BCE

Europa no necesita más estímulos

En marzo de 2015, hace ya casi cuatro años, el BCE inició su programa de estímulos monetarios para relanzar a la languideciente economía continental. Por aquel entonces, se nos decía que la gran diferencia entre EE UU y la eurozona era que los primeros habían recibido una importante dosis de políticas expansivas, mientras que los segundos no. De ahí que si queríamos consolidar la recuperación y relanzar la generación de riqueza, resultaba urgente que Draghi comenzara a monetizar cantidades masivas de deuda púbica en lo que vino a llamarse la «flexibilización cuantitativa».

Desde entonces, el balance del BCE ha crecido desde los 2,1 billones de euros hasta los 4,7 billones. Cuatro años y 2,6 billones de euros después, ¿cuál ha sido el resultado de esta heterodoxa política monetaria? Pues que tras una brevísima etapa de crecimiento económico algo más elevado, la economía de la eurozona está embarrancando de nuevo. Francia dice que crecerá un 1,7% en 2019 y Alemania apenas confía en expandirse un 1%; España, siendo optimistas, lo hará un 2,2%. En todo caso, se trata de un ritmo mediocre que únicamente pone de manifiesto algo que muchos ya advertimos en su momento; algo que incluso Draghi se atrevía a verbalizar mientras ponía en marcha su querido programa de flexibilización cuantitativa: a saber, que las políticas monetarias expansivas –aun cuando pudieran contribuir a impulsar transitoriamente el crecimiento, que ni siquiera existe un fuerte consenso sobre eso– no son a buen seguro un sustituto de las reformas estructurales. A largo plazo, el crecimiento económico de cualquier sociedad depende de la mejoría de la productividad: y la política monetaria no genera incrementos de la productividad.

Como mucho, la laxitud monetaria puede abaratar transitoriamente el crédito y ese crédito abaratado puede impulsar temporalmente la inversión. Pero la cuestión es que semejante dopaje –insostenible como lo es en el tiempo– no remedia los obstáculos estructurales de nuestras economías que ahuyentan al inversor y que paralizan nuestro dinamismo económico: altísima presión fiscal y omnipresentes rigideces regulatorias. Si en Europa empresas y trabajadores no cuentan con margen de maniobra para autoorganizarse (pues deben someterse a las directrices arbitrarias de las normativas políticas) y, para más inri, los ingresos que cosechen en medio de tan agreste entorno son ulteriormente parasitados por el fisco, inevitablemente resulta muy complicado que, con o sin flexibilidad monetaria, la productividad aumente con rapidez dentro del viejo continente.

Todavía peor, los estímulos monetarios, en la medida en que generan una sensación provisional de falsa prosperidad, pueden llevar a muchos gobiernos a dormirse en los laureles y a guardar en el congelador cualquier guiño reformista que pudiesen contener sus agendas. Eso es lo que sucedió a partir de 2015: todos los gobiernos europeos se centraron en emitir deuda en lugar de en liberalizar sus economías. Por eso, el crecimiento sostenido no ha regresado en 2019 y por eso sería un error pretender continuar dependiendo de los estímulos.