OCS

Organización de Cooperación de Shanghái, el órdago de China para desmantelar el orden occidental con un bloque plagado de fisuras

La cumbre de la OCS reúne desde hoy a parias internacionales como Putin, Lukashenko o Kim Jong Un

Pekín se prepara esta semana para proyectar su poder con una doble exhibición de diplomacia y músculo militar, diseñada para consolidar su ascenso como líder indiscutible del orden global. Desde el domingo, la ciudad costera de Tianjin será el escenario de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), un foro donde potencias contrarias al dominio occidental tejen alianzas para desafiar el statu quo. Días después, un colosal desfile militar en la capital marcará el 80º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, una demostración de fuerza que reverberará en un mundo fracturado por guerras híbridas, sanciones y polarización. Con Xi Jinping al timón, la segunda economía mundial envía así un mensaje inequívoco: está decidida a liderar un bloque que reconfigure el equilibrio de poder frente a un Occidente en retirada. Sin embargo, las grietas internas, las culturas estratégicas divergentes y las rivalidades entre los miembros de la OCS podrían reducir esta audaz maniobra a un brillante pero vulnerable ejercicio de propaganda.

Este año, China ostenta la presidencia rotatoria de la organización, y Tianjin no ha sido elegida por casualidad: gracias a su posición geográfica, esta metrópoli de más de cuatro millones de habitantes representa un nodo estratégico en el marco de la Ruta de la Seda, el proyecto insignia de influencia e infraestructuras globales lanzado por el líder chino en 2013. Esta urbe será un termómetro de la fortaleza de la organización. El presidente chino recibirá a líderes de peso como Vladimir Putin de Rusia, Narendra Modi de India, Aleksandr Lukashenko de Bielorrusia, Masoud Pezeshkian de Irán, Prabowo Subianto de Indonesia, Min Aung Hlaing de Birmania y, en un gesto cargado de simbolismo, Kim Jong-un de Corea del Norte. El ermitaño de Pyongyang rara vez sale de su búnker; su presencia aquí subraya que China es el imán que atrae a los parias del sistema occidental.

A lo largo de un cuarto de siglo, la OCS ha ampliado significativamente su ámbito de acción original que se centraba principalmente en la esfera de la seguridad y la lucha antiterrorista, al tiempo que se ha expandido en términos de países miembros de pleno derecho o simples observadores. Reúne a diez Estados —China, Rusia, India, Pakistán, Irán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán y Bielorrusia— y 16 observadores, representando cerca del 25% del PIB global, según datos del Banco Mundial. Este bloque, que abarca desde el Pacífico hasta el Cáucaso, se presenta como contrapeso a las instituciones occidentales como la OTAN o el G7. No obstante, carece de cláusulas de defensa mutua a diferencia de la OTAN, y se presenta como un foro para la buena vecindad y la cooperación política, económica y en seguridad. Su reto, superar las desconfianzas y ofrecer resultados tangibles

Con todo, su cohesión está bajo presión. En los últimos meses, cuatro de sus asociados han estado inmersos en conflictos de envergadura: la guerra de Rusia en Ucrania persiste, mientras ha alcanzado niveles de devastación comparables a los peores conflictos del siglo XX; el enfrentamiento de 12 días entre Irán e Israel en abril, marcado por ataques de misiles y ciberataques; y los choques en Cachemira entre India y Pakistán, que han reavivado acusaciones mutuas de terrorismo. Estas crisis tensan las relaciones bilaterales dentro del bloque y cuestionan su capacidad para actuar como un frente unificado.

Cumbre bajo presión

Este cónclave posiciona al anfitrión como arquitecto principal de un orden multipolar que desafía la hegemonía del sistema internacional liderado por Occidente. Xi Jinping, cuya consolidación al frente del Partido Comunista Chino tras más de una década ha redefinido la política interna, aprovechará para proyectar una visión estratégica que promueve un marco de gobernanza global desvinculado de la primacía del dólar y las instituciones financieras occidentales. Su discurso, articulado con la precisión propia de la diplomacia china, evitará confrontaciones directas con Estados Unidos, pero enfatizará la necesidad de un sistema alternativo, resonando entre estados constreñidos por sanciones, aranceles y otras formas de coerción económica que buscan subvertir las estructuras heredadas de Bretton Woods.

