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En 2018 los diabéticos podrán disponer del páncreas artificial

El esperado dispositivo controlará la glucosa en sangre y ajustará automáticamente los niveles de insulina a inyectar, otorgando a los pacientes europeos más libertad y seguridad

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Jorge Alcalde.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

02 de julio de 2016. 22:43h

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Jorge Alcalde.  Madrid. 1/7/2016

Cada año, más de 1.100 personas son diagnosticadas de diabetes tipo 1 en España. La mayoría de ellos son menores de edad. Desde el momento del diagnóstico, la vida de estos pacientes depende de la correcta administración de insulina, la sustancia que su organismo ya no es capaz de generar por sí solo. La dosis de fármaco depende de muchos factores: la cantidad de glucosa en sangre en cada momento, los hidratos de carbono consumidos en la comida, el ejercicio físico... Los diabéticos tienen que aprender a calcular por su cuenta lo que el páncreas hace de manera natural en las personas sanas: cuánta insulina hay que introducir en el torrente sanguíneo en cada ocasión.

Existen dispositivos muy avanzados para medir la glucemia y bombas infusoras de insulina que administran el medicamento con gran precisión. Pero no son autónomas, necesitan de la programación exhaustiva del paciente. Desde hace años se sueña con la posibilidad de crear un sistema cerrado que ponga en contacto los dos aparatos de manera inteligente: un medidor de glucosa determina la cantidad de azúcar en sangre y envía su medición a un infusor de insulina que decide cuánto medicamento inyectar, sin necesidad de intermediarios.

Pero el aparato se ha resistido a convertirse en realidad, hasta ahora. Porque, según un estudio publicado en «Diabetología» (la revista oficial de la Asociación Europea de Diabetes), un sistema cerrado como éste podrá estar disponible en 2018. Es lo que llaman páncreas artificial, el sueño de cualquier diabético.

Existen ya suficientes ensayos clínicos que demuestran la viabilidad de esta tecnología. Los pacientes que han experimentado con ella han informado de que el aparato les otorga mucha más libertad y seguridad. Pero todavía es necesario afrontar algunos retos importantes. Uno de ellos es la variabilidad de la cantidad de insulina necesaria para un paciente dado. La misma persona puede requerir un día una dosis y el día siguiente tres veces más o la tercera parte dependiendo de su dieta o del ejercicio físico realizado.

Los análogos de insulina utilizados no actúan inmediatamente en el organismo. Incluso los de acción rápida pueden tardar entre dos y tres horas en alcanzar su pico. Cualquier cambio en los hábitos del paciente que ocurra en ese periodo puede requerir una corrección. El enfermo aprende a corregir las hiperglucemias o hipoglucemias derivadas de esa variabilidad. El páncreas artificial debe programarse también para ello.

Los ensayos clínicos realizados hasta la fecha (con pacientes en casa o con niños en campamentos de verano, por ejemplo) han mostrado gran eficacia en esa tarea de autorregulación de la insulina. En la actualidad, están en marcha otros estudios más amplios (de hasta un año de uso del aparato) que pretenden demostrar que la tecnología es realmente segura. No sólo en términos médicos sino, incluso, en términos informáticos. Estos aparatos dependen de conexiones inalámbricas. Es importante testar que la tecnología no va a fallar en el momento más decisivo por culpa de una mala conexión o, aunque parezca menos probable, que los datos que los aparatos de medición y de suministro de medicamento intercambian, y que forman parte de la intimidad clínica del individuo, no van a ser «robados» por terceros.

Teniendo en cuenta todos estos condicionantes, los expertos creen que el páncreas artificial será pronto una tecnología coste-efectiva. De hecho se prevé que sea aprobada por la FDA de EE UU a finales de 2017 y por las autoridades sanitarias europeas unos meses después.

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