Los monolitos de la isla de Pascua: ¿Diversión o religión?

Incluso hoy se desconoce la verdadera razón que llevó a la construcción enfebrecida de monolitos de nueve metros en esta isla separada del mundo

El El ahu Tongariki en la isla de Pascua es es la mayor de las plataformas existentes con doscientos metros de largo y quince moáis.
El El ahu Tongariki en la isla de Pascua es es la mayor de las plataformas existentes con doscientos metros de largo y quince moáis.voltamaxpixabay

A 1.850 kilómetros de las pequeñas islas Pitcairn se eleva sobre las aguas del Pacífico una porción de tierra todavía más pequeña, que apenas alcanza los 160 km2 (un tercio de Menorca). La isla de Pascua. Nombrada así por el primer europeo que la divisó, el neerlandés Jakob Roggeveen, el día de Pascua de Resurrección del año 1722. Su nombre nativo es Rapa Nui, Rapa grande. Etnógrafos y antropólogos y naturalistas e historiadores la consideran la isla más asombrosa, más compleja de explicar del mundo. Y esto no se dice por sus famosos monolitos (moai) abrochados en las laderas de sus colinas, tallados en piedra volcánica hasta alcanzar dimensiones gigantescas, no se debe en exclusiva a ellos, al menos. La isla de Pascua en su conjunto, desde el origen de sus habitantes hasta su sistema de escritura, pasando por sus conflictos políticos y religiosos, incluyendo la extraña fijación que sus antepasados tuvieron a la hora de fabricar sus monolitos, son puro misterio, misterios que nadie ha descifrado aún, campo abonado y fértil para plantar las semillas de todo tipo de estrafalarias teorías.

Haría falta vestirnos con el plumaje del charrán sombrío para acompañarle en su larga migración hasta el islote Motu Nui, el más próximo a la isla de Pascua, y atravesar las turbulentas corrientes de aire que se enzarzan sobre el océano. Solo así nos posaremos en la isla de fantasía, con forma de pájaro, como espías con un antifaz negro, cuidando mucho que no escuchen el repiqueteo de nuestras patas.

Breve historia de Mapa Rui

Supone un delicioso rompecabezas comprender cómo pudo llegar el ser humano a esta isla. Y ya comienzan las teorías, sin darnos tiempo a descansar. Unos aseguran con una seguridad envidiable que el hundimiento de los continentes eones atrás aislaron a una pequeña tribu en esta porción de tierra. Otros consideran, liderados por el arqueólogo noruego Thor Heyerdahl, que los primeros habitantes de la isla cruzaron los 2.500 kilómetros que la separan del actual Perú. Pero la idea más aceptada reconoce a los polinesios como lejanos antepasados de los pascuenses, y se sustenta en el estudio del ADN de los isleños que encaja en gran medida con el de los habitantes de Polinesia central y oriental. Siguiendo esta idea, se piensa que un nativo de la isla de Hiva (actuales islas Marquesas) soñó con la existencia de una tierra sagrada digna para los reyes, y que siguiendo dicho sueño un puñado de valientes navegaron más de 3.000 kilómetros hasta encontrar la isla de Pascua. Entre los siglos IV y V d. C.

También conocida como Napa Rui, la isla de Pascua es una de las más apartadas del mundo.
También conocida como Napa Rui, la isla de Pascua es una de las más apartadas del mundo.jaboczwpixabay

Una vez asentados, crearon una sociedad propia. Unos se dedicaron a la pesca, otros a la agricultura de maíz de subsistencia, a la artesanía o la construcción; se ideó un panteón de dioses y otros habitantes aprovecharon la nueva religión para proclamarse sacerdotes. Nada nuevo en el mundo de los humanos. Haciendo uso de la privilegiada inteligencia que poseemos, los nativos de Rapa Nui consiguieron convertir esta isla desencajada del mundo, peinada por fuertes vientos y aparentemente estéril, en un pedacito de hogar donde crecer, desarrollar su cultura y sobrevivir durante los diez siglos siguientes. Llegado al siglo XV se piensa que la isla de Pascua contaba con 10.000 habitantes, puede que incluso 30.000.

Se piensa, se dice, se cree... Caminamos por los terrenos fangosos de las suposiciones, tan útiles y, a una misma vez, engañosas si pretendemos descubrir una realidad en esta isla misteriosa. Lo que sí es seguro, indudable, demostrable, es que la llegada de los europeos a la isla figuró un durísimo batacazo para sus habitantes. Pese a que las relaciones entre extranjeros e isleños fueron amables durante los primeros años, hasta el punto de que no pusieron resistencia al señalar Felipe González Ahedo la isla de Pascua como un territorio bajo la corona española - nombrándola a su vez isla de San Carlos -, la llegada de esclavistas peruanos a sus costas tergiversó bruscamente la delicada situación. Mil pascuenses fueron tomados por la fuerza y llevados a cargar guano en las costas americanas. Hasta que, gracias a la intercesión del obispo de Tahití, los quince pascuenses que todavía sobrevivían al duro trato de los esclavistas obtuvieron permiso para regresar a su tierra, como hombres libres. Cargando consigo la temida viruela, que provocó a su vez una horrible epidemia que asoló la población de la isla de Pascua. De los 10.000 o 30.000 habitantes que pudo tener la isla en el siglo XV, a mediados del siglo XIX no había más de 111.

