Un viaje de sueños, desencantos, violencia y voces

Una carretera que vemos por primera vez

FOTO: AYUNTAMIENTO DE MESTANZA AYUNTAMIENTO DE MESTANZA

Ayer me tocó conducir desde Toledo hasta Logroño para visitar a mis suegros. Por circunstancias de la vida coincidió que uno del pueblo (yo no le conocía, me lo comentó un amigo) también iba a Logroño y pidió a mi amigo que me pidiese que le llevara. Mi amigo me avisó de que estaba un poco loco y que tuviera cuidado con él. Que algunas veces siente tanta pasión por los paisajes sucediéndose en la ventanilla que intenta lanzarse del coche en marcha. Creo que es pintor, nunca me quedó claro. Y pensé que se trataban de chismorreos del pueblo. Pero de verdad que yo no sé si este hombre era el tipo más loco o, por lo contrario, el más cuerdo que he conocido. Dijo unas cosas durante el viaje que no sé, no sé qué pensar, fue un viaje extraño y novedoso. Entonces voy a escribirte algunas de esas cosas para que seas tú quien lo decida.

Toledo

Los campos manchegos son rayajos amarillos que se dibujan muy lentamente en el cristal de mi ventana. No se dibujan allí fuera, no, porque siempre se dibujan en el propio cristal y siempre de una forma diferente. Su tinta de trigo es culpable de la demencia de Van Gogh y de la pasión irrefrenable de Machado, su tinta de trigo que se alimenta de carne y de poesía. En torno a todo esto, prácticamente al azar crecen los olivos que nos dicen hola y nos dicen adiós, nos saludan y se despiden confundidos, porque no saben con exactitud si vamos o si venimos. Creo que nosotros tampoco lo sabemos realmente. ¿Tú vas a casa de tus suegros o vuelves a casa de tus suegros?

Esta personificación del paisaje permite que el viaje sea uno más excitante, vivo, sentido, emocionante, y así se recogen cada una de las briznas de hierba seca que se cruzan en nuestro camino y se les pone un nombre; a cada brizna de hierba se le pone un nombre con apellido. Pero faltan nombres.

La ciudad de Toledo me provoca visiones encontradas. Si los científicos dicen la verdad, pronto será como una de esas ciudades egipcias completamente rodeadas de desierto que solo sobreviven gracias a la bondad de un río. La visión de Toledo sobresale vacilante entre ese desierto futuro que está dentro de mi imaginación, mientras el río Tajo se vuelve todavía más caudaloso y se secan las encinas. Mira esos ladrillos de las murallas, cada ladrillo tiene dos nombres escritos: el nombre del que lo puso y el nombre del que lo quiso quitar.

Campos manchegos junto a la carretera.
Campos manchegos junto a la carretera. FOTO: Alfonso Masoliver

El cielo es de un azul único y exclusivo en este viaje, los sembrados en verano son de un amarillo único y exclusivo, la carretera es de un gris único y exclusivo, nosotros mismos somos de un color único y exclusivo. Todo es único, todo es exclusivo en este viaje donde lo vemos todo por primera vez. Porque todo es Uno. Piénsalo. Una vez de hace muchos años abrimos los ojos y vimos la tierra por primera vez y desde entonces llevamos viendo la misma extensión de tierra, entonces podríamos decir que sigue siendo la primera vez que la miramos. Tenemos que encontrar pequeños recodos de excitación para no dormirnos. Podemos volvernos locos durante una, dos, tres horas que andamos al volante, y la teoría de la relatividad se aplica de forma improvisada a nuestra cordura y mientras fuera el mundo transcurre con normalidad, estático, dentro del coche chillan la demencia y el movimiento y los relámpagos de nuestras ideas.

Repasas tus sueños mientras conduces y conjugas estos sueños con la tierra que ves por primera vez. Tus sueños y la tierra entremezclados se transforman en un único elemento solo apto para los humanos… y como es la primera vez que vemos la tierra, nuestros sueños, aunque sean viejos, se vuelven nuevos otra vez al mezclarse con el espectáculo de la ventanilla. Es la primera vez que veo la tierra, es la primera vez que sueño, es la primera vez de tantas cosas…

Madrid

La ciudad de Madrid cumple el requisito indispensable en todas las ciudades importantes, desde Ur hasta hoy. Tú puede que no lo sepas pero debes saber que hay un imán escondido en todas ellas. Los colocan sacerdotes o brujos u hombres codiciosos, no lo sé con exactitud. Y se cumple a rajatabla: allí donde hay una ciudad importante se esconde un imán y donde se esconden los imanes corren los sueños atraídos.

Pero mira la ciudad desde la carretera. Estamos tan lejos que podemos taparla con el pulgar. ¿No te parece que adquiere un aspecto frágil y ridículo? Toda la enormidad que nos atrae de las ciudades desaparece desde la carretera y esto nos da una última oportunidad para resistirnos a sus encantos. Pero mira la ciudad, es un paisaje de naturaleza desolada. Incluso un campo minado donde todas las minas han reventado tiene más color que la ciudad. Piénsalo cada vez que te sientas atraído por su imán. En la ciudad se amontonan los vehículos, los edificios, los pasos, las voces, el propio aire se amontona hasta adquirir un regusto denso. Madrid parece desde aquí un pequeño cubo de plomo, ¿verdad? Sales del campo que es un centímetro cúbico de paja y entras en la ciudad que es un centímetro cúbico de plomo, tan denso como el plomo, y supongo que por esta razón nos da la sensación de que todo se amontona en las ciudades. Pero no te olvides de que todo lo que hace de una ciudad grande se hace diminuto en la carretera. Hace años yo mismo vine aquí atraído por el imán de Madrid y cuando la veo ahora no dejo de preguntármelo: ¿cómo pude sucumbir al imán? ¿Qué clase de persona era? ¿Qué tipo de voluntad insulsa tuve? Una ciudad la forman hierro, asfalto y metal en tales cantidades que no dejan espacio para los sueños. No caben.

Burgos

Bosque burgalés.
Bosque burgalés. FOTO: Alfonso Masoliver

¿No es sorprendente cómo el aire, la lluvia y la tierra pueden metamorfosear el paisaje que vemos? Crean tantos tipos de árboles, tantas formas de montañas. Es maravilloso ser testigos del combate entre el verde y el amarillo en esta llanura burgalesa, azuzados por el aire y la lluvia y el viento. Ambos buscan una victoria definitiva en esta frontera de colores. Los olivos sucumben a los pinos, solo las encinas se mantienen. El amarillo de la esperanza se enfrenta al verde de la vida, la vida y la esperanza se enfrentan hasta casi parecer incompatibles. No sé cuantas veces he pasado por estos campos sin percatarme de su violencia.

Ahora abre la ventanilla y escucha el viento. El viento tiene una voz que nosotros no entendemos pero que, por alguna razón, engatusa a los chopos, los hace bailar y arrodillarse, incluso se suicidan al partirse por la mitad para satisfacer lo que sea que les pide el viento. Es una voz tan poderosa que nosotros no podemos entenderla, es la voz del Universo. Ahora mira el campo burgalés. Mira esos girasoles. No creo que haya nada más valiente que esos girasoles asomándose tímidamente de puntillas para robar trazas de luz al sol. Esa es la valentía de verdad y estoy seguro de lo que digo. Asomarse es la verdadera valentía. No creas que un valiente es aquel que comete actos heroicos porque la valentía es más mundana, más mediocre de lo que pensamos. Basta con abrir los ojos y enfrentarnos a este combate de colores.

Kilómetro 80 de la N-120

Mira el mar. Mira el mar. Son esos árboles de un bosque abandonado cuyas copas se balancean idénticas a las olas. ¿Alguna vez habías pensado que cuanto más abandonado está un bosque, más verde crece? Y cuanto más verde, más denso; cuanto más denso, más oscuro; cuanto más oscuro, más impenetrable; cuanto impenetrable, más misterioso; cuanto más misterioso, más excitante; cuanto más excitante, más agradable; y cuanto más agradable, más verde nos parece. Y todo vuelve a empezar.

La Rioja

El paisaje se ha simplificado. Aquí hay menos árboles. Pero lo que más nos llama la atención son las viñas. Piensa que cada uva de esas viñas guarda en su interior una lágrima, un beso, una carcajada expectante por ser abierta y rescatada. Si agudizas el oído podrías llegar a escuchar todos esos besos sonoros y húmedos, todas esas carcajadas groseras y lágrimas bosquejadas por el vino. Solo hay que prestar atención y estar un poco loco.

La Rioja.
La Rioja. FOTO: Alfonso Masoliver

Aquí se respira abundancia y vida, ilusiones y tradiciones. Sabes que hay una frase que dice que solo podemos dejar dos legados a nuestros hijos, que son alas y raíces, ilusiones y tradiciones. Piensa que en la vendimia encontramos la ilusión sin paliativos por la nueva cosecha pero también la tradición, también en la vendimia. Este es el único lugar del mundo donde pienso que ambas confluyen de verdad. Respira, baja la ventana, apaga el aire acondicionado, chorrea tu sudor, no pasa nada. Respira, respira, respira, respira. Diseccionamos los olores de la fruta y encontramos aromas del mar. El mar no está demasiado lejos y trae consigo trocitos de sal. Respira, respira, respira, respira. Ya casi hemos llegado. Respira, respira. En esos viñedos aparecen perfectamente compenetradas la matemática del hombre y la matemática de la naturaleza, es muy hermoso. En este viaje hemos encontrado sueños, desencantos, violencia, voces, mezclas de colores, valentía… pero solo aquí hemos hallado una armonía aceptable entre el hombre y la naturaleza, regada por el río Ebro, este río gordinflón y bueno. Respira, respira, respira, ¡traga! Trágate el aire como si fuera vino, este codiciado líquido, el petróleo del borracho.

Perdóname. Quizá toda esta excitación que me domina sea víctima de mi inconsciente que ya aplaude la llegada al destino. Pronto podré estirar las piernas y cerrar los ojos para desvincularme de lo que oigan mis oídos, podré dejar correr mis cinco sentidos sin pedirles explicaciones. ¡Respira, respira, respira, respira!