Alfonso Ussía

Villamagna

Se ubica en el viejo solar del palacio de Larios. Calle de Ortega y Gasset –Lista–, paseo de La Castellana y el pequeño tramo con el nombre del marqués de Villamagna, que desde Serrano hacia arriba cambia de titular en beneficio de Don Ramón de la Cruz. En el decenio de los setenta, los hermanos Fierro y César Balsa, un inteligente español emigrado a México, construyeron en el gran solar el Hotel Villamagna, quizá el más caro y lujoso de los hoteles de Madrid, a la espera de la remodelación del Ritz. Un café cuesta un potosí, y una copa un congo. Y me parece normal porque sus salones, su bar y su servicio son extraordinarios. Tiene un restaurante chino, como sus actuales propietarios, que se lo compraron a unos turcos muy curiosos, como dicen en el Principado de Asturias.

El jueves 14 de febrero por la tarde, día de San Valentín, patrón de los enamorados, una exótica pareja abandonaba el lujo del gran establecimiento hotelero. No creo que la pareja se reuniera en el Villamagna para celebrar, lo que Keats denominaba «la dulce sensación de la pasión humana». Con toda probabilidad provenía el dúo de una suite pagada por todos los españoles. Podían haberse reunido en lugares más ocultos a la curiosidad ciudadana, que los tienen, tanto en La Moncloa como en Villa Tinaja, la Navata, Galapagar. La pareja que abandonaba el Hotel Villamagna aproximadamente a las 19 horas, ya la habrán identificado los lectores de La Razón. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, reunidos en el modesto hotel para preparar estrategias, fechas y el Consejo de Ministros. Dos corazones que laten al unísono. Sin besos, pero mutuamente amados bajo la sombra de Pepe Stalin.

Estos siniestros personajes – siniestra es sinónimo de izquierda–, gustan mucho de los lujos. Brincar desde Vallecas al Parque Nacional del Guadarrama y de los clubes de masajes y saunas al Palacio de La Moncloa, donde Francisco de Goya amó y pintó a la mítica duquesa Cayetana –no está resuelto el enigma de si la pintó antes de amarla o la amó con anterioridad a pintarla–, no es sencillo de asumir con naturalidad por los nuevos ricos y los horteras. El lujo engancha, y si no lo creen, pregunten a Begoña e Irene si engancha o no. Tanto uno como el otro tenían a su alcance el palacio o el chalé para conspirar contra la normalidad democrática, pero eligieron el Hotel Villamagna para hacerlo. Un despropósito estratégico y un nuevo abuso del dinero público, que no es de nadie, según la eximia vicepresidenta del supuesto Gobierno de España. La mayor diferencia entre La Moncloa y La Navata es que en La Moncloa los guardias civiles disfrutan de calefacción y cuarto de baño, y en La Navata sufren las gélidas temperaturas invernales de la antesierra y si les acucian las necesidades fisiológicas están obligados a buscar su intimidad como los gamos, los venados y los jabalíes, que por allí abundan.

Es cierto que Churchill se reunía con sus adversarios en el Claridge´s o el Dorchester de Londres, que Kennedy, cuando pasaba por Nueva York se citaba con sus chicas en una suite del Pierre, y que Mitterrand se complacía con su amante cruzando de acera a acera el Faubourg Saint Honoré desde el Elíseo al Hotel Bristol. Pero lo hacían pagando de sus bolsillos camas y consumiciones, y por otra parte, no son comparables con estos individuos tan catetos como los nuestros. Aquí en España, y concretamente en Madrid, los nuevos ricos gustan de ser vistos, como la ministra de Justicia Dolete Delgado y el juez apartado de los Juzgados por prevaricación, Balta Garzón, que se ven en la «Manduca de Azagra», restaurante navarro en la calle Sagasta. Allí se acuñó la voz «trifálica» refiriéndose a los partidos que no son socialistas, ni comunistas, ni vienen del terrorismo o son independentistas.

En el Hotel Villamagna, de gran lujo, se encontraron casualmente dos hacedores de la fragmentación de España para acordar actuaciones futuras. Nos salió caro a los españoles el encuentro, pero mejor unas copas en el Villamagna que chorros de combustible en los Falcon para divertirse en los conciertos estivales o la seguridad personal de los Iglesias en Galapagar. Tan sólo desearles y recomendarles que no abusen, y si están necesitados de verse, aunque sea en la tarde de San Valentín, que lo hagan en sus palacios o chalés, que los tienen y bastante grandes, por cierto.

Vaya con la parejita.