Cine

Un encontronazo con el Diablo en el Valle del Arlanza

Al sudeste de la provincia de Burgos, al borde de un río, montones de leyendas e historias inquietantes saltan al paso del viajero

Cementerio de Sad Hill.
Cementerio de Sad Hill.Alfonso Masoliver

La idea parecía sencilla. Yo solo quería desviarme hacia Santo Domingo de Silos en mi camino a Burgos, era un desvío rápido, de no más de una hora, todo para visitar el archiconocido cementerio de Sad Hill que Sergio Leone utilizó en la película western de El bueno, el feo y el malo. Un desvío, o lo que es lo mismo, un capricho común entre los turistas. Me apetecía correr de una forma parecida a Eli Wallach cuando le poseyó el éxtasis del oro y regar las nubes con sus insultos y blasfemias, sentirme un bandido aunque fuera disfrazado y luego regresar al coche jadeante, sucio de sudor, una pizca más rico que antes, para retomar el camino a Burgos. La operación al completo no debería haber durado más de una hora; hora y media, a lo sumo.

Pero imagine primero el lector este paisaje, que me acompañe en la medida de lo posible durante una aventura. Conducimos por una carretera de piedra con mucho cuidado. En determinados puntos de la bajada aparecen convenientes calvas en la arboleda, ideales para distinguir el paisaje abrumador que nos rodea, y las consideramos un tipo de cuadros con marcos vivos y flexibles a las órdenes del viento. Montañas con picos erosionados y enormes mesetas se salpican aquí y allá bajo el manejo de un capricho divino, los árboles están coloreados con decenas de verdes, pueden verse matojos de florecitas marrones, blancas y amarillas a los bordes del camino. Pasamos junto a los arbustos muy despacio, apretando suavemente los frenos del vehículo. Cuesta abajo se sitúa el Valle del Arlanza: el paisaje diluye las acuarelas del agua con los grises del granito.

Un caballero nos sale al paso

Poco antes de atravesar una verja que señala el siguiente escenario de nuestra aventura (el tramo final de la carretera previo al cementerio de Sad Hill) un templario nos sale al paso. Se trata de una criatura endémica que pensaba extinta, una rara belleza incrustada con su armadura de piedra en el paisaje burgalés. En la base de la estatua que se planta rodeada por piedras de aspecto esotérico, parecidas a las que veríamos en un crómlech, se puede leer con claridad una inscripción misteriosa. La leo con la misma voz que la pronuncia el caballero, atrancando mis cuerdas vocales con puñados de arena de Oriente: “No hay paisaje castellano ni tierra más brava que ésta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano”. Solo después de leer la inscripción el soldado nos permite acceder al valle, ese valle de copas de pinos que parecían nata montada al estilo alienígena; algo así, de color verde y fluyendo a la vez, tan amplio que dan ganas de zambullir la cara en él y atiborrarnos a misterios. Un pensamiento incontrolable se apodera de mí, pura gula por curiosear, escarbar, manosear, olisquear. Los vicios que hacen del periodista de viajes un reportero fantasioso han reaparecido por mediación del hechizo del templario y ya no hay marcha atrás.

Castillo de Lara de los Infantes, muy próximo al Valle del Arlanza
Castillo de Lara de los Infantes, muy próximo al Valle del Arlanza FOTO: Alfonso Masoliver

Llegado a este momento estoy demasiado excitado por la perspectiva de indagar entre la cuesta y los misticismos del llano, entonces lo mando todo al carajo, cancelo mi habitación en el hotel de Burgos y busco el alojamiento más cercano al cementerio. El temblor que sufre nuestro espíritu puede llegar a estremecernos el cuerpo en ocasiones. Encuentro un alojamiento perfecto en cuanto a distancia, calidad y precio en Covarrubias, la cuna de Castilla, con buenísima puntuación en Booking, y allá que voy, al Hotel Doña Sancha (qué nombre tan estupendo para ambientar la aventura que me esperaba, Doña Sancha, nombre de reina, nombre de madre de reyes y asesinos) y por el camino se me ocurrió decidir que aprovecharía el empujón de mi impulso para exprimir hasta la última gota de este viaje improvisado, comiendo lo menos posible y pasando el máximo tiempo posible allí afuera porque ya nos quitaron el toque de queda, alabado sea el Santo Nombre. Otra decisión que tomé fue la de no utilizar el móvil para explorar el valle del Arlanza, ni los mapas de Google ni las reservas del Tenedor ni los sitios de interés de Wikiloc ni nada. Tenía el mapita de la zona que me dieron en recepción y El Mapa Oficial de Carreteras© que venía con el coche, con eso bastaba, así conseguiría viajar también con un método diferente, exprimiendo al máximo la experiencia, deambulando que se dice. Con el dinero justito para pagar los desayunos y una comida al día.

No sé por qué se me ocurrió algo así; quizá sería por el nombre del hotel, por el paisaje que pareció perseguir a lametazos el caudal del río, o por el fluir del mismo río escurriéndose con una lujuria montaraz entre riscos y peñascos. De vuelta en la carretera el paisaje se magnifica. Se intensifican los colores, cruzan ráfagas rapidísimas con olores a lavanda y miel.

