Viajes

Objetivo La India: los hombres malos visten con flores

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

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Experimentamos un extraño placer cada vez que posamos nuestro pie en un nuevo país, permitiendo al tibio asfalto ascender por nuestro cuerpo de camino a la aduana. Existe magia durante esos primeros pasos. Todavía no sabemos nada sobre donde estamos, no más allá de cuatro líneas leídas en internet y faltas de cualquier sonido u olor, y cuando nos detenemos en la fila de visados descubrimos que en este país de quince, cien o doscientos millones de personas, no conocemos absolutamente a nadie. Nadie saldrá en nuestra ayuda si estamos en peligro. Nadie sabe siquiera que existimos. Somos un fantasma esperando a que sellen nuestro pasaporte, un fantasma torpe e ignorante de donde se encuentra, sus costumbres, el tacto de la aceras, incluso algo tan sencillo como la suave melodía que emite su idioma. Los pasos se atropellan hasta perder la cuenta de cuantos llevamos, salimos del aeropuerto, aspiramos los olores y miles de sonidos irrumpen con el estruendo de una avalancha en nuestros oídos. Paso a paso, volvemos a existir. El conductor del tuc tuc charla contigo de camino al hostal, un grupo de jóvenes te ofrece sentarte con ellos a cenar, cruzas miradas y sonríes a un desconocido, desgastas las suelas de tus zapatos callejeando, pruebas bocanadas de lo extraño. Luego parpadeas, sin atreverte a pensarlo, y vuelves a cruzar una nueva frontera, reseteado, nuevamente ignorante del suelo que andas pisando.

Por eso no sabía qué esperar de Camboya cuando descendí cauteloso del avión. Desde luego, no esperaba que ese mismo día tuviese tiempo para ver el Palacio Real en Phnom Penh, ni se me ocurrió en los sueños más salvajes un palacio como aquél. Tiene el techo dorado, como si el sol caprichoso hubiera querido secarse en él; los meticulosos grabados estirados y deformados hasta alcanzar tintes parecidos a la psicodelia; una estatua ecuestre de Napoleón III, puro acero oscuro, desentonando pobremente entre tantas tonalidades de color. Un palacio real sacado de los viejos cuentos, con tantos edificios que se asemeja a un pequeño pueblo, rodeado por un impresionante murete con grabados del Ramayana. Deliciosamente detallado, el mural narra la épica historia del príncipe Rama, datada en el siglo III a. C y todavía un referente en la cultura hindú.

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Esta morbosa exposición de riqueza fue un duro contraste respecto a los campos de genocidio que visité al día siguiente en Choeung Ek, donde todavía se mantienen intactas las fosas comunes con las víctimas de Pol Pot. En la entrada de los campos se yergue una inmensa columna de cristal rellena de calaveras, como un terrible altar a la realidad, un recuerdo de los viejos castigos a la libertad. Allí está, abierta a los turistas y rodeada por franjas de tierra sospechosamente hundidas, sobre las que ya han crecido tímidos brotes de hierba y por donde las gallinas picotean despreocupadas. Durante sus cuatro años de gobierno, el dictador comunista terminó con la vida de dos millones de personas. ¿Por qué, para qué tanta muerte, tanto dolor por cuatro míseros años de poder? Solo se me ocurre que Pol Pot sabía muy profundamente la verdad, que él no debía gobernar, y temió que alguien más descubriese su secreto.

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Phnom Penh. Siempre he pensado que las capitales de país son diferentes a cualquier otra ciudad. Existe en ellas un aterrador anonimato por su densidad poblacional, o porque la gente que vive en ellas proviene de tantos lugares que no existe una caridad fraternal como en las zonas rurales. Nadie se conoce realmente, tampoco es sencillo sobrevivir. No hay mares interminables para pescar, ni pequeñas parcelas de terreno que cultivar. Por otro lado, la mendicidad es una opción que solo un valiente sería capaz de manejar, y poco a poco sentimos los edificios aprisionarnos en nuestra búsqueda de trabajo, éxito y dinero, todos esos sueños que nos arrastraron de las afueras a la gran capital. En Phnom Penh descubrí, escondida bajo los tejados dorados del Palacio Real, una segunda capa, muy sucia, muy pringosa, extendiéndose por las zonas de bares cerca del Mekong y más especialmente, cuando comenzaba a anochecer. Aquí y allá destacan como disfrazados los hombres occidentales entrados en años, vestidos con camisas de flores y bebiendo solos o en parejas, escrutando sin disimular las esquinas de la calle. Son ellos. Son las sanguijuelas que chupan la sangre de quienes ya no saben cómo sobrevivir en la cruel capital. Son quienes sacan un puñado de billetes y los dan a una muchachita no mayor de dieciséis años, o muchachito, antes de agarrarlos por la cintura y desaparecer en su habitación de hotel. El infame turismo sexual camboyano es tan evidente, tan generalizado, que uno puede comprobar con estupefacción las sonrisas vanidosas de estos desgraciados, impunes gracias a la corrupción policial y la necesidad ajena.