Para Vladimir Putin, la cumbre representa una oportunidad crucial para reforzar la legitimidad de Rusia en un contexto de aislamiento internacional sin precedentes. El conflicto en Ucrania, que ha mermado las reservas rusas congeladas por sanciones occidentales según el Banco Central Europeo, ha acrecentado la dependencia de Moscú hacia aliados como Pekín y Nueva Delhi. Sin embargo, la neutralidad calculada de ambos en la guerra ucraniana, junto con las órdenes de detención emitidas por la Corte Penal Internacional contra Putin por crímenes de guerra, impone restricciones a miembros de la OCS como Kirguistán y Tayikistán, obligados a cumplir con el Estatuto de Roma. Narendra Modi, por su parte, enfrenta un delicado equilibrio estratégico. En su primera visita a China desde 2018, el primer ministro indio busca atenuar las tensiones derivadas del enfrentamiento en Galwan de 2020, que cobró la vida de 20 soldados indios, sin comprometer su alineación con Washington, esencial para contrarrestar el ascenso chino. Las disputas fronterizas en el Himalaya y la rivalidad con Pakistán por Cachemira limitan su margen de acción, forzándolo a moderar cualquier retórica antioccidental

Entretanto, en la Casa Blanca, Trump observa con frustración cómo Xi le roba un posible show en Corea del Norte, donde el republicano sueña con revivir los diálogos fallidos de 2018-2019. ¿Es esta cumbre el clavo en el ataúd de la influencia estadounidense en Asia?

Desafíos y oportunidades

A pesar de sus ambiciones, la OCS enfrenta tres desafíos clave en Tianjin. El primero es lograr una declaración conjunta que sortee los intereses enfrentados de sus miembros. India y Pakistán, tras los recientes choques en Cachemira, difícilmente consensuarán un texto que aborde el terrorismo sin señalarse mutuamente. La segunda prueba es aprovechar los márgenes de la cumbre para diálogos bilaterales que reduzcan tensiones, como los encuentros entre Xi y Modi en 2017 y 2020, que lograron aliviar fricciones. La ultima, y más crítica, es demostrar que la OCS puede ir más allá de la retórica. Su Estructura Regional Antiterrorista (RATS), creada en 2002, ha coordinado ejercicios militares, pero carece de eficacia real ante atentados. La organización también sufre de un secretariado débil y de la ausencia de mecanismos para resolver conflictos, lo que la relega a un foro de gestos grandilocuentes.

Sin embargo, la OCS mantiene cierto potencial funcional. Proyectos como el ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán, con un presupuesto de 4.700 millones de dólares y previsto para 2026, o los acuerdos energéticos que canalizan 50.000 millones de dólares anuales en gas ruso a Asia Central, según Gazprom, muestran avances concretos. Afganistán, como observador, es un punto de consenso: el terrorismo transfronterizo, el narcotráfico y la trata de personas son prioridades compartidas, con patrullas conjuntas en fronteras centroasiáticas.

Despliegue bélico histórico

Pekín marcará el 80º aniversario del triunfo en la Segunda Guerra Mundial con el desfile militar más formidable desde 2019. Más de 10.000 efectivos, 100 aeronaves y centenares de vehículos blindados rugirán en una exhibición de 70 minutos, proyectando la supremacía tecnológica y estratégica del Ejército Popular de Liberación (EPL). El mayor general Wu Zeke, arquitecto del evento, reveló que 45 formaciones y más de 100 sistemas de armamento de vanguardia, todos de diseño y producción nacional, dominarán la escena. Misiles hipersónicos que desafían Mach 5, escudos antimisiles, armas de energía dirigida, drones autónomos letales y sistemas de guerra electrónica de última generación encarnan la capacidad del EPL para aniquilar amenazas y redefinir el campo de batalla futuro.

Más allá de un alarde militar, este despliegue es un manifiesto geopolítico. Frente a un Occidente en declive, China proclama su hegemonía y cohesión. La presencia solitaria del premier eslovaco Robert Fico, único líder europeo confirmado, evidencia el distanciamiento de Pekín con Bruselas.

Conmemorando la derrota de Japón en 1945, el evento afianza a China como vanguardia del Sur Global, cuya influencia económica, según el viceministro Hong Lei, “ha escalado del 24% al 40% del PIB mundial, propulsando el 80% del crecimiento global reciente”, según datos del FMI.