El hombre pájaro

Sorprende a los antropólogos la riqueza cultural que se dio en una isla tan reducida y apartada del mundo. Si hubiésemos preguntado a uno de sus primeros habitantes, este nos habría contestado con soltura que la respuesta se encontraba en Make-Make. Su dios creador. Aquél cuyo primogénito fue el primer pájaro, el mismo que fecundó los mares para dar vida a los peces y tomó un puñado de barro para crear al hombre. Y nos diría, señalando los enormes monolitos, que todos ellos fueron esculpidos en la piedra volcánica de Napa Rui en honor del dios creador. Así aprenderíamos, hablando con él, descifrando de alguna manera su lengua incomprensible, que la construcción de los monolitos dejó de llevarse a cabo tras acabarse la madera en la isla, cuando la deforestaron y se hizo imposible trasladarlos. Mucho antes de que llegaran los europeos.

Esta escasez aterradora de madera, indispensable para la vida, provocó una profunda crisis social, política y religiosa en la isla de Pascua, hasta que derivó en una sangrienta guerra civil que terminó por otorgar el poder a la facción golpista. Se dejaron de construir moai en honor a Make-Make y los nuevos gobernantes buscaron una nueva manera de rendirle culto: Tangata manu. El hombre pájaro.

Monolito tumbado.
Monolito tumbado.Hugo-Leroypixabay

Esta tradición consistía en un curioso ritual. Cuando llegaba la época del año en que el charrán sombrío anidaba en el islote Motu Nui, los hombres pascuenses se enzarzaban en una increíble competición para llegar a nado hasta los nidos, coger el primer huevo de la estación y regresar, también nadando, de vuelta a Pascua. El ganador obtenía a lo largo del año una serie de privilegios a la altura de un gobernante, y la ceremonia en sí servía para ofrecer el sudor, la excitación, los cortes profundos de las rocas macerados con sal al dios Make-Make. Una bonita ceremonia que suprimieron los misioneros cristianos en 1860.

El misterio de los monolitos

Entonces, ¿los monolitos se tallaron en honor a Make-Make? Sí y no. Sí. O directamente, no. Quién podría saberlo con exactitud. Las teorías vuelven a asomar de la tierra, curiosas, misteriosas, exactamente igual que los monolitos. Por tanto si preguntásemos a otro lugareño, años atrás, quizá nos habría jurado por la tumba de sus ancestros que los monolitos fueron tallados precisamente para honrar y recordar a sus ancestros, a la manera de enormes monumentos funerarios.

Un paseo breve por la isla de Pascua mostrará al visitante un elevado número de monolitos diseminados por el terreno, como tirados a mitad de camino porque sus cargadores se cansaron de empujar, y encontraría monolitos fragmentados y abandonados, o directamente olvidados en la misma cantera donde los tallaban. Una explicación lógica nos señalaría que la madera se acabó y los moai que no fueron colocados a tiempo tuvieron que quedarse donde estaban. Pero teniendo en cuenta que los pascuenses esculpieron estas figuras entre los siglos IX y XVI, no tiene sentido que la falta de madera en el siglo XVI explique los monolitos abandonados del siglo, digamos, XI. Que es la edad con que se han datado muchos de ellos. Por tanto una tercera teoría asegura que la construcción y “plantación” de los moai se trataba de una especie de juego en que participaban las diferentes tribus de Pascua para demostrar su poder. Podría ser. De alguna forma tenían que divertirse hasta que llegaba el charrán sombrío. Desde luego se trata de una teoría más fiable que aquella de Erich von Däniken en su libro El mensaje de los dioses (1977), que señala a los alienígenas como percusores de este misterioso asunto.

El aspecto abandonado de algunos monolitos, como dejados a mitad de camino, dio paso a la teoría de que su construcción se basaba en un juego.
El aspecto abandonado de algunos monolitos, como dejados a mitad de camino, dio paso a la teoría de que su construcción se basaba en un juego.Marlhanspixabay

El culmen de la duda lo tocamos al preguntarnos cómo movían las estatuas. Un listillo tendría la respuesta rápida: utilizaban los troncos de los árboles para arrastrar sobre ellos el moai, así de simple, qué pregunta estúpida, ya lo dijo y lo probó con éxito la arqueóloga Jo Anne Van Tilburg. Pero la verdad es que nunca hubo madera suficiente en la isla - su reducido espacio, añadido a los vientos fuertes que la dominan, lo demuestra - para dedicar siete siglos a empujar monolitos ladera abajo. Un detalle importante que hace tambalearse a la teoría de nuestra colega estadounidense.

Que, por cierto, hablando de tambaleos, los arqueólogos Terry Hunt y Carl Lipo escucharon decir a los isleños que los monolitos “caminaban” hasta los agujeros donde eran colocados. Es decir, que aprovechando el equilibro que les otorgan sus prominentes barrigas, era posible transportarlos de pie, balanceando las figuras de un lado a otro. Ambos investigadores probaron su idea con una réplica de 3 metros de altura y 5 toneladas de peso, haciendo uso de tres cuerdas robustas y 18 personas. Consiguieron arrastrar su réplica unos centenares de metros pero no lograron demostrar que este complicado método podría aplicarse a transportes de varios kilómetros, y menos todavía con moais de mayor envergadura.

Ignoramos prácticamente todo lo que hay por saber de la isla de Pascua. Incluso hoy, que sabemos tantas cosas. Suponemos, ideamos, teorizamos, soñamos, pero no logramos atinar el tiro con seguridad. Ocurre con infinidad de situaciones. Y son precisamente estos destinos inexplicables, donde los monolitos de ochocientos años de edad se carcajean sin pudor del orgullo científico del hombre contemporáneo, los que merece la pena visitar después de ahorrar. Para jugar nosotros mismos a investigadores y llevarnos esa satisfacción de vuelta a casa.