Objetivo Mongolia: No sabemos nada

Nuestra caravana en el viaje
Nuestra caravana en el viaje

Ya está lejos Estambul. También el Bósforo encendido, y el bullicio ajetreado del Gran Bazar haciéndonos tropezar. Ha pasado otra semana y ahora son otras aguas, las del Caspio clareado lamiendo el ajetreado puerto de Bakú, quienes reflejan el camino que debemos continuar. Estambul es un sueño difuso, lleno de color. Si me paro a recordar, puedo incluso dudar que la ciudad llegase a ocurrir realmente, y que fueron otros, viajeros menos experimentados que nosotros, quienes se dejaron perder entre sus mezquitas de mosaicos y cristal.

Mañana cruzaremos el Caspio, o tal vez pasado. Puede incluso que dentro de varios días más, no lo sabemos. Todo depende de cuándo decida salir el ferry. Únicamente sabemos que antes o después llegaremos al otro lado, a Turkmenbashi, y desde allí seguiremos nuestra ruta hacia Mongolia.

Mientras tanto, las aventuras se atropellan en la carretera. El 29 dormimos al raso en el desierto turco, cara a cara con la intimidad de las estrellas, peleando encarnizadamente contra los mosquitos de un oasis cercano; en Georgia nos sumergimos en la reserva natural de Bordshomi, cuyas inmensas paredes de montañas recuerdan a la Pedriza, aunque son más altas incluso, los bosques los pueblan muchos más osos, linces o lobos, y nuestra ducha y lavadora fueron un río de agua fría con sus piedras; poco después de entrar en Azerbaiyán fuimos detenidos por la policía en busca de un pago indiscreto.

Llevo toda la semana buscando la forma de explicar lo que mis ojos han absorbido en la brevedad de siete días, pero no me veo capaz de lograrlo con plenitud. Tan solo puedo entender Sócrates y su conocida frase acerca de no saber nada. Fue en vida un viajero empedernido del espacio, en la muerte del tiempo, y quizás fueron tantos viajes quienes le hicieron descubrir su ignorancia. Porque atravesando la frondosidad de Georgia, procurando descifrar sin éxito los jeroglíficos que se nos presentaban como su alfabeto, o mirando por la ventanilla el ajetreo de las calles, entendimos finalmente la terrible sentencia: no sabemos nada. Ni nosotros, ni usted, ni nadie. Cada país es un mundo, cada pueblo incluso, cada árbol asaltándonos por el camino. ¿Cuál sería ese animal que entorpecía la carretera en Ganyá? ¿Y aquél edificio, qué esconde dentro? ¿Qué significa ese cartel? ¿Cuáles serán las ilusiones de este pastorcillo vestido con la camiseta de Messi? No lo sabemos, nunca lo sabremos.

En Turquía, el paisaje cambiaba a bofetadas. En un solo día atravesamos una frondosa selva de pinos negros, la sequedad del desierto, la inmensa ciudad de Ankara, incluso un extraño lago de sal. En aquél lago paramos a la Merche y bajamos para ver la puesta de sol. El astro rey se zambulló en las entrañas de la tierra casi sin avisar, de un rojo muy intenso, sazonado con aquél lago desconocido. Y nosotros lo vimos, después compramos frutos secos a unos granjeros y volvimos a la carretera. Luego llegamos a la Capadocia. Llegamos de noche porque arribar a los sitios con la luna se ha vuelto costumbre. Nos da la oportunidad de adivinar dónde estamos antes de verlo realmente; aprovechando la luz de farolas y estrellas, intentamos adivinar formas que, al levantarse el sol, dejan nuestros ojos perplejos por la impresión. Es que los edificios de allí los tallaron en las propias montañas, excavando cuevas y abriendo ventanas durante el período del neolítico, y desde entonces los han habitado hititas, persas, macedonios, romanos y selyúcidas. Seis mil años después, las casas siguen en pie con las montañas. Cuando sale el sol en la Capadocia, se elevan decenas de globos de helio, todos a la vez. A partir de las cinco y media de la mañana, pintados con cientos de colores, subían cada vez más al compás de la luz, frente a nosotros, que estábamos demasiado adormilados para entender qué ocurría. ¿Por qué suben tantos globos? ¿Por qué justamente aquí? No lo sabemos. Solamente los vimos volar, eso parece bastarnos.

