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La lucha por el nuevo centro

Tiempo de lectura 4 min.

14 de enero de 2018. 05:04h

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José María Marco 14/1/2018

La tendencia electoral para después de la crisis económica parece inequívoca. Consiste en la subida de Ciudadanos y el descenso del Partido Popular, mientras el PSOE se mantiene y Podemos sigue a la baja. Se refuerza por tanto el bloque constitucional, mientras que el comunismo populista deja de ser una alternativa. También sale reforzado –con matices– el centro derecha, frente a una izquierda (PSOE más Podemos) incapaz de presentar un proyecto atractivo. Así se confirma la crisis general de la izquierda, tan característica de nuestro tiempo. En España se plasma en la escasa credibilidad del socialismo y en la ausencia de una idea nacional. Podemos no ha contribuido a regenerar la izquierda. Más bien ha acabado de hundirla.

En el centro derecha se dibuja otra situación. De la crisis emergen dos fuerzas con vocación de gobierno: la superviviente –el PP–, más conservadora, y la otra –Ciudadanos– más liberal. Ninguna alcanza la mayoría suficiente para gobernar sola, pero ambas tienen un proyecto consistente y la coalición resulta verosímil.

El resumen es correcto a grandes rasgos, aunque la situación requiere alguna explicación más. No cabe dudar del liberalismo de Ciudadanos, que se distanció de su adscripción primera a la socialdemocracia. Se trata, sin embargo, de un liberalismo moderno. No rompe con los principios socialdemócratas enraizados como un signo de identidad en las sociedades europeas y es capaz así de recoger un apoyo importante entre votantes de izquierda, ya sea del PSOE pero también de Podemos, identificados con la imagen de renovación y juventud de Cs.

Una de las novedades de Cs es que no se sabe si clasificarlo de izquierdas o de derechas, siendo liberales en lo moral y cultural, y más conservadores (socialdemócratas, aunque con matices) en lo económico. Antes de que Macron lo elevara al rango de doctrina política, en Cs ya practicaban el famoso «al mismo tiempo» que permitió al primero dinamitar los dos grandes partidos franceses. Así se entiende mejor la estrategia de apoyar gobiernos del PP (Madrid) y del PSOE (Andalucía). Además, se postula como garantía de estabilidad y si la situación llega al enfrentamiento, como en Cataluña, recoge el voto «útil» contra la amenaza, en este caso el nacionalismo.

Si las encuestas se confirman, parece probable que Ciudadanos estaría en la posición de decidir la formación del gobierno central y podría negociar al mismo tiempo con el PP y el PSOE. Lo que los dos grandes partidos no consiguieron después de las elecciones de 2015 –se recordará el también célebre «no es no»– lo habrá logrado una tercera fuerza.

El Partido Popular, por su parte, acumula las paradojas. Una de ellas es que este PP menguante –al menos en la tendencia de los sondeos, confirmada por el momento en las elecciones catalanas– es justamente lo que el partido ha querido ser, al menos desde 2008. Ya antes de cualquier proyecto de regeneración, emprendió una renovación que le llevó a romper, o a establecer distancias, con etapas anteriores. Los años de Aznar quedaron caracterizados como los de un cierto tono autoritario y poco dialogante, el retranqueamiento en posiciones morales conservadoras, como la escasa consideración hacia situación de los homosexuales, y, sobre todo, la corrupción. Sin embargo, fue el PP «antiguo» el que recorrió el camino hacia el centro. El «nuevo» PP no heredó la misma posición que el anterior con respecto al partido de Fraga. Ya se estaba en el centro. Reinventar una posición de centro exigía una renovación más profunda que la del cambio de personal o la del rejuvenecimiento.

Requería también, en pocas palabras, una renovación de las ideas y las propuestas. Es muy posible que esta retirada del terreno ideológico haya contribuido a conseguir los gigantescos logros que el gobierno del PP ha conseguido en estos años, desde la salida de la crisis sin poner en peligro el Estado de Bienestar hasta la estabilidad institucional (ejemplificada en la subida al trono de Felipe VI), pasando por la revolución en el mercado de trabajo y la creación de empleo, el cambio de modelo económico y, entre otras cosas, la elaboración de un consenso nacional, aunque sea precario, ante el nacionalismo catalán. No sólo hemos salido de la crisis; nuestro país está dando un salto adelante extraordinario. Una de sus manifestaciones son las nuevas generaciones de españoles bien preparados, sin complejos nacionales, cosmopolitas, plenamente integrados en su momento y con ganas de tomar en mano su destino.

Pues bien, son estos españoles los que han dejado de sentirse representados... por el PSOE y por el PP. Se entiende el primer caso, dado el arcaísmo y la inconsistencia de la propuesta socialista. Para entender el segundo, en cambio, hay que tener en cuenta, además de la corrupción y la gestión de la crisis, siempre costosa, ese vacío en el que el nuevo PP ha querido situarse, sin esforzase por dar sentido a su acción ni proporcionar un marco de interpretación a una política... de éxito histórico, por otro lado. Las dificultades para ponerse al frente del renovado patriotismo que viene fraguándose al menos desde 2015 constituyen todo un ejemplo.

Es ese hipercentrismo neurótico el que ha colocado al PP en su actual posición de partido conservador, frente al liberalismo de Cs, que recupera causas tradicionales del PP, teóricamente situadas en un punto más derechista del espectro ideológico. Cs, que tampoco presenta un bagaje de ideas y propuestas particularmente consistente, carece de responsabilidades de gestión y al no tener que asumir las consecuencias de su propia actuación, disfruta de una envidiable libertad de posicionamiento, con fecha de caducidad irreversible, eso sí. Está por ver si de aquí a las próximas elecciones el PP será capaz tomar la iniciativa. Y más adelante, volver a disputar el espacio del centro.

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