
Opinión
Sánchez y la historia “lejana” de ETA
A Sánchez le interesa que la sociedad española se polarice en dos bloques irreconciliables y necesita los votos de Bildu

"Con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo 5 veces o 20 durante la entrevista. Con Bildu no vamos a pactar", son las palabras con las que se comprometía, públicamente, Pedro Sánchez en una entrevista concedida a la televisión de Navarra, cuando aspiraba a ser presidente de gobierno.
El viernes, Otegi garantizaba su apoyo a los Presupuestos Generales del Estado que presente el ejecutivo. Si un político valiese lo que su palabra, la valía de Sánchez tendría saldo negativo. Toda su biografía política está marcada por tres elementos: faltar a sus compromisos, anteponer la ostentación del poder a la responsabilidad de gobernar y por la corrupción política.
En realidad, estas tres características que lo definen están íntimamente relacionadas. Sánchez siempre se ha movido impulsado exclusivamente por su ambición personal, obtuvo el poder a través de un pacto contra natura cuando había obtenido 85 diputados, el peor resultado del PSOE en democracia.
Cualquier otro líder socialista hubiese dimitido con ese balance, pero Sánchez sabía que, si llegaba a la Moncloa, nadie se atrevería a pedir su marcha, por eso impidió que Mariano Rajoy formase gobierno después de las elecciones de 2015 y provocó una repetición en junio de 2016.

El PSOE perdió 5 diputados en los seis meses que mediaron entre unas y otras elecciones y el PP recuperó 14 escaños. Fue entonces cuando Sánchez barrió todas las líneas rojas que se conocían en la política española y empezó por negociar con los independentistas. La respuesta de los dirigentes socialistas del momento se formalizó en el conocido Comité Federal de octubre de 2017, en el que forzaron su dimisión.
Es conocido que el clan del Peugeot regresó ocupando todo el poder y facilitó que Sánchez, pactando con el independentismo, el nacionalismo y con Bildu, entre otros, ganase la moción de censura. Ese pacto no fue solo un acuerdo Frankenstein, como lo definió Alfredo Pérez Rubalcaba, sino que fue el primer acto de corrupción política.
Le siguieron más: los indultos, el cupo catalán o las negociaciones con el fugado de la justicia Puigdemont. Pero, quizá el de mayor importancia por lo que representa, es la ley de amnistía. La corrupción política se consumó con la compra de escaños, forzando el espíritu de la Constitución y rompiendo el principio de igualdad entre españoles.
Puigdemont ha ocupado el lugar central de la política española desde Waterloo, recibiendo pleitesía del PSOE a través de Santos Cerdán. Por su parte, ERC y Bildu han llegado a presentar públicamente iniciativas parlamentarias del Gobierno, dejando patente a quien correspondía realmente la autoría de estas.
Con esos antecedentes, no es de extrañar el anuncio de Otegi resultando que, los que siguen homenajeando a etarras condenados por delitos sangre, son los socios preferentes de Sánchez.
El argumentario para explicar la alianza con los abertzales es poco elaborado, apelando a que los tiempos de ETA son historia remota. Esto pone en evidencia la arbitrariedad de Sánchez no solo cuando se trata de decidir si una investigación de la UCO es consistente o es fango destinado a dañar su imagen, sino que también está imbuido de la autoridad necesaria para considerar un periodo de tiempo historia arcaica carente de interés o hechos cercanos de la máxima importancia social.
En su mandato se ha desenterrado a Franco, se ha homenajeado el 50 aniversario de la muerte del dictador en la cama, recordando de paso que el dictador murió en su cama, y se han hecho más alusiones a la dictadura que en toda la democracia.
A Sánchez le interesa que la sociedad española se polarice en dos bloques irreconciliables y necesita los votos de Bildu. Ahí estriba la distinción entre la historia lejana de ETA que, aunque paró de matar en 2011, su disolución formal se produce el 3 de mayo de 2018, hace 7 años, lo que para Sánchez es pasado lejano y la actualidad de la dictadura franquista.
Aunque la mentira, la obsesión patológica por el poder y la corrupción política son las tres notas definitorias de Pedro Sánchez, lo más probable es que sea recordado por la otra corrupción, la económica.
Septiembre dará novedades informativas de los casos que están abiertos. Los medios de comunicación están atentos al procesamiento del fiscal general, al avance judicial en la causa de la esposa del presidente, al juicio de su hermano y, sobre todo, al caso Cerdán y a la presunta financiación irregular del Partido Socialista, por las repercusiones que podría tener en el apoyo de fuerzas políticas como el PNV.
Todo esto, que reviste una gravedad extraordinaria, no es comparable a lo que significa que un partido, como el PSOE, tenga como socio preferente a Bildu. Las urnas castigarán a los socialistas, pero no serán los únicos.
El PNV lleva tiempo desnortado, probablemente porque encadena las direcciones políticas más torpes de su historia y, a este paso, terminará siendo sorpasado por los abertzales, claro que eso no será responsabilidad íntegra de Sánchez, también lo será de ellos.
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