Impresionante país, el de los famosos turcos. Hace seis años tuve la oportunidad de ir y lo que me he encontrado ahora es una escena radicalmente distinta. Quizás sean los expolios de África dando sus frutos, o su intención de abrirse al mundo, o las políticas gubernamentales, pero el caso es que nunca vi tantos paneles solares en tantas casas como allí. ¡Tan limpio, tan moderno! De camino a la frontera, tras subir y bajar el Altiplano Armenio, nos detuvimos en una gasolinera para comer, y junto a ella se erigía un inmenso centro comercial. Inmenso, rellenado por una auténtica turbamulta de familias, ancianos confusos, dependientas de blancas dentaduras y música atronadora sonando por los altavoces. ¿Por qué allí, en mitad de la nada, a las puertas de otro desierto? No lo sabemos.

Luego cruzamos a Georgia, siendo nuestro primer acto en el país bañarnos en el Mar Negro junto a la frontera. La playa era de piedras y si metías la cabeza bajo el agua tibia, podías escuchar las piedras chirriar bajo la superficie. El agua era oscura, de un negro azulado y poco salada. Nos salpicamos con ella y regresamos a la furgoneta.

Soy una persona joven y siempre pensé que había conocido mundo pese a mi tierna edad, pero anteayer conocí a un escocés que está yendo de Edimburgo a Nueva Delhi en bicicleta. Cuando me lo contó, me sentí ridículo. Ahora sé que no se nada. Creía que ya lo sabía porque hay infinitos libros por leer que nunca leeré, incontables lugares por visitar que nunca visitaré. Pero aunque creer es importante, saber es inevitable. Lo inevitable se torna ahora en precioso ante nuestros ojos.

Yo lo vivo todo con las manos agarradas al estómago porque hace días que no voy bien al baño. Este viaje está pasándome factura. Las trabas del idioma, unidas a lo extraño de los platos que nos ponen delante, hace prácticamente imposible saber si este kebab lleva trigo o no, si esa salsa utilizó harina para espesar o si el desayuno de ayer llevaba gluten. Por supuesto, intento tener el máximo cuidado posible, aunque un pequeño dolor de tripa tampoco me vaya a amilanar.

En la frontera de Georgia con Azerbaiyán fuimos testigos de un curioso fenómeno. Tuvimos que pasar un rato largo esperando a que Pacho cruzase con Merche por otra entrada (el papeleo para vehículos prueba cualquier paciencia) y nos entretuvimos observando la actividad fronteriza: hombres altos nos agitaban fajos de billetes ante la boca exigiéndonos cambiar euros, abuelas curtidas nos ofrecían tabaco... Pero el fenómeno de los pañales fue la mayor curiosidad de todas. Resulta que, cada vez que alguien entraba en el país, lo hacía con un paquete de pañales bajo el brazo; se los entregaban a un adolescente a cambio de varios billetes, éste los apilaba a un lado y, al cabo de diez o quince minutos, aparecía un viejo Lada soviético donde metían los pañales. Nadie decía una sola palabra, tan solo intercambiaban billetes por pañales y pañales por... nada. Gari hizo la acertada observación de que los pañales son el producto perfecto, porque todas las madres quieren los culitos de sus hijos suaves y sanos, y no importa el lugar al que vayas ni su cultura, todos los bebés utilizan pañales.

Podría ser. Nunca lo sabremos.

Ahora debo irme. Nos alojamos en la casa de un antiguo general azerbaiyano de la era soviética que no soporta a los rusos pero adora a los españoles y a los italianos, y su hijo más pequeño lleva todo este tiempo insistiéndome en que juegue con él a la pelota. Parlotea en su idioma pero yo no entiendo nada. Quizás más tarde, o en otra vida, sea capaz de preguntarle por dónde quiere que le tire el balón.