Salí de Phnom Penh asqueado, dirección a Siem Reap, donde establecí mi base para explorar sus alrededores durante los cuatro días siguientes. Rápidamente trabé amistad con Sorem, un conductor de tuc tuc apasionado por la historia de Camboya, y al día siguiente nos citamos para visitar los templos de Angkor.

Es difícil encontrar palabras dignas para describir estos templos budistas. Situados en lo que antaño fue una ciudad con un millón de habitantes cuando Londres apenas rozaba los cincuenta mil, fueron construidos entre los siglos ocho y quince por los reyes de la dinastía Angkor, perdidos posteriormente durante siglos y reencontrados cerca de Siem Reap por exploradores franceses durante la colonización indochina. Son decenas, de piedra negra y devorados por la selva. Aunque algunos resisten forzadamente el paso del tiempo, la mayoría están parcialmente en ruinas y un pobre trabajo de restauración acabó con los líquenes que los protegían de la humedad, por lo que su supervivencia corre peligro pese a ser Patrimonio de la Humanidad. Esta es la teoría. La práctica es todavía más abrumadora. Al entrar en cada uno de estos templos, primero debes perderte en sus complicados laberintos, girando a izquierda o derecha sin parar a pensarlo, hasta encontrar un pequeño y mal iluminado altar dedicado a Buda. Estos altares son la única decoración que queda en los templos. Un poco de incienso, un manto rojo cruzado sobre el pecho de la estatua, quizás una o dos ofrendas. Luego sientes un sudor denso empapar tu camiseta, hace calor, mucho más calor que fuera del templo. Probablemente este calor tenga una explicación lógica, como que la piedra húmeda por la lluvia, unida al ardiente sol, provocan una especie de efecto invernadero y aumentan la temperatura, algo así de sencillo. Pero no, no puede ser únicamente eso. Es un calor distinto, más amplio que el científico, más profundo, como si dentro de los templos hubiese una energía tan intensa que abrasa nuestro cuerpo, una sobrecarga de espiritualidad abstracta que nos abandona cuando salimos de ellos.

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Las aventuras por los alrededores de Siem Reap se continuaron los días siguientes junto a Sorem, a quien di carta blanca para que me llevase donde creyera oportuno. Visitamos impresionantes pueblos flotantes como Prek Toal, explorando en balsa sus bosques acuáticos, meditamos en calladas pagodas y catamos en profundidad el amplio repertorio culinario camboyano, desde la carne de cocodrilo, seca y de fuerte sabor, hasta los grillos fritos, pasando por las ranas rellenasde jengibre y los noodles de arroz. Una compleja melodía de color y sabor hasta el último día, cuando Sorem quiso enseñarme el Museo de Guerra. Su guerra. Treinta años de caóticos combates entre diferentes facciones del Partido Comunista de Camboya que incluyeron la dictadura de Pol Pot, bombardeos estadounidenses, una ocupación de diez años por parte de Vietnam y un doloroso recuerdo, el de las minas sin desactivar sembrando sus campos de arroz. Al salir del museo, cuando pregunté a Sorem su experiencia en la guerra, contestó de corrido, sin pararse a reflexionar: a su tía la ejecutaron por saber leer y escribir, su padre pasó dos años escondido en la selva, su hermana desapareció y él, que apenas era un niño durante los años violentos, todavía recordaba sus sensaciones al caminar solo en busca de bambú. Me contó como su corazón latía tan fuerte que podía sentir sus piernas ablandarse a cada paso, y a cada paso inevitable imaginaba cómo sentiría la explosión fatal.

Camboya ha supuesto un giro en este viaje. He encontrado un país demasiado complejo para poder comprenderlo en una sola semana, con toques de crueldad y amor a partes iguales, una historia rica pero despiadada y su población llena de amor pese al sufrimiento. Un yin yang de humanidad. Un rincón del mundo imposible de no apreciar y, espero, todavía a tiempo de salvarse.