Hice una visita rápida al cementerio para pistear el “triello” entre el bueno, el feo y el malo. Me pregunté si el malo estará enterrado en alguno de los 5.000 ataúdes vacíos (o espero que vacíos) que rodean el círculo del mítico duelo, hasta que un tipo que pasaba por allí y vivía en Santibáñez de Val me juró que aquello fue antes un cementerio, mucho antes de que rodaran la película. Aunque, según especificó, entonces era mucho más pequeño. Al terminar comentó que “algún malo habrá enterrado, alguno habrá”.

Cementerio de Sad Hill, visto desde arriba.
Cementerio de Sad Hill, visto desde arriba. FOTO: Alfonso Masoliver

Regresé al coche y subí la cuesta de vuelta a trompicones, zigzagueando entre leyendas y pinos. Se confunden en los pinos, chupan con avaricia el néctar empalagoso de las flores. Pero de camino a registrarme en el hotel vi un monasterio en ruinas que se pudría a un lado de la carretera, y tocó parar a investigar un monasterio en ruinas. Son unas ruinas magníficas. Se esconden en el borde de una montaña como las gotas de lluvia en un recoveco de piedra, y cada pedazo de ruina significa una gota, algo así, era precioso. Es el monasterio de San Pedro de Arlanza.

Tres en raya

Atención ahora a lo que pasó: el monasterio está en ruinas pero una guardia vigila el recinto desde fuera. De una manera similar al templario de piedra corta el paso a todo visitante y le obliga a escuchar su acertijo, como hace cualquier guardia en realidad. Y me comunica que las ruinas están cerradas porque llevan “haciéndose tareas de vigilancia y limpieza de níqueles” desde hace dos años. Yo pregunto cuándo volverá a abrir, a lo que mi esfinge personal responde: “eso yo no te lo puedo decir, Dios sabrá”, y suspira. Ella no sabe que yo lo sé pero conozco la vieja historia que cuenta cómo el Diablo hizo la vida imposible durante décadas a los habitantes del edificio original del monasterio, antes una ermita. Y que los pobres ermitaños fueron a pedir ayuda a un caballero templario que debía pasar por la zona, recién llegado de Tierra Santa, ya anciano y muy ducho en las artes esotéricas. Continúa la leyenda, casi un mito, diciendo que el templario retó al Diablo a jugar a un curioso juego traído de aquellas tierras, un juego curiosísimo que hoy conocemos como tres en raya, así de simple; marcó debajo de una de las fichas un símbolo especial para repeler demonios, similar a un desinfectante, y cuando el Diablo tocó la ficha sin saberlo se quemó la mano y desapareció jurando en arameo.

Ruinas del Monasterio de San Pedro de Arlanza.
Ruinas del Monasterio de San Pedro de Arlanza. FOTO: Alfonso Masoliver

Pero el templario murió hace siglos y los símbolos sagrados del monasterio se han desprendido por turnos contra una mala hierba y casi ni se ven, los tapan las zarzamoras, malvas, enredaderas, cicutas y mil otras especies de vegetales por determinar. Creo que sus propiedades divinas no serán muy efectivas hoy (si alguna vez lo fueron). El muro oeste está completamente derrumbado y no se ve ninguna cruz desde ese lado, ningún angelote que sujete arcos o lirios, ni el pez más sencillito. Contesté a la mujer que vale, que gracias por su servicio, y señalé que aun así rodearía el monasterio para echarle un vistazo, aunque solo fuera por fuera, aunque solo fuera por ser, porque estaba allí. Solo por eso merecía la pena.

He hecho trampa. Después de rodear los lados norte y este del edificio (todo ello fingiendo absoluta normalidad) comprobé muy satisfecho que el muro sur tiene huecos por donde entrar sin ser visto por la Esfinge. Prefiero el camino rápido y me cuelo antes de responder su acertijo. Caigo de cara contra unas zarzas, un pequeño accidente, pero consigo desenganchármelas sin mayores problemas. Me doy cuenta de que el corazón se me ha acelerado porque en el fondo no hago nunca estas cosas y me siento un delincuente, un fugitivo en su búsqueda del símbolo que no se haya derrumbado en este monasterio extraño.

Es solo que allí no quedaban símbolos. El cruzado quizá murió guerreando en Acre, los ermitaños piadosos se habían marchado de vuelta a la ciudad. Sin embargo ese monasterio recóndito en el valle del Arlanza no está abandonado del todo porque guarda un secreto que quizá debieras ver tú mismo (o mejor incluso, no verlo, olvidarlo, buscar otro destino). Yo no puedo contarte lo que vi porque su último habitante me obligó a jurar que no lo contaría. Únicamente bromeó acerca del templario ingenuo y me preguntó si estaba preparado para comenzar un viaje que duraría tres días exactos, empezando a contar desde ese minuto. Y con una sonrisa de ristras de dientes se insinuó para que firmase su trato.