Serra da Estrela: el campo de juegos ideal para enloquecer en Portugal

Catalogada como Patrimonio de la Humanidad, esta sierra portuguesa recibe al visitante con los brazos de piedra abiertos y afilados

Vistas de la Sierra de la Estrella.
Vistas de la Sierra de la Estrella.Alfonso Masoliver

Buscamos un lugar que sea muy frío. Donde mantener el equilibrio sea difícil. Buscamos complicaciones. Que nos castañeen los puñeteros dientes hasta quebrarse. Buscamos paisajes escarpados que nos conduzcan hacia algún tipo de reconciliación: una reconciliación con nosotros mismos, con nuestra pareja, nuestro futuro, nuestro pasado, la naturaleza, el viento. Buscamos un conflicto que resuelva ese mal que nos atormenta hoy, o mejor, buscamos un conflicto por el mero placer de buscarlo, para perdernos y reencontrarnos, para perdernos sin final, buscamos un conflicto que nos ponga al límite y que nos enfrente a nuestros demonios. Buscamos un enfrentamiento, una prueba difícil de superar. Pero, ah, amigo, si fuera tan fácil situarnos en un momento tan magnífico como este... Los billetes de avión que pueden llevarnos a paisajes del estilo son muy caros, carísimos, el camino parece demasiado largo y dedicamos horas enteras a soñar con este enfrentamiento, somos adictos al conflicto, masoquistas de los cinco sentidos. Estamos locos. Y buscamos el lugar ideal para enloquecer sin condiciones. Buscamos las estrellas porque nos dijeron de pequeñitos que algún día las podríamos atrapar.

Solo es una suerte que LA RAZÓN me tenga en plantilla y que yo pueda recomendarte el lugar perfecto para desatar nuestra demencia, cerquita de casa y a un precio razonable. Lo voy a decir ya: es la Sierra de la Estrella. Conocida por los lusos como Serra da Estrela. Un rincón del mundo catalogado como Patrimonio de la Humanidad donde la naturaleza portuguesa nos mortifica para liberarnos, como una purga de malas vibras, nos tira piedras a traición, crea afiladísimos látigos de viento para azotarnos la espalda y el trasero, hasta desollarnos. Nosotros reímos y lloramos durante esta flagelación fantástica, porque nos hemos vuelto locos (por fin) tras agarrar un puñado de estrellas sin quemarnos los dedos.

Valle glaciar en la Sierra de la Estrella.
Valle glaciar en la Sierra de la Estrella. FOTO: Alfonso Masoliver

Agradecimientos al hielo

Si no fuera por el hielo, la Sierra de la Estrella sería hoy tan monótona como cualquier sierra común. Las montañas serían grandes y se retorcerían de una forma parecida, es cierto, las piedras tendrían la misma fuerza al resquebrajarse y estamparse ladera abajo, sin duda. Pero los desprendimientos, las montañas que inspiraron los cuentos sobre gigantes, los árboles que parecen sujetarse con botas de clavos en la pendiente, el viento corriendo fuuuuuuurioso como colérico entre riscos y peñascos, todo esto es normal en las sierras. Cuando eres español y has visto tantas montañas (nuestro país es el segundo en altura, solo por detrás de Suiza), un pico más o menos no conseguirá impresionarte. Necesitamos algo más fuerte, como yonquis que se han aburrido de las drogas blandas. Necesitamos el hielo. Cabezota y caprichoso. Cambiante con las estaciones. Hizo falta que al azar se le olvidase la existencia de nuestro planeta, que el azar desapareciera y con él los días de sol y de lluvia, las incógnitas del clima, la probabilidad de las estaciones, hizo falta que el azar se olvidara de nosotros y que empezara en la Tierra una Edad de Hielo. Y que aprovechándose de este despiste divino, el hielo ganara la partida al fuego y que lamiese como una lengua rígida toda la superficie del norte del planeta.

