos pero no quisimos fijarnos, son los edificios coloniales inundados por la selva y el abandono. Las mansiones están vacías desde 1941, cuando los portugueses trasladaron la capital a Bissau. Colonias de murciélagos dormitan en sus esquinas más oscuras y al caer la tarde salen a volar, cubriendo el cielo con millares de puntos de color negro y chillándose los unos a los otros. Si vas a Bolama, encontrarás oscuridad y murciélagos fundidos con las ruinas.

Naturaleza entre las ruinas

Es una ciudad perdida. No a los ojos de los hombres, sino de sí misma. Entre los viejos edificios semiderruidos y de vigas oxidadas se levantan pequeñas casas de chapa o tabancas (chozas de barro) que sus habitantes construyeron tras la partida portuguesa. Es una nueva ciudad. ¿Cuántas irán ya?

Barcos de madera impulsados por largas pértigas salen de sus escondrijos al atardecer, en busca de peces que atrapar con sus redes entre las aguas doradas del manglar. Cuando baja la marea, millones - sí, millones - de cangrejos con pinzas azuladas corretean por la playa llevándose sedimentos a la boca. Se mueven como las olas al acercárseles cualquier persona. Quiero que pienses en la escena: a tu espalda se doblegan muy despacio los edificios coloniales abandonados, derrotados por el hechizo de Bolama; frente a ti, diminutas islas verdes motean como estrellas el horizonte, atravesadas por las barcas de los pescadores; a tus pies, esos cangrejos te miran con ojillos asustados.

Una niña vuelve a casa después de las clases, paseando entre las ruinas de Bolama.
Una niña vuelve a casa después de las clases, paseando entre las ruinas de Bolama. FOTO: Alfonso Masoliver

Caminando isla adentro, pasada la ciudad, el bosque se condensa. Apenas se puede circular por pequeños senderos, creados por siglos de lugareños caminando entre las ramas. Cabañas aisladas se sitúan a los lados de estos senderos y sus habitantes te ofrecen entrar en ellas para tomar el té. Es un té amargo, cocinado en la leña del hogar.

La fuerza de la tierra

Una de las industrias más practicadas en Bolama es la elaboración del vino de cajún. El cajún es el fruto del anacardo - el cual es directamente enviado a Occidente -, un fruto ácido y de un rojo muy intenso. Generaciones de isleños han aprendido a pisotearlo de la forma correcta y fermentarlo para disfrutar este vino, puedes encontrarlos también a los lados de los senderos, escondidos bajo los árboles. Y cortando el paso de los caminitos se extienden telas de araña doradas, como si sus creadoras hubiesen conseguido atrapar esquirlas de oro escondido.

Puedo decir sin remordimientos que Bolama es mi rincón favorito del mundo. Cada visita a Guinea-Bissau la sumo con una visita a Bolama. Paseo por los edificios, saludo a viejos amigos y vuelvo a las ciudades de hierro y cristal. ¿Y qué encanto tiene Bolama? Quizás su hechizo ya me haya embrujado. Pero quiero pensar en esta isla como un símbolo de la fortaleza de la tierra, que aguanta una y otra vez la avaricia y las cenizas, agazapada entre los árboles, hasta que encuentra su momento y sale dispuesta a devorar. Ya salen otra vez las manadas de cangrejos y vuelan los murciélagos, el cajún se hincha y gana intensidad en su color, los pescadores llenan sus redes. Devora las cenizas y la avaricia y los edificios de hierro. Es la fuerza, imbatible y paciente, del espíritu africano. Siempre dispuesta a recuperar lo suyo, aunque tenga que esperar siglos hasta conseguirlo.