Mejor no parar a comer en el Hotel Landa (todavía)

El conocido hotel burgalés debería reconsiderar su estrategia de pandemia si no quiere quedarse atrás en un mundo donde sobran los restaurantes deliciosos

Hotel Landa.
Hotel Landa. FOTO: Belén García dreamstime

Ya se acercan las fechas donde el verano alcanza su máximo apogeo: agosto. Ciudades enteras se empaquetan en cómodas y asequibles maletas para introducirse en los maleteros de nuestros vehículos, en el tren, en el autobús, y ciudades enteras viajan de una a la playa y a la montaña. Estoy seguro de que el glorioso espectáculo de la carretera de Burgos atestada de coches durante un fin de semana de agosto lo estudiarán nuestros descendientes lejanos, igual que nosotros estudiamos hoy los triunfos de la Roma antigua y los sacrificios de los aztecas.

Una de las costumbres (casi ancestrales) entre los habitantes del sur peninsular cuando suben a Cantabria o Asturias es la de parar a comer en el Hotel Landa. Yo he parado allí cientos de veces. Nosecuántas veces con mis padres cuando todavía ni sabía leer, de la mano de mi mujer un puñado de veces, con alguna que otra novia del ayer, con mis abuelos, mis primos, con cuatro amigos en la universidad cuando nos hicimos aquél roadtrip para ver una carrera de motocross en el norte de Francia, la vez que salí con otros cuatro locos en furgoneta para Mongolia… Forma casi parte de una religión, como si le quisiéramos pedir a los dioses de la morcilla y del vino su protección durante las vacaciones, al modo prehistórico, mordisquemos la sangre, pisamos una región que roza lo mitológico (Burgos) y luego vamos a pasarlo bien.

Pero algo pasa con Landa. El problema no es de hoy ni de ayer, quizá comenzó poco antes del inicio de la pandemia. Las morcillas con huevos fritos ya no me saben igual, hace años que no veo a nadie que pida un pepito de ternera.

Y yo entiendo que en España hace treinta años no había tantos lugares de moda en los que parar de camino al norte, y que hace treinta o cien años las modas duraban siglos, y que por esas fechas bastaba con ir a uno de los cuatro restaurantes fashion de Madrid (Casa Lucio, Zalacaín, Jockey, Club 31) para pasar un buen rato y luego fardar con los amigos. Ahora es muy difícil fardar porque son tantos restaurantes de moda (Barracuda MX, Fonda Lironda, Bar Carallo, Filandón, Amazónico, Udaipur, El Paraguas, Barracuda, Kabuki, Don Dimas, etc.) que, cuando uno bebe un sorbo a su cerveza, cruza las piernas y dice que ayer fue a cenar con la parienta a Filandón, las caras que se echan los amigos entre ellos son cuanto menos incrédulas, confusas. ¿Filantrón? ¿Y eso dónde queda? Entonces entiendo que antaño un garito estaba de moda y eso era algo grande, colosal, y que nuestra condición de monos de ciudad nos empujaba a pagar el precio que fuera por los huevos fritos y la cerveza.

Una ensalada rencorosa

La última vez que paré en Landa fue hace tres semanas, cuando volvía de Logroño a Toledo, y, como nunca había entrado en el restaurante propiamente dicho (siempre me había contentado con la comilona en el bar) pues me encapriché y quise comer en el restaurante. Pedí una ensalada de la huerta y un arroz con corderito y verduras. Mi mujer pidió la misma ensalada y chuletas de cordero. No queríamos gastar mucho pero es que era de lo más barato que había en la carta y estábamos hambrientos. El precio de los cuatro platos y las cervezas y aguas que bebimos esperándolos rondó lo 90 euros, con cortado y sin postre. Esperamos una hora. Esperamos una hora y media, dos cervezas después.

A la hora treinta y cinco no pude resistirme y pese a que nunca lo hago porque me parece jugar sucio, no tuve otra que comentarle a la camarera que era periodista de viajes, y nada, que eso, para que lo sepa, con cara de circunstancias, avisador antes que traidor. Se puso muy pálida, salió disparada a la cocina, regresó y puso nuestras ensaladas en la mesa. Estaba buena: una ensalada desestructurada de esas que te tienes que mezclar tú y con los ingredientes completamente desproporcionados, como diciéndote que si pagas doce euros por una ensalada no esperes a que te la removamos nosotros, tacaño, pesetero, cicatero. La ensalada te va largando este tipo de insultos mientras la comes y al terminarla entran ganas de llorar.

Cuando el segundo plato tiene más hambre que tú

Chuletitas de cordero en Landa.
Chuletitas de cordero en Landa. FOTO: Alfonso Masoliver

Media hora y una cerveza después, la ensalada hacía tiempo que andaba alojada en nuestros estómagos. El de mi mujer rugía. Yo debo ser un poco machista y cuando vi que la chiquilla pasaba hambre me sentí un hombre débil, miserable, una verguenza para los antepasados, incapaz hasta de alimentar a los suyos como es debido. Mi moral se derrumbó en ese instante y ya no volvió a levantarse hasta que llegamos a casa. Los de la mesa de al lado, un amable matrimonio que luego resultó que iban para Llanes y que tuvieron el gusto de recomendarme El Bálamu, al que todavía no he ido pero que le tengo unas ganas locas de morder, también se quejaban por lo bajo. Yo les oí y me acerqué, entonces hicimos piña, como marineros en la noche del motín, y ellos comentaban que hacía cuarenta años que se licenciaron como sacerdotes de Landa pero que, desde hace varios meses, parece que el famoso hotel iba cuesta abajo.

Trajeron el arroz y las chuletas: la chuletas de mi arroz (que en la carta llamaban corderito con mucha gracia) parecían las chuletas que faltaban en el plato de mi mujer. Economía de guerra. El arroz estaba al dente y cuando llegué a casa llamé rápidamente a Jaime, un amigo mío que es dentista, que me dijo que evitara las comidas frías durante veinticuatro horas. Las chuletas de mi mujer estaban frías y chiclosas, precisamente como más nos gustan las chuletas cuando cuestan 25 euros. Ella dice que le mereció la pena lesionarse los carrillos mientras masticaba.

Y mire que yo sigo entendiendo que los sitios de moda son los sitios de moda y que para muchos comidillas son sagrados, que allí trabaja gente honrada y que escribir algo malo sobre los restaurantes hoy en día es de cabrón, de villano de Ratatouille. Pero cuando te has viajado media España durante la pandemia y has visto a los dueños de negocios tambalearse sobre sus mostradores, a punto de quebrarse, y has escuchado tantas frases de esperanza en pueblos perdidos de todo, pero luego sales de ese espectáculo y caes de bruces en Landa con sus chuletitas caras y frías, camareros lentos, gerentes desorientados, directiva ¿ahorrando costes?, calor, clientes decepcionados, aquí no se salva nadie. Puede que solo los encargados de la limpieza porque el sitio estaba como una patena.