Las sagas del viento cuentan que el reino del hielo se expandió como nunca antes había ocurrido, y que sus ejércitos coparon todos los huecos posibles en la Sierra de la Estrella. Tendrías que haberlo visto, nos susurra, es una pena que no estuvieras allí conmigo: glaciares de kilómetros de largo machacaban la piedra hasta convertirla en gravilla, las orgullosas montañas se estremecieron bajo la mano del conquistador (sería interesante personificar la naturaleza de alguna manera, como si existiesen este tipo de guerras entre los elementos). El mundo en la Sierra de la Estrella crujía constantemente. Crujían el hielo y la piedra, crujía la tierra, crujían los árboles, crujía el granizo, crujía el agua abriéndose paso en este campo de batalla. Crujía como cruje la boca abierta de un volcán. Igual que los viejos imperios del hombre dejaron su huella para el estudio de la arqueología, y si visitásemos Mérida podríamos encontrar el teatro romano, o el zigurat de Ur en Irak, los imperios de los elementos también han dejado un tipo concreto de huellas para el estudio de la geología y la geografía. Lugares devastados donde podemos encontrar la locura que necesitábamos.

Los valles glaciares ya no tienen una pizca de hielo (excepto cuando nieva en invierno) pero su forma sigue allí, como un molde de acero. Las montañas ya pueden crecer o derrumbarse por su propia voluntad, aunque permanezcan a sus pies los pedazos que cortó el hielo. Ahora ven conmigo, sigue leyendo, vamos a ver algunos de los estropicios que causó.

Covão do Boi

Seguimos con la analogía de los imperios del ser humano. Igual que los arqueólogos estudian las columnas corintias, la naturaleza construye también sus propias columnas a partir de la destrucción, y me explico: durante miles de años, puede que millones, el agua que se filtraba en la tierra creó en la Sierra de la Estrella una capa de sedimentos que se apelmazaron alrededor de una serie de “columnas de piedra” hundidas bajo el suelo. El hielo y la erosión se encargaron de limpiar esa capa de sedimentos a la vez que hacían resurgir las columnas hundidas, quedando un resultado muy rocambolesco que podemos apreciar en la imagen de abajo.

Columnas formadas por la erosión y el hielo en la Sierra de la Estrella.
Columnas formadas por la erosión y el hielo en la Sierra de la Estrella. FOTO: Alfonso Masoliver

El circo glacial de Covão do ferro

Con la forma exacta de un anfiteatro, una longitud de 1700 metros y muros de 240 metros de altura, se considera el circo glacial más grande de toda la sierra. Curiosamente el ser humano es un experto adaptándose a su entorno (como tantos animales) pero lo que nos vuelve únicos es la capacidad que poseemos para adaptar al entorno a nosotros. De esta manera, el circo glacial de Covão do ferro ha sido utilizado como parte de la presa de Padre Alfredo. Un dato curioso y muy interesante, que nos permite ver de primera mano cómo la Sierra de la Estrella, ayer tan peligrosa y resbaladiza, hoy puede utilizarse con fines más... constructivos.

El glaciar de Alforfa

Durante los máximos de la última glaciación, el glaciar de Alforfa alcanzó una longitud de 5,8 kilómetros y un grosor de 249 metros. Perecerá una barbaridad, y más aún cuando acudimos al mirador indicado para ser testigos del poder demoledor de ese hielo que hoy no está, desapareció sin dejar rastro, como un ladrón de guante blanco, parecerá mucho pero este fue uno de los glaciares más pequeños de la Sierra de la Estrella llegando a conformar un miserable 7% de todo el hielo que albergó, no ya toda la sierra, sino esa única montaña. Solo viendo las proporciones bárbaras del glaciar más pequeño, podemos comenzar a comprender las cantidades de las que estamos hablando.

No quiero destriparte todo el cuento pero hay más cositas interesantes que ver en la Sierra de la Estrella. Una imagen de Cristo tallada en una piedra que hace de improvisado altar para los excursionistas, y donde la gente coloca como ofrendas pequeñas piedras que han recogido a lo largo del camino. Valles glaciares que cortan la respiración y nos hacen sentir minúsculos. Incluso una serie de tiendas que venden queso de cabra y oveja, jamón, jerséis de lana, pequeños souvenirs para llevarnos de vuelta a casa. Y resulta que, según me dicen mis amigos portugueses, cuando uno va de visita a esta extraordinaria sierra, se considera tan importante abrir los ojos y respirar su airecillo limpio como comprar uno de esos quesos de oveja deliciosos que nos permitirán, de alguna manera, llevarnos un pedacito de las estrellas de vuelta al hogar. Un recordatorio comestible sobre aquella vez que enloquecimos sin censura en